Álvaro Santana Acuña

Un día en el vacío

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Boston 19-A

Policías buscando a Dzhokhar Tsarnaev en Watertown.

El jueves yo, mi mujer y una amiga terminamos de cenar sobre las nueve y media de la noche en Muqueca, un conocido restaurante brasileño de Cambridge ubicado entre MIT y Harvard. Mientras caminábamos hacia una tienda 7-Eleven para comprar una caja de cereales, vimos que la luna estaba perfectamente cortada a la mitad. En la calle se respiraba tranquilidad y soplaba algo de fresco primaveral. Jamás hubiésemos imaginado que, de vuelta a casa, pasaríamos apenas a tres manzanas del piso de los sospechosos del atentado del maratón de Boston. Poco más de una hora después, los sospechosos abandonaron su piso y robaron en la tienda 7-Eleven. Aunque eso no lo supe hasta la mañana siguiente, cuando (como me ocurrió el 11 de septiembre de 2001) me tiraron de la cama las noticias.

El 11 de septiembre estaba en San Francisco, al otro lado del país. Llevaba apenas diez días viviendo en Estados Unidos, y aún hoy me estremezco al recordar haber escuchado que un avión se había estrellado contra el puente Golden Gate. Aquel día, al igual que la mañana del viernes 19 de abril, sentí en la boca la saliva espesa de lo surreal. Al despertarme el viernes me enteré de que los dos sospechosos habían matado de un tiro en la cabeza a un securita de MIT, que habían herido a otro del sistema de transporte público MBTA y que luego habían secuestrado un coche y huido hacia Watertown, una pequeña ciudad donde tengo varias amistades. A dos de ellas las localicé rápido, poco después de las seis de la mañana. Pero no a la tercera; una joven pareja con dos bebés. Pasaban las nueve cuando logré saber que estaban a salvo. Los despertaron los tiros, una cadena de explosiones y las sirenas de la policía en la alta madrugada. Para ese entonces, el toque de queda se había declarado en Boston y los alrededores, encerrándonos a más de novecientas mil personas en nuestras casas. Y así campó a sus anchas el vacío del nada saber y de los rumores, como el 11 de septiembre: que si en Watertown buscaban a más de un sospechoso, que si eran terroristas islámicos, que si el segundo sospechoso escapó al cerco policial y huyó en tren a Nueva York, que si su piso de Cambridge estaba lleno de explosivos… La realidad es que ese piso en Norfolk Street está a cinco minutos caminando del mío, donde llevamos encerrados más de veinticuatro horas sin poder salir. Desde la zona donde se encuentra ese piso escuchamos una explosión a finales de la tarde, mientras que en Watertown una de mis amigas recibió la visita imprevista de doce policías de asalto en su piso, y allí también, en el patio trasero de su casa, la madre de los dos bebés tomaba fotos de los policías rastreando la zona, quienes además entraban de vez en cuando a su casa para usar el baño.

A las seis de la tarde, más de quince horas después del tiroteo en Watertown, el gobernador decretó el levantamiento del toque de queda. El sospechoso no había aparecido. Crecía el vacío. Tras un rastreo minucioso de veinte manzanas de casas no estaba claro si el sospechoso se había volatilizado, si había muerto al desangrarse tras el tiroteo de la madrugada en el que murió su hermano… Una parte de los nueve mil policías que patrullaron Watertown ya se marchaban cuando de repente se escucharon los primeros tiros desde la madrugada. Ahora, mientras escribo estas líneas, se cree que el sospechoso está escondido dentro de un barco y que está vivo. El desenlace podrá saberse pronto, pero el vacío de una nueva tragedia americana ya ha echado raíces aquí.

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2 comments
Roberto González Rguez
Roberto González Rguez

Una maravilla de de relato, Álvaro. Gracias por hacernos participes de tus -en este caso- duras emociones.

Rafa Gonzalez
Rafa Gonzalez

EEUU de NA se supone que es un estado soberano, que no acepta ingerencias del extranjero y tiene derecho a resolver sus crisis de violencia empleando la misma violencia. Siria, otro estado soberano, vive a diario en su capital, Damasco, y otras ciudades, cientos de sucesos violentos, con muchos jóvenes como los dos que campaban por Boston, pero armados con material explosivo más potente y armas automáticas, suministradas por EEUU y varios países extranjeros (europeos y de Oriente Medio). Sin embargo, si el jefe de estado de Siria emplea la violencia para contrarrestar esos brotes de violencia descontrolada, es tachado de asesino, genocida, etc. Nadie discutió el empleo de la violencia por los policías yanquis o del asalto a viviendas privadas esa noche. ¿Por qué esta mentalidad occidental es tan absurda, tan irracional y tan ciega? En Boston te podrás acostar tranquilo, porque probablemente el próximo episodio violento toque en otra ciudad de EEUU, pero en Siria siguen sin poder dormir tranquilos muchos padres, madres e hijos, acorralados en sus casas por los combates de unas milicias pertrechadas por los EEUU y sus aliados. Si dentro de varios años un emigrante sirio resentido se dedica a pegar tiros en otra ciudad yanqui, seguramente, todos los civilizados habitantes obedecerán a su policía y se preguntarán cómo es posible que haya una persona capaz de hacer algo así. Probablemente la respuesta sea que ningún civilizado ciudadano yanqui de esas ciudades ha vivido en Afganistán, en Palestina, en Sáhara, en Iraq, en Siria, en Paquistán, o en otros muchos países donde la ayuda humanitaria yanqui se traduce en miles de muertos inocentes. Feliz descanso a los bostonianos/as...