Economista Descubierta

Injusto empobrecimiento

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La Economista Descubierta

De todos los adjetivos calificativos que había podido buscar el descendiente del Santo Berriochoa, el de injusto le ha quedado, para mi gusto, injusto. No el empobrecimiento, sino el adjetivo.

Vamos, que le debe parecer al hombre de justicia haber atesorado dinero a espuertas con el sudor de su frente, sus innegables capacidades intelectuales, su más que probada capacidad investigadora y todas las patentes que, por decir algo, ha registrado. Porque de todos es sabido que, tras terminar Teleco Superior con más matrículas de honor que asignaturas, le dieron una beca de excelencia académica para estudiar en el MIT y después en el INSEAD. Y de ahí al mundo de la industria y la aplicación comercial del grafeno. Y de ahí al estrellato y la “millonariez”.

O a lo mejor esa versión es falsa y resulta que, como sabía muchísimo chino, se dedicó a hacerse con toda representación de contenedores de chucherías que se despachara y se hizo rico en China cuando los demás pensábamos que paseaba en chándal y montaba un gimnasio a medias con la novia de Puigcerdá hasta que la Infanta posó sus ojos en él.

Quizás la tercera versión apócrifa es que es heredero de una fortuna en Cuba y Fidel se la quitó. Qué injusticia, oiga, malditos comunistas.

Empobrecerse se le antoja al hombre injusto, porque cualquier cambio a peor le sabe a uno a cuerno quemado.

Le debía parecer de justicia, sin embargo, haberse enriquecido como en los días de su vida hubiera soñado. Que Vitoria, oiga, es una ciudad muy bonita donde se vive muy bien, pero los millonarios, por lo visto, pasan sus días entre Montecarlo y Gstaad, no en San Prudencio ni en la Casa de las Jaquecas.

Este hombre se lo podía haber pensado un poco antes de apelar a la justicia para hablar del descalabro que se le produce ante semejante fianza. Podía haber dicho “horrible empobrecimiento”, “tremendo empobrecimiento”, “espantoso empobrecimiento”, pero no “injusto empobrecimiento”.

A ver, supongamos que le embargan todo e incluso devuelve la pasta y hasta llega a ir a la cárcel, sitio, donde si ustedes no lo saben, se cotiza a la Seguridad Social y donde se genera derecho a paro y se puede aprender un oficio e incluso examinarse por la UNED. Supongamos también que la Infanta deja de recibir su asignación y se quedan con su sueldo nada más.

Pues tampoco los veo tan empobrecidos. Total, son familia numerosa y a partir del tercer hijo hacen descuento hasta en el cole más caro, y, por supuesto, en el recibo de la luz, en el abono transporte y en los comercios amigos de las familias numerosas. Teniendo en cuenta que la mayor parte de la familia de su mujer vive fuera de España puede resolver los idiomas de los niños mandándolos a casa de los primos e incluso irse a veranear un mes con la otra abuela, que seguro que los acepta encantados. Además, seguro que en la Caixa hay apartamentos de veraneo para empleados, que antes los había en cualquier banco que se preciara. En Cullera, pero asequibles.

Naturalmente a lo mejor la Marmota Interna les resulta cara, pero ya no tienen bebés y no tienen que cuidar ancianos, una marmota un par de días para lo gordo y la plancha, que total, para tanta capucha y tanto chándal, no hace falta más. Y si tienen que recibir en casa, pues reciben, que la Infanta es fina de cuna y seguro que sabe estar fenomenal aunque ofrezca aceitunas y patatas.

Oye, y como todo el mundo, tan injustamente empobrecidos como todos los demás, que también estamos que trinamos con la subida de la luz, del IRPF y demás impuestos estupendos que nos ha calcado don Mariano.

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