Economista Descubierta

San Juan de Dios (día de la mujer trabajadora, santo del día)

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La Economista Descubierta

En esto de los temas recurrentes llega septiembre y habla uno de gasto escolar y libros de Anaya, enero y cuesta de ídem, verano y quemaduras solares y llega marzo y hablamos de la mujer trabajadora, toda vez que dedicarle un día a la mujer vaga sería feo.

Tuve mi primera exposición al feminismo de tercera ola en el “Seminario Permanente Feminismo e Ilustración” que dirigían Celia Amorós y Eulalia Pérez Sedeño, y que era un tostón considerable al que, sin embargo, asistir regularmente suponía subir la nota en Moderna. Verdaderamente, mi exposición al feminismo es bastante anterior, porque servidora presume de abuela fundadora de la Escuela Normal de Santander. Y si eso no es feminismo que vengan las del género y me lo cuenten.

Sigo estos días con bastante interés los debates de una tal Filosofa Frívola que quiere ser la it girl del anticapitalismo y que ve “Cuéntame” con ojos arrobados, porque debe ser que le recuerda su propia historia familiar, con hule y barrio incluidos. No osaría yo jamás arrogarme el sagrado nombre de filósofa por haber pasado cinco años en el bar del Edificio A de la Complutense. Pero las hay que sí, ya ve usted. La Punset y la Filósofa Frívola, unidas ambas por un alto grado de autoestima.

La Cospedal, por su parte, dice que las cuotas ofenden a las mujeres y entre ambas corrientes  reproducen en versión corrala  a  mi  dilecta Hakim y mi Anne-Marie Slaughter contra la Judith Butler de turno. Hasta el gorro estoy de tanta tontuna y tanto mirarse el ombligo perdiendo el tiempo en debates pobres y alejados de los verdaderos problemas de las mujeres.

Ya lo dije el año pasado por estas mismas fechas: sufragistas con tiempo para merienditas.

Resulta que cuando las mujeres llegan, por la cuota, por su valía, por armas de mujer, por herencia, mérito valioso o pura casualidad a las posiciones donde se pueden cambiar las cosas, no lo hacen.

Y no sé si no lo hacen porque tienen “síndrome de Abeja Reina”, de “hembra alfa” o porque el poder no tiene nada de caritativo ni de solidario. Si a mí me ha costado, qué les cueste a ellas, y de cuota nada, que yo estoy aquí no porque mi abuela fuera universitaria  sino porque valgo una barbaridad.  Es mi mérito individual, no tengo nada que agradecer a nadie. Y si asciende otra, a lo mejor me hace sombra.

Cuando las mujeres tienen poder para cambiar las cosas, no lo hacen. El liderazgo femenino se distingue en lugar de facilitar el futuro a las que nos sucederán, como hicieron nuestras abuelas, en jorobar, sobre todo el presente, a las que le rodean. La Consejera Delegada de Yahoo acaba con el teletrabajo en una loa al presentismo, y las ministras renuncian a sus bajas de maternidad para hacerse las heroínas cuando no conozco a ningún tío que no se rompa los ligamentos esquiando que no se tire cuatro meses llorando su desgracia.  Mire usted el Rey, seis meses de baja como está mandado. Y no lo hacen porque queda mucho mejor ser Perfecta en Todo que reconocer que se es Una Pringada Superior.

De las mujeres se espera que todo lo que hacemos, lo hagamos todo igual de bien; y que no tenga ningún mérito y se alcance a la vez la excelencia y la normalidad. Y de los hombres se ensalza que sean capaces de rebozar merluza o llevar el niño al médico. Cuando alcanzamos el máximo grado de “pringadez” nos dedicamos, además, a disertar sobre nuestra condición femenina y la tortura del patriarcado.

Y mientras nosotras debatimos sobre género, número y caso, los tíos se van al fútbol, las Corinnas se arreglan el chalé de la sierra y las de Árabia Saudita se mueren lapidadas.

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