Economista Descubierta

No se admiten meriendas

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Me he resignado a que el metro vaya lleno de pies descuidados y brazos sudorosos y llego a entender que la gente se vista en los chinos, porque está la cosa fatal y hasta Zara se ha vuelto inasequible, pero me gustaría pensar que si es así es por falta de dinero y no de criterio. Pero debo estar, como siempre, equivocada; y es que la gente no tiene ni puñetera idea de cómo decorarse para según qué situación.  La democratización de la moda debería haber fomentado un auge del buen gusto, pero la realidad es otra.

Ya saben que yo ya no tengo dinero ni tiempo para ocio y que no frecuento ni teatro ni cine más que de higos a brevas, pero dos o tres veces al año me reservo un homenaje y me voy a un concierto, aunque las entradas ya no sean de patio de butacas. El día de salida a la venta estoy a las diez en punto dispuesta a comprar mis entraditas para, al menos dos veces al año, volver al Real y olvidarme de todo. Volver a ser yo en modo real y no reducido.

Cuando yo vivía en Alemania me admiraba sobremanera que, a pesar de lo requetemal que visten los alemanes, cuyo modisto es su peor enemigo y donde el color berenjena es el color preferido por los hombres, a los conciertos iban primorosos. Rancios pero primorosos. Dejaban sus abriguitos y sus botas en el guardarropa, que en portugués se llama “bengaleiro” y tomaban champán en el entreacto. Aunque fuera en la Opera de Weimar, en Alemania del Este y el champán espumoso de cesta de Navidad.

En Madrid, sin llegar a eso, las salas de concierto y el Real siguen existiendo algunas normas que parecen básicas y desde luego son lógicas. No llegar tarde, no entrar con el concierto empezado, naturalmente no comer ni llevarse merienda alguna y, código no escrito, pero por todos conocidos, ir dignamente vestidos. Los músicos llevan frac, el director pajarita, la soprano vestido largo y peinado impecable. Y el resto, pues a no desentonar.

El pasado lunes volví al Real, esta vez no a la ópera sino a ver a Rufus Wainwright, porque servidora gusta de casi toda la música, que la música es grande y generosa y admite aficionados de todo nivel. Y no le puse una denuncia al público porque no se puede y si se pudiera seguro que el funcionario que la recogía iba en camiseta y sin afeitar.

La verdad es que ayer no sé si fui al Real o en las fiestas de la Prospe.

El concierto empezó tarde. Y empezó tarde porque la gente entraba y salía con tranquilidad, haciéndose fotos y grabando todo, dichosa manía de grabar lo que ves, en lugar de verlo, entraban, se levantaban y charlaban con de al lado sin pudor alguno.

El cantante de Pereza, que tiene muy estudiado el look no se quitó el sombrero, no pensando ya que los caballeros se descubren, sino en que quizás pudiera molestar al de atrás con el sombrerito de marras. Que esto no es el festival de Benicassim, hombre de Dios, que esto es el Real y, puestos a que el sinsombrerismo ha ganado la partida, no se puede fastidiar al de detrás. Como él, cuatro o cinco con gorra a oscuras, absurdo donde lo haya.

¿Y un perro? ¡Pues no había una gorda con un perro feísimo,  que ni era perro guía ni perro policía, sino perro feo! No sé si se coló o la acomodadora, que por cierto, aceptaba propinas (que no se puede), del miedo que le dio el chucho en cuestión la dejó pasar. El caso es que a dos metros de mi butaca de platea había un chucho.

Y todos venga a aplaudir y a interrumpir cuando no debían, como si fueran espectadores de tertulia televisiva cualquiera. Cuánta chancla, cuánta botella de agua, cuánto salir al baño y volver a entrar. Y venga fotos y venga grabación con el telefonito de turno.

El concierto fue estupendo y el cantante maravilloso, pero el público no se merecía el derecho de admisión. Y es que si la soprano va de largo, lo mínimo es corresponder, por lo menos, no trayendo el perro ni la merienda. Por lo visto, no es obvio.

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