Economista Descubierta

Homeland

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La Economista Descubierta

Hace no mucho que un amigo, que todavía sale a cenar e incluso al cine, me dijo que para ligar ahora mismo (rango de edad la nuestra, por supuesto) o hablas de series de televisión, comida orgánica y de medias maratones o estás literalmente muerto.

Series de televisión que, naturalmente, yo no veo porque son todas en los canales de pago y además tienen “temporadas”. A mí, que la programación sea como el armario y haya que cambiarla dos veces al año y sacar los recuerdos del trastero, me descompone. Se deduce de lo anterior que, naturalmente, si yo saliera a ligar no me comería un colín, aunque, y en cualquier caso, mi público objetivo siempre ha visto en mí algo más que conocimientos televisivos y de nutricionismo; por no hablar de piernas, que tampoco son mi principal asset.

C.W. sin embargo, que más que parecida a mí es altamente afín, siempre ha tenido Canal Plus, abono del Madrid y de las Ventas y ha seguido en familia los acontecimientos televisivos. Se tragó la primera edición de Operación Triunfo y la de Gran Hermano e incluso teorizó sobre ellos e hizo innumerables similitudes con su pueblo toledano, pero también había visto Juego de Tronos incluso antes de que la emitieran. C.W. habla de televisión y sabe de lo que habla.

Y lleva mi añorada friéndome con Homeland desde que hace ya varios meses; declaró que era la mejor serie que en el mundo ha sido y que podía enamorarse de un pelirrojo y que yo debía, por encima de todas las cosas, verla. Y que si no la conseguía aquí ella me la traía pero que, por Dios, no podía pasar ni un solo minuto más sin verla.

Qué nervios ayer, qué chateo, qué manera de recoger la mesa de la cena a toda velocidad y sustituir la lectura del cuento por el beso apresurado y la oración deglutida. Qué bronca al que se levanta porque hay un monstruo en el pasillo y a la que quiere agua para echarle al monstruo y qué ganas de colgarle a la pesada que llama en el slot “baños-cenas-como-se-nota-que-no-tienes-niños”. Para… nada. Me dormí, C.W. me dormí. Lo siento.

Me dormí porque me pareció un tostón insoportable y porque los únicos espías que me interesan son los de la Segunda Guerra Mundial y un sargento es una cutrez y una rubia que se lava por parroquias me da asco desde el minuto uno y, en fin, porque aunque tenía puestas todas mis esperanzas en tu buen criterio me pudo el ataque de sueño atrasado.

C.W. (CW, vocativo), somos afines, pero en gustos televisivos no somos tan parecidas. Yo confieso sin rubor mi gusto por las telenovelas mexicanas de época y las series inglesas de trajes largos. Puedo incluso ver series infantiles como Juego de Tronos, porque yo sí leí “El señor de los anillos” con catorce años y no con treinta, pero no me recomiendes ninguna otra cosa que no sea Alborada o Corazón Salvaje, porque me voy a dormir en el sofá, cosa que me produce desazón, frío y mala leche a partes iguales.

Vete mirando qué ha pasado con Lucero y me vas enviando los updates, pero de sargentos americanos, por favor, ni una más, eh, ni una más.

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