Jorge Suárez

Un mundo sin dolor

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Estamos plantando las semillas para un estallido mucho mayor que ocurrirá cuando reviente la mayor burbuja de todas, la del mercado mundial de bonos.
Retrato de Jorge Suárez Velez

Jorge Suárez

Uno de los elementos más importantes con los que la naturaleza ha dotado a seres vivos con sistemas nerviosos evolucionados es el dolor. A primera vista, parecería atractiva la idea de un mundo sin dolor, pero imaginemos la ausencia de éste. No sabríamos que dejar la mano cerca del fuego está quemando nuestra piel, o que algún órgano vital está sufriendo una afección potencialmente fatal. Por ello, sería impensable una terapia que únicamente lidiara con el dolor mismo. Imaginemos a alguien que tiene, por ejemplo, una severa oclusión intestinal que provoca un intenso dolor abdominal; si el doctor simplemente se concentrara en hacer que el dolor desapareciera, en hacer, por ejemplo, que el enfermo perdiera absolutamente la sensibilidad en su zona abdominal, eventualmente esa oclusión se volvería una peritonitis u otro padecimiento potencialmente mortal.

Así como el cuerpo ofrece señales de invaluable utilidad, los mercados también las tienen: los precios. Un precio es el resultante de la interacción entre quienes demandan un bien o servicio y quienes lo producen. Un precio alto es una señal de “escasez”, un precio bajo denota abundancia. Esto es válido tanto para un bien como para un servicio. Un diamante de muchos quilates o una obra de arte de un reconocido artista ya fallecido son, por definición, bienes únicos e irreproducibles y, por ello, justifican precios potencialmente astronómicos. Pero, igualmente, un actor famoso, un futbolista superdotado o, incluso, un científico connotado, percibirán ingresos superiores debido a que son “uno entre muchos”.

Las señales que nos dan los precios son de extraordinaria utilidad para la asignación de recursos. Al ver que un futbolista profesional gana mucho, por ejemplo, aumentará la oferta pues muchos jóvenes querrán tomar ese camino para hacerse ricos. Igualmente, cuando un bien es muy caro por haber más demanda que oferta, esa condición hará que más capital se mueva a producir ese bien, tratando de tomar ventaja del alto precio. Igualmente, se retirará inversión de sectores que producían bienes que el mercado ha hecho obsoletos o donde hay un exceso de oferta, situación que se manifiesta en precios a la baja. Nadie en su sano juicio, por ejemplo, invertiría hoy en una fábrica de carruajes tirados por caballos, en una para hacer máquinas de escribir o para producir discos de acetato.

Ningún inversionista racional destinará su capital a producir algo que no tiene demanda, ningún consumidor racional pagará un precio alto por algo abundante. Los problemas, sin embargo, se presentan cuando los políticos entran a la escena y deciden manipular los precios. Al igual que el doctor de mi primer ejemplo que mataría al paciente si simplemente desensibiliza su abdomen, cuando artificialmente se sube o baja un precio se provoca que haya más demanda de algo que ya era escaso, o que el capital vaya a producir más de algo que ya es abundante. Daré dos ejemplos.

El subsidio a los combustibles en México en 2012 le costó el año pasado al gobierno alrededor de 207 mil millones de pesos (16 mil millones de dólares). Eso permitió que en México se pagaran precios inferiores a lo que cuesta la gasolina en los mercados internacionales. Independientemente de lo absurdo de gastar esa fortuna en un subsidio que beneficia más a los más ricos, al mantener el precio artificialmente bajo se fomentó un mayor consumo de energéticos. Hubiera sido infinitamente más inteligente gastar ese dinero en expandir la red de transporte público, por ejemplo, para hacerla más eficiente, y quizá incluso “abundante”, para abaratarla; eso hubiera tenido un efecto positivo en quienes menos tienen, y que proporcionalmente gastan un porcentaje significativo de su ingreso (y de su tiempo) transportándose todos los días no en su propio automóvil, sino en distintos medios públicos. Sin embargo, los subsidios se mantienen porque son populares. Cada vez que hablo en Twitter de lo absurdo que es el subsidio a los combustibles recibo todo tipo de insultos pues muchos piensan que, como el dolor, cualquier incremento en precios es negativo.

Recientemente, vimos otra medida “popular”, esta vez en Estados Unidos. El presidente Obama habló de incrementar 24% el salario mínimo a nueve dólares la hora. La narrativa para solicitar el incremento parece impecable: alguien que recibe salario mínimo debería poder mantener a su familia con éste (dentro de su esfuerzo por manipulación moralista se le “olvidó” al mandatario cuantificar los enormes subsidios y ayudas que alguien en ese nivel de ingreso ya recibe). Más aún, si el salario mínimo aumenta, la gente tendrá más dinero para gastar y eso estimulará a la economía. Todo eso que suena tan bonito no es más que una enorme patraña cubierta de chocolate. Primero, porque el salario es el precio que pagamos por el trabajo. Una vez más, un ingeniero o un médico no se preocupan por cuánto es el salario mínimo porque su formación, evidentemente “escasa”, amerita que se les pague mucho más. Un albañil percibe un ingreso mucho menor porque hay muchísimos que pueden desempeñar esa tarea sin mayor entrenamiento o educación. Si, por orden presidencial, decidimos que le vamos a pagar a ese albañil más de lo que vale su trabajo en el mercado, esencialmente lo que ocurre es que en vez de ganar los $7.25 dólares por hora (más beneficios) que hoy gana, pasará a ganar los cinco o seis (sin beneficios) que cobra un trabajador indocumentado que está fuera del sistema. Los incrementos arbitrarios en los salarios son extremadamente populares y en apariencia “justos”, pero hay abundantísima evidencia empírica de que provocan un aumento en la tasa de desempleo, particularmente entre trabajadores no calificados y jóvenes que se incorporan por primera vez a la fuerza laboral. La otra parte del argumento es aún más absurda. Si subir el salario mínimo fuese lo que estimulará a la demanda y hará crecer a la economía, entonces no hay que subirlo a nueve dólares por hora, sino a cincuenta. Creo que es evidente por qué eso no funcionaría.

En este caso, lo triste es que el Sr. Obama y sus asesores saben perfectamente que un aumento en el salario mínimo es contraproducente, pero lo ponen sobre la mesa exclusivamente por razones políticas. ¿De verdad quieren incrementar los niveles de empleo? Eliminemos el salario mínimo. Esto hará que mucha gente hoy en la informalidad pueda tener empleos formales. ¿Se quiere que los trabajadores ganen más? Ayudemos a que éstos produzcan más y generen más para sus empleadores. Esto se logra en dos formas diferentes, haciendo mayores inversiones en bienes de capital para que la capacidad productiva por trabajador aumente, y entrenando mejor a los trabajadores para que puedan agregar más valor en lo que hacen. (Dicho sea de paso, la inversión tampoco está siendo incentivada por el gobierno de Obama que parece haberle declarado la guerra a los empresarios y los amenaza todos los días con nuevos impuestos, a pesar de que la tasa de impuesto corporativo estadounidense es ya hoy la más alta del mundo).

Pero la intromisión en los sistemas de precios implica consecuencias cuya gravedad es proporcional a los recursos necesarios para manipularlos. En mi opinión, una que está adquiriendo proporciones nucleares es la impresión de dinero. En forma simultánea, los bancos centrales de Estados Unidos, el Reino Unido, Japón, Suiza, el Banco Central Europeo, y otros, están imprimiendo dinero. Hacerlo tenía (conjugación en tiempo pasado) sentido debido a que la economía mundial corría el riesgo de desplomarse en forma que superaría incluso a la Gran Depresión, y la amenaza deflacionaria era real. Al imprimir, se provoca “abundancia” de dinero, y consecuentemente se hace que el precio de éste, léase la tasa de interés, se desplome. Por eso, estamos viendo el nivel más bajo de tasas de interés que jamás ha habido. Si consideramos que el banco central estadounidense ha impreso el equivalente a 20% del producto interno bruto del país y que sigue imprimiendo alrededor de 6% más cada año, podemos imaginarnos dos cosas: primero, el tamaño de distorsión que esta medida le inyecta a los mercados (confundiendo al sistema de precios), y las implicaciones que algún día tendrá el proceso para revertir la colosal inyección de liquidez.

Tanta liquidez está trayendo secuelas imposibles de cuantificar. Primero, cuando las tasas de interés ni remotamente cubren la tasa de inflación, esa situación fuerza a ahorradores y rentistas a tomar más riesgo, aunque sea para simplemente proteger el poder adquisitivo de su ahorro. Hemos visto un incremento en la demanda por bonos chatarra, por acciones y por bienes raíces. ¿Qué tiene eso de malo? Que en ninguno de los casos el incremento en la demanda proviene de razones reales. La demanda por inmuebles, por ejemplo, sería perfectamente deseable si ocurriera por motivos demográficos, ya sea por inmigración o porque haya más jóvenes formando familias; hoy ocurre solamente porque ante la poco atractiva alternativa de comprar un bono que paga casi nada, la gente se siente más segura comprando ladrillos. Pero eso mismo provoca otra distorsión. Si aumenta la demanda por inmuebles y el crédito se obtiene en forma casi regalada, habrá más inversionistas dispuestos a construir nuevas casas y edificios. El capital, entonces, está recibiendo señales equivocadas e irá a parar a donde le produce poco bienestar real de largo plazo a la sociedad, más aún, se quedará atrapado ahí por años.

Igualmente, en el caso de empresas, muchas que deberían haber reventado hace años se mantienen vivas única y exclusivamente porque tienen acceso a financiarse a tasas absolutamente irreales. Esa supervivencia artificial impide que el capital se recicle hacia donde sí hace sentido y será productivo. Se inhibe el deseable proceso de “destrucción creativa” que es tan importante para el desarrollo económico, ese es el proceso que hace que quiebren las empresas que hacían “máquinas de escribir” o rollo para cámaras fotográficas y que se reasigne a nuevos sectores que producirán bienes que sí son necesarios y demandados por los mercados. Mientras más lento sea ese proceso de reasignación, más lenta es la recuperación. Por ejemplo, hemos visto cómo en España, los grandes desarrolladores inmobiliarios apenas empiezan a reventar, después de beneficiarse por años de la absurda protección a los bancos quienes hacían -y siguen haciendo- hasta lo imposible para ocultar pérdidas. Esa “popular” medida sólo retrasó un desenlace inevitable y redujo la probabilidad de una recuperación exitosa. También congeló capital que siguió invirtiendo en acciones bancarias y que se hubiera beneficiado reasignándose a otro sector.

Los gobiernos parecen convencidos de que una colosal crisis que ocurrió porque se pidió prestado en forma excesiva (y se dio crédito en la misma manera), y se consumió en forma desmesurada, se resuelve dando más crédito y provocando más consumo. En mi opinión, eso se está empezando a volver exactamente un caso análogo al doctor que le quitó sensibilidad al abdomen e hizo que el excremento del paciente simplemente se quedara “guardado” en el intestino hasta que la acumulación provocó un problema mucho más serio. Un sistema, tanto digestivo como económico, tiene que limpiarse y evitarlo puede resultar a largo plazo extraordinariamente peligroso.

El otro día me decía un famoso comunicador que Europa parece haber tocado fondo. Estoy en desacuerdo. En mi opinión, sólo hemos prescrito opiáceas que han eliminado de tajo el dolor e inducen sueños fantásticos, nada más que eso. Así como la burbuja de Internet fue el resultado del estallido de la burbuja japonesa de los ochenta, y la crisis inmobiliaria fue la consecuencia del estallido de la burbuja de Internet de la década pasada, estamos plantando las semillas para un estallido mucho mayor que ocurrirá cuando reviente la mayor burbuja de todas, la del mercado mundial de bonos, cuyos astronómicos precios hoy desafían a la fuerza de gravedad (recordemos que el precio de un bono es inverso a su tasa de interés: a tasas históricamente mínimas, precios históricamente estratosféricos).

Algún día tendrán que subir las tasas de interés ya sea porque los bancos centrales pierden credibilidad, porque regresa la inflación (probablemente acompañada de estancamiento económico), o incluso porque empieza a haber una recuperación económica que haga que regrese la demanda privada por crédito, haciendo que ésta compita con los gobiernos, ofreciendo un “precio” -es decir, una tasa de interés- más alto por esos recursos. Eso ocasionaría, nuevamente, una colosal salida de dinero de los mercados de bonos, pérdidas astronómicas para la banca, y colapso de la demanda por inmuebles y activos reales. ¿No hemos visto ya esa película? Lo único que puedo afirmar sin temor a equivocarme es que tarde o temprano las tasas de interés regresarán a niveles de mercado, pues no hay precio que pueda ser eternamente manipulado.

Como siempre, lo más difícil es anticipar cuándo reventará una burbuja. Pueden pasar años antes de que eso ocurra. Por ahora, cuando menos, hay que tener enorme cuidado al participar en el sueño de opio colectivo y démonos cuenta de que lo único que hemos evitado es el dolor, pero la causa de éste permanece intacta.

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