Javier Salas

Cuando el Teide acaricia la Luna

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Imagen de la sombra del Teide cerca de alinearse con la Luna llena.

Imagen de la sombra del Teide cerca de alinearse con la Luna llena.

 

Después de los hawainos Manua Kea y Manua Loa, el Teide es el tercer volcán más alto del planeta, un tamaño que le convierte en un coloso capaz de alcanzar los astros. Y a veces lo consigue con la Luna pero, como con los amores imposibles, es necesario que se produzca un alineamiento de cuerpos celestes. Eso sí, cuando el Teide alcanza la Luna no lo consigue directamente, sino por medio de un emisario: su propia sombra. Por tanto, es fácil imaginar los tres cuerpos que deben coincidir para que el volcán tinerfeño logre su sueño: la ansiada Luna, la Tierra que lo sostiene y el Sol que dispara su sombra hacia el satélite.

Cuando el Sol se pone, el Teide comienza a proyectar su sombra sobre los parajes del Parque Nacional que le protege, sobre el resto de Tenerife, sobre el mar, cubriendo la isla de Gran Canaria… y de pronto, su silueta se dispara hacia el cielo, proyectándose sobre la atmósfera, ascendiendo hasta donde el Sol le dé impulso. Y es sólo si el ocaso coincide con la luna llena cuando el encuentro se produce.

Para que se consume esa caricia de la que hablamos, nada mejor que un eclipse lunar, como el que se produjo en 2001. En ese caso, cuando la sombra de la Tierra evita que los rayos del Sol lleguen directamente a la Luna, es cuando la sombra del Teide más puede acercarse hasta nuestro satélite, rozándolo con su pico… y la sonrojando a la Luna.

Este fenómeno puede observarse a la perfección desde lo alto del Teide, que fue registrado por primera vez por los astrónomos del observatorio de Izaña, junto al volcán, cuando estaban observando el eclipse lunar de 2001. “De pronto, vimos cómo la sombra del Teide se alineaba con la Luna”, explicaba el pasado miércoles Miquel Serra-Ricart, administrador del Observatorio del Teide, justo antes de que una nueva alineación de la sombra del volcán y del satélite tuviera lugar. Las nubes, celosas, impidieron el feliz encuentro, demostrando que la belleza del momento es muy frágil.

Al menos, contamos con grabaciones recientes del fenómeno para disfrutar de su espectacular belleza, como en el vídeo que ven arriba, filmado en el plenilunio del 14 de febrero de este año. Como se ve, a medida que la sombra del Teide comienza a dispararse sobre el cielo, la Luna hace su aparición y parecen correr la una tras la otra por unos instantes, hasta que la sombra de la Tierra hace desaparecer a la del pico tinerfeño. Ese vídeo permite observar (a la izquierda) otro fenómeno curioso: el llamado mar de nubes que se mecen y parecen romper como olas contra las montañas.

Como muestra el vídeo que precede a estas líneas, en función de la fecha, de la cercanía entre el ocaso y el plenilunio y algunos factores más, el baile entre la sombra y el cuerpo celeste se produce a mayor o menor distancia. Y, como se ve en el vídeo de abajo, en esos instantes surgen otros momentos mágicos, cuando los rayos crepusculares o anticrepusculares, alineados en paralelo, relucen apuntando hacia el punto de fuga.

La sombra del Teide alargándose sobre la atmósfera no sólo se puede ver en el ocaso: como se observa en este vídeo, en el amanecer sucede lo mismo, aunque la imagen no sea tan bella como cuando participa la Luna.

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Artículo originalmente publicado por Materia.

 

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