Oleski Miranda Navarro

Escocia: entre la independencia y la continuidad

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Para la segunda semana de septiembre los votantes escoceses mayores de dieciséis años podrán decidir a través de un plebiscito de carácter vinculante si desean, o no, seguir siendo parte de esa monarquía constitucional conocida como el Reino Unido y conformada en lo político-territorial por Escocia, Irlanda del Norte, Gales e Inglaterra. El referéndum se llevará a cabo a través de una sola pregunta: ¿debería ser Escocia un país independiente? La respuesta estará delimitada de manera concisa con dos posibles opciones un “sí” o un “no”. Ante la coyuntura histórica que comprendería una posible exención de la jefatura político-administrativa de Londres, se ha venido generado un polarizado debate entre los escoceses. Mientras que para muchos ésta es sin duda una oportunidad irrepetible, para otros el cambio no parece una buena idea ante la incertidumbre que éste encierra.

Este país, conocido en el mundo por su folklore e inglés con marcada pronunciación de las erres, representa una piedra angular para el sustento económico de la Unión Británica. Se estima que al tener significantes fronteras marinas en el mar del Norte, la nación celta posee las mayores reservas de gas y petróleo de toda Europa, así como el 25% del potencial eólico del continente. De acuerdo con el gobierno escocés, liderado por su primer ministro Alex Salmon y el Partido Nacional Escocés (SNP en sus siglas en inglés), con el control de los recursos naturales e ingresos fiscales, esta nación de 5,3 millones de habitantes se convertiría en la octava economía mundial con unos de los productos internos brutos más altos de los países desarrollados.

Entre las propuestas para el funcionamiento nacional ante una posible separación, se ha previsto que una Escocia soberana mantendría la libra esterlina como moneda, de la cual existen en la actualidad denominaciones escocesas emitidas por el Royal Bank of Scotland y el Clydesdale Bank. Otros de los planteamientos que asegura cierta continuidad está dado en que la Reina Isabel II seguirá estando a la cabeza del estado, ya que al lograr el estatus de nación independiente, Escocia pasaría a integrar el grupo de países soberanos que componen la Mancomunidad de Naciones de la que ya forman parte importantes países como Australia, Canadá y Nueva Zelanda entre otros. Igualmente, se espera que no cambien los servicios de salud, correos y transporte. El gobierno inglés ha criticado estos posibles escenarios al considerar muchos de ellos poco realistas. Por otro lado, entre las nuevas disposiciones la más interesante quizás estaría enmarcada en el hecho de que el país podrá elaborar su propia constitución.

Si bien desde hace más de una década Escocia ha venido alcanzado importantes avances autonómicos, muchas de las decisiones que conciernen al país en áreas claves aún se toman en Westminster. La campaña en pro de la continuidad que lleva a cabo el gobierno inglés a través de su primer ministro David Cameron y el Partido Conservador tiene como nombre “Better together”, algo así como: “juntos mejor”. Es una estrategia política centrada más en atacar la falta de capacidad de un posible gobierno independiente que en resaltar los beneficios de la unión. La campaña inglesa tiene como primera línea de acción refutar todo lo que el gobierno escocés propone y convencer de que no hay mejor futuro para Escocia que seguir bajo el gobierno de Londres. Esta campaña del “no” ha recibido fuertes críticas, partiendo de la idea de que se está promoviendo y aupando un clima de miedo y un estado de desconfianza entre los votantes.

Ahora bien, el hecho de permitir el referéndum, y más aun darle carácter legal al mismo, habla del nivel de confianza de las autoridades inglesas. Históricamente distintas regiones de Europa han buscado por diferentes medios una oportunidad como la que tendrán los escoceses el próximo septiembre, de allí que entre las marchas de apoyo a la opción del “sí” se pueden observar banderas y otros símbolos de regiones como Cataluña, Flandes, Sicilia, Venecia, Gales y País Vasco.

Como toda decisión de importancia el referendo ha traído consigo muchas interrogantes: ¿cuál será el estatus de la nación en la Unión Europea? ¿Cómo reconstruirá su identidad ya separada del Reino Unido?, o incluso ¿podría realmente Escocia ser una nación independiente? Aunque la idea de la independencia viene acompañada del justo deseo de autodeterminación y mayor soberanía para la toma de decisiones en áreas centrales para el beneficio de los escoceses, una posible exención no sería una separación del todo del Reino Unido. Aunque para los hoy descendientes de los celtas, deslastrarse del poder político que ha ejercido Londres es un deseo histórico, desprenderse de la identidad británica no parece suponer en el actual momento una prioridad. Además de la aprensión e incertidumbre que significa liberarse después de varios siglos del tutelaje inglés, el apego a esa condición de lo británico ha llevado a muchos escoceses a apoyar el “no”. Se podría decir que la antesala al referendo ha servido para mostrar que los lazos que unen a Escocia con el Reino Unido, y en especial con Inglaterra, son tan fuertes como la manifiesta aversión que a veces se deja entrever desde el más radical nacionalismo escocés.

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