Economista Descubierta

Ser viral

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Cuando el concepto esencia ha quedado reducido a la reducción (valga la redundancia) de cualquier vinagre y, suprimida la esencia, la existencia se ha convertido en líquida, reducido pues el ser humano a género construido y a marca personal y poderosa red de contactos, la máxima aspiración que se despacha es ser viral.

A mí lo de ser viral me suena fundamentalmente a viruela contagiosa. A lo mejor es porque toda la vida me ha dado rigurosamente igual la opinión de los ahora llamados influencers a la hora de tomar decisiones, que si se necesita criterio, donde hay que buscarlo es donde lo haya y no donde vaya la manada.

Decía un conocido mío alemán que los españoles cuando queremos ir en autobús a Toledo, en lugar de buscar el horario de autobuses, preguntamos a una amiga de Toledo a qué hora sale el autobús. Entonces me pareció que no era tan grave y que mejor fuente que la que iba a diario en autobús, pero bien pensado, y desde la perspectiva pensante alemana, bien es cierto que  suponer mejor fuente la amiga de turno que el horario de autobuses da que pensar lo facilísimamente que se puede malear a la opinión, cuando la mejor fuente cualificada de referencia es la conocida que coge autobuses a Toledo.

Puestos a aspirar a memeces superiores, ahora lo que se estila es ser viral, que equivale a que todo el mundo llame a la susodicha pasajera frecuente y le de a muchísimos “me gusta”.

Porque entiendo perfectamente que uno siga con gran interés las opiniones o teorías de personas que se hayan molestado previamente en estudiar y documentarse, con espíritu crítico y fuentes contrastadas, que  la tradición oral es una fuente estupenda y servidora gusta mucho del folclore, pero que las pobrecitas niñas de hoy no sean capaces de tomar una sola acción o decisión sin saber si serán seguidas y aprobadas en Instagram o, peor aún, llegar a ser virales, es, cuanto menos, atemorizante.

Que si ya la adolescencia hace sufrir por aquello del reconocimiento del grupo y el apoyo de la mayoría, qué terrible debe de ser pensar que no es suficiente con tener unas cuantas, o unas pocas amigas, sino varios miles para empezar a sentirse menos insegura.

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