Economista Descubierta

Junta de vecinos

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La Economista Descubierta

Mi asesor ideológico de Truman Factor lleva varios días sugiriéndome que hable de reuniones de vecinos en vista de mi crisis de creatividad, y hoy vuelvo de una junta de vecinos con ideas para escribir y hablando sola y llena, a partes iguales, de fascinación y cabreo. Lo primero porque hay tipos que todavía se creen que como eres mujer, eres tonta y necesitas que te representen para hablar o que te hablen en diminutivos para entender algo. Y eso que no soy rubia.

Lo siguiente es que, como sigues siendo tonta, te crees cualquier papelito que te enseñan y estás dispuesta a firmarlo sin leerlo, como si de Infanta de España se tratase. Hombre ya, que yo firmaré ya pocos cheques y menos contratos, pero todavía distingo un informe pericial de una hoja de cuadritos firmada por un rumano.

Vaya por delante que mi atribulada comunidad de vecinos es adorable y no hay ni un vecino, oiga, pero ni uno sólo, que haga la puñeta a los demás ni que se queje de nada nunca jamás.

Pero mi desgraciada comunidad de vecinos linda con otras dos fincas con las que mantiene un contencioso histórico, tan histórico que ni siquiera alguna de las partes conoce el origen, pero que dificulta, en la práctica, cualquier actuación en, digamos, y por poner un ejemplo, medianera, tejado o patio de luces. Cualquier cosa es dificilísima, exige mediación y, por supuesto, peaje.

Y como para mayor tristeza, el que no es profesor de clarinete es traductor de árabe, y el que no opositor a letrado de las Cortes, restauradora de tapices históricos o anciana jubilada, nunca tenemos un duro y barremos el rellano por riguroso turno. Y las bombillas las cambian los altos y las pagamos entre todos.

Así que hoy nos hemos reunido porque tenemos una derrama tremendísima obligada por un asunto de pocería que, dado el contencioso histórico con los medianeros, nos obliga a pasar los pozos por las nubes y luego enterrarlos otra vez entrando por la calle. La millonada, oiga, la millonada.

El presidente (por turno, claro, porque vocacionales no tenemos) quería un informe y un presupuesto como está mandado del importe y programación de la obra, y el administrador, que es como don Hilarión el de “La verbena de la Paloma”, nos ha traído un presupuesto de un rumano, que no es que no tuviera CIF, es que no tenía ni fax, oiga.

Así que, educadamente, le he preguntado al don Hilarión qué clase de informe era ese y qué calificación profesional presentaba el hombrecillo, toda vez que el presupuesto, lo que se dice barato, no era y encima tenía faltas de ortografía. Oh Dios Santo, tonta de ti, qué cosas preguntas, déjanos a nosotros, administradores de fincas, si tú eres boba y de esto no sabes. No ves que este albañil nos hace siempre las obras. Tiene que saber de albañilería, no hace falta que sepa escribir, ni tener CIF, ni nada.

Hemos votado una demotion. El profe de clarinete, la abuelita, el opositor, el traductor, la tapicera e incluso el poeta judío sefardí del bajo, cuya amabilidad siempre le lleva a abstenerse de polémicas y regalar sonrisas y poesías a todo el que se cruza.

Seremos pobretones y originales, pero tontos no somos y todavía distinguimos al que nos quiere tomar por bobos a la primera. Ya no tenemos administrador. Total, seguro que encontramos otro que nos robe más finamente y se lo curre. Y sin faltas de ortografía.

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