Rafael Dobado

Una “herencia colonial” no tan mala

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Goza de amplia aceptación la idea de que el lento crecimiento y la gran desigualdad han sido los dos principales problemas del desarrollo económico de Hispanoamérica durante los siglos XIX y XX. También es popular la idea de que ambos problemas constituyen una parte esencial de la “herencia colonial” española. Esa supuesta “herencia colonial” es frecuentemente señalada –tanto en la prensa popular como en libros y artículos especializados o declaraciones políticas- como una “maldición” sobre la historia económica, y no sólo, de esa parte del mundo. Sin embargo, sorprendentemente, el fundamento cuantitativo de esa interpretación es más bien limitado, por no decir inexistente, al menos en algunas de sus versiones menos ilustradas. A este respecto, mientras que abundan los supuestos, escasean los datos numéricos. Por esta razón, algunas preguntas relevantes necesitan respuestas bien fundadas cuantitativamente: ¿cómo eran realmente los niveles de vida durante el período virreinal? ¿era la desigualdad tan grande como se suele dar por descontado?

En 2004-2008, el crecimiento económico en Iberoamérica alcanzó tasas que era desconocidas desde la década de 1970. La recuperación de la crisis internacional ha sido inusualmente rápida y sólida. El crecimiento reaparece en 2010-2012. La reducción reciente de la pobreza ha sido substancial, pues ha permitido que, entre 1990 y 2010, su incidencia se haya reducido desde casi un 50% a menos del 33%. El retroceso de la indigencia ha sido aun mayor.

La desigualdad también ha disminuido. Después de crecer durante la década de 1990, su evolución posterior contrasta con la de la mayor parte de los BRICS: en doce de diecisiete casos, la reducción media anual del coeficiente de Gini entre 2000 y 2007 ha sido del 1,1 puntos porcentuales se ha reducido (López-Calva and Lustig, 2010).

Durante los años de crecimiento lento y desigualdad en aumento, la “herencia colonial” era el malo de la película. Sigue siéndolo en los de crecimiento rápido y mayor igualdad.

En su versión más influyente, la “herencia colonial” consistiría en instituciones ineficientes, extractivas o jerárquicas que inhibían el crecimiento y promovían la desigualdad tanto antes como después de la independencia (North, 1990; Engerman and Sokoloff, 1997, 2002, 2005; North et al., 2000; Acemoglu et al., 2002; Coatsworth, 2006).

Sin embargo, pese a su popularidad, la evidencia empírica en apoyo de esta visión de la “herencia colonial” es escasa o inexistente. Por ello, resulta interesante el estudio de los niveles de vida (económicos y biológicos) en la América de fines del período virreinal desde una perspectiva internacional comparada. Esta investigación, en contraposición a los supuestos, que no conclusiones, habituales, muestra que: a) ni los salarios eran tan bajos ni las estaturas tan cortas como muchos esperarían (Dobado y Garcia, 2009, 2012); y b) la desigualdad era también más baja que la que no pocos atribuirían a priori (Dobado y Garcia, 2010).

Entre 1800 y 1820, los trabajadores no cualificados de diversos sectores productivos y lugares de la América española disfrutaban de niveles de vida medios o altos, si se miden por la capacidad de compra de los salarios en términos de grano, carne y azúcar. Eran más altos que en muchas partes del mundo, incluyendo Asia y algunos países europeos, pero no, coincidiendo en ello con Allen et al. (2012), que en los EEUU. También se observan, al igual que apuntan Arroyo et al. (2012), diferencias de alguna importancia entre unos y otros virreinatos y actividades económicas.

Gráfico 1: Salarios en grano, carne y azúcar (kilos por día) hacia 1800.

Gráfico 1: Salarios en grano, carne y azúcar (kilos por día) hacia 1800.

Si atendemos a los niveles de vida biológicos, resulta que, en las décadas centrales del siglo XVIII, las estaturas en algunas regiones novohispanas y venezolanas –por no mencionar la rioplatense- eran similares a las europeas. Los varones de la Nueva España suroriental eran claramente más bajos, pero no tanto como para que no se encuentren estaturas semejantes en partes de Europa por entonces y más tarde. Al igual que en los EEUU o Gran Bretaña existías diferencia sociales en las estaturas. Sin embargo, estas no parecen ser mayores que en estos dos países y tendieron a decrecer entre las décadas de 1730 o 1740 y la de 1760.

La comparación internacional de salarios reales y estaturas contrasta con la imagen resultante de las estimaciones de producto per capita disponibles para fines del período virreinal (Coatsworth, 2008; Maddison, 2009). Las diferencias de producto exceden a las de niveles de vida. Incluso si Dobado y García sobrevalúan en alguna medida los niveles de vida, la falta de correspondencia entre el primero y los segundos deberían ser explicadas. Es probable que la causa, como se sostiene en Dobado y García (2009) y apuntan posteriormente Arroyo et al (2012), se deba a la necesidad de revisar al alza las estimaciones del producto, al menos para algunos territorios americanos (por ejemplo, particularmente, Nueva España).

Limitada y mejorable como es, estos nuevos datos sobre salarios reales y estaturas suponen un reto para algunas ideas convencionales acerca de los efectos económicos de largo plazo de la “herencia colonial”. La persistencia secular de una desigualdad intensa no resulta confirmada por la exploración preliminar de la desigualdad internacional comparada hacia 1820 basada en el “Índice de Williamson”.

Gráfico 2: Ratios del PIB per capita en 1820 a los salarios en grano en 1800-1820.

Gráfico 2: Ratios del PIB per capita en 1820 a los salarios en grano en 1800-1820.

Curiosamente, algunos países de la América española resultarían antes poco desiguales que lo contario. Por su parte, ni Coatworth (2008) ni Williamson (2009) encuentran nada excepcional en la desigualdad durante el período virreinal.

Si la imagen revisionista de los niveles de vida y la desigualdad no es refutada por nuevas investigaciones bien fundamentadas cuantitativamente, surge una pregunta. ¿Hasta que punto es compatible esta imagen con la del neoinstitucionalismo? Ciertamente, junto a la esclavitud, otras instituciones extractivas (mitaencomiendarepartimientos, etc.) y desiguales existieron, como habían existido en el período prehispánico. No obstante, ni fueron ubicuas ni permanentes. Muy al contrario, tendieron a ser substituidas total o parcialmente en casi todas las actividades productivas por un mercado de trabajo asalariado que no dejo de crecer desde comienzos del siglos XVI y que antes no existía en América. Circa 1800, las instituciones extractivas distaban de ser mayoritarias o incluso más comunes que el trabajo asalariado. Un ejemplo de ello lo constituye la minería andina, ese supuesto epítome de la extracción colonial. Por otra parte, algunas de esas instituciones que perduraron frecuentemente combinaban salarios –no siempre bajos- con compulsión (por ejemplo, en Potosí). Es más, ya a fines del siglo XVI, “private labor markets” se habían convertido en “the principal mechanism to allocate indigenous labor to Spanish enterprise” (Coatsworth, 2006, p. 264). Se olvida muy frecuentemente que “instituciones de propiedad privada”, tales como los mercados de factores (tierra, trabajo y capital), sólo hicieron su aparición tras la Conquista.

En cualquier caso, las instituciones tardovirreinales podrían ser  relativamente ineficientes si se comparan con las otras areas más desarrolladas  del mundo (North, 1990; Coatsworth, 2006). Ello no impidió  que partes de la América española experimentasen un crecimiento económico genuino en el siglo XVIII.  Una alta ratio tierra/trabajo y políticas más favorables a la especialización y la integración de los mercados podrían explicar simultáneamente los altos niveles de vida y el crecimiento económico –aunque lento, como era la norma internacional por entonces-  de algunos territorios antes de la independencia.

Las implicaciones para el debate sobre la Gran Divergencia podrían no carecer de interés. Si, a comienzos del siglo XIX, los niveles de vida eran semejantes a los de algunos países occidentales, o incluso mejores, por no mencionar a Asia, éste dejó claramente de ser el caso entre 1820 y 1870. Así, la pregunta acerca de cuándo ocurrió la Gran Divergencia con el Oeste podría ser respondida con algo de certeza: no en el período virreinal sino después.

En resumen, los duraderos problemas económicos de Iberoamérica –algunos de los cuales, afortunadamente, parecen estar aliviándose- podrían no estar tan profundamente enraizados en el período virreinal como muchos economistas e historiadores económicos, así como políticos y gente corriente, tienden a pensar. Necesitamos mucha más investigación cuantitativa sobre la Edad Moderna. Al mismo tiempo, en su búsqueda de explicaciones, quienes se preocupan por la suerte de esos 175 millones de seres humanos que viven todavía en la pobreza en esa parte del mundo y por la elevada desigualdad de la distribución de la renta (un Gini de 0,5 hacia 2010) deberían disminuir un tanto la “culpabilidad” atribuida al período virreinal y examinar más detenidamente la que corresponde a momentos posteriores de la historia. Que la segunda es un resultado estricto y exclusivo de la primera, sea cual sea, es algo a demostrar, no a dar por sentado.

BIBLIOGRAFÍA

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Rafael Dobado González es responsable del Área de Historia de los Procesos Internacionales Contemporáneos del Instituto Complutense de Estudios Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid. Artículo publicado originalmente en el blog “Pasado y Presente de la Economia Mundial“. Reproducido en Truman Factor con permiso del autor.

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1 comments
Julio Martínez
Julio Martínez

Algunas de las cifras ya se conocían. Leí en alguna publicación del colegio de México la brusca caída del PIB del virreinato de Nueva España una vez se independizó, y vuelve a alcanzar la cifra previa a la independencia cuarenta años más tarde. Y México no fue la excepción.