Economista Descubierta

El juicio de la Marmota

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Los antiguos seguidores del Alsa y del protoblog recordarán que servidora llegó a juicio en lo Social con una Marmota engañadora a la que Dios confunda. Llegó y la obligaron a conciliar, es decir a pagar, cuando lo que yo quería era justicia, justicia quiero pero para mí no, para esta ladrona-guarra-robaperas.

A la juez, a la que deseo una Marmota tan vil como la que yo tuve, le venía mal aquel sainete y le parecía de desdoro profesional la situación, así que nos obligó a conciliar quieras o no. Fea, más que fea, así te deje colgada la tuya, o la que tengas para pasear a tu anciano padre.

Aquello y la Reforma Laboral de las Marmotas me convirtieron en una empleadora fría que convirtió la famosa relación de especial confianza en una relación laboral sin más donde si tú no curras, yo te despido; eso sí, esta vez bien y con todo muy bien documentado y finiquitado, porque yo no paso otra vez por otro sainete similar. Que “ya conoce a los niños” no es argumento que sirva para perpetuar al enemigo.

Con la particularidad de que la Marmota, o Descuidadora, pasa más tiempo que yo en casa y tampoco es cuestión de que pegue a los niños. Hay que contemporizar con el enemigo pagado porque son un mal necesario y como diría mi difunta madre: “sirven porque no sirven, porque si sirvieran no servirían”.

Así que se hace la vista gorda y se ponen los ojos en blanco cuando la contraparte se queja del dedo de polvo que adorna la cómoda o el desorden permanente del cuarto de juegos. Y de la comida ni hablamos, porque esa ya la hago yo que por lo visto entra en mi job description. Currar como un hombre y una mujer a la vez y además ser perfecta en los dos escenarios.

Eso sí, mi experiencia y conocimiento de  legislación marmotil y situaciones de negociación del estilo, “o firmas o llamo al notario”, han convertido mi teléfono en una línea permanente de ayuda a amigas de amigas que se desayunan con burofaxes de Marmotas afiliadas a UGT a las que les vendría muy bien una indemnización no merecida pero sí anhelada. Y me pongo en su lugar y acabo haciéndoles asistencia telefónica o lo que sea menester.

Y aunque yo podría contarles las nuevas aventuras del nuevo trabajo, pero como ando precavida y estudiando, prefiero contarles que, de nuevo, andamos de juicios con Marmotas. Es mi sino. “Arriba y abajo” en versión al fondo y al margen, ponga una rémora de éstas en su vida, qué mal está el servicio.

De que esta vez soy testigo me enterado por la frutera antes que por la citación, pero es que la frutera se considera patronal y tiene en altísimo concepto a toda mujer que aparece a comprar más tarde de las 19:30 y le cuenta que viene del trabajo. La frutera es la CEOE en versión individuo, está al corriente de todo lo que pasa por el barrio y odia cordialmente a todo el Marmoteo que se reúne para confabular y enseñarse el iPhone.

– “Pues vaya faena lo del juicio. Será posible, desgraciada”. Me espeta mientras mete los grelos en la bolsa.

– “¿Juicio?¿Qué juicio? Si mi último SMAC acabó en ramo de flores de empleado feliz de liberarse y dispuesto a emigrar a las Maldivas”. Pienso, pero no le digo, que ni falta le hace saber a qué me dedico.

– “Sí, hija, la del segundo, que es una mala mujer, con lo buena que es la señora, que la ha demandado la mujer esa y quiere que tú vayas de testigo”.

Vaya por delante que del asunto de la del segundo estaba yo más que informada pero no era plan de contarle a la frutera que esperábamos en cualquier momento el papelito.

– “Sí, sí, sí. Un lío, un lio… ¿Judías verdes tiene?”

– “Si es que no hay derecho, pues si yo no trabajo, no como; ¿no? No hay derecho que esas tías que se pasan el día en la placeta sin mirar a los niños, que yo lo veo, os hagan esto. Una faena y no hay derecho”.

– “No, no, no, no, no hay derecho, la verdad es que es una faena. ¿Los kiwis están muy verdes?”

– “No, hija, llévatelos que están muy buenos. Y unos plátanos que son de Canarias. Ya me contarás cómo acabáis que estoy con las carnes abiertas. Mala es, te lo digo yo. Mala, malísima y además muy fría, porque hay que ser muy fría”.

El lunes volveré al SMAC a cogerle la mano a mi amiga y sujetársela, y a decirle eso de “tu tranquilidad no tiene precio y para todo lo demás, Mastercard”.

Jadeputa la Marmota. Ya le he dicho a mi amiga que le diga que le da referencias, que es la mejor manera de fastidiarle el futuro laboral. Y que haga de su miseria la misión de su vida.

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