Economista Descubierta

Helicópteros

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Como vivimos en un país de mentirosos y envidiosos, donde el más tonto es relojero y el que no corre, vuela; y además, en todo curso de habilidades que se precie le cuentan aquello de la dichosa red de contactos, dizque networking, todo lo que se mueve laboralmente no sale al mercado y se reparte entre amigos y conocidos. Porque no hay nada mejor que el mercadeo de favores, que nunca se sabe cuándo se podrán necesitar.

En mis inicios profesionales me ayudaron a empezar. Yo buscaba trabajo, alguien sabía que había una vacante para alguien con mi perfil y me recomendó. Y yo, agradecida que soy, hice siempre lo propio, es decir, recomendar a quien consideraba que lo necesitaba o que era bueno, o que quería cambiar. Por aquel entonces era entre nosotros, quiero decir con esto que a mi nunca me llamó el padre de nadie y jamás se me ocurrió pedirle a mi padre que intercediera por mí para pedirle algo a alguien.

Pero los padres han cambiado y ahora ya no son padres, sino managers de sus hijos, hijos que son mayorcísimos para tener coche desde primero de carrera pero que no son capaces de buscarse las habichuelas ni de decidir por ellos mismos lo que quieren hacer.

Si mi madre hubiera cruzado el vestíbulo de mi facultad para hablar con un profesor sólo se me hubiera ocurrido que una desgracia terrible había sucedido en mi casa y que tenían que venir a buscarme para llevarme a algún entierro. También hubiera sido posible que mi madre viniera a alguna defensa de alguna tesis, pero entonces me hubiera avisado antes.

Ni de broma hubiera pensado que mis padres podrían plantarse en el despacho del decano para pedirle explicaciones de mis notas o a suplicarle un aprobado o una mejora. Mis padres me financiaban, pero no me avalaban y, por supuesto, cuando empecé a trabajar dejaron de hacer ambas cosas.

Mis padres por lo visto eran rarísimos, o la generación inmediatamente posterior tomó algún alimento en mal estado que les causó colectivamente blandura mental y gilipollez integral. Padres pidiendo cuentas en la universidad y revisión de examen.

Los mismos padres que ahora se me plantan en las entrevistas no a traer al niño, que tiene coche, para acompañarles en la entrevista; como las marmotas, que vienen de dos en dos, la entrevistada y una amiga, que le traduce las condiciones y pregunta por los festivos.

Padres que me llaman a los pocos días para preguntarme qué problema tiene su hijito o qué ha hecho mal, o padres que directamente preguntan con quién hay que hablar para que se les contrate. O que se toman como ofensa personal cualquier cosa parecida a dizque feedback, porque recordarán que “te voy a dar feedback” equivale a “te voy a dar por culo”, y que se toman a la tremenda cuando les dices que no vas a contratar a su hijo porque no se lo merece, y que si de verdad lo quiere colocar, lo mejor sería que le pusiera un refino, que ya les he contado que es como llaman en Jerez de la Frontera a las mercerías.

Padres que por lo visto se llaman “helicópteros” cuando realmente deberían de llamarse moscas cojoneras.

Me cuesta la misma vida no contestar lo que ahogo detrás de la mejor y más falsa de las sonrisas. ¿Para qué quieres colocar a la niña, hombre de Dios, si es tonta de remate y además lo primero que va a hacer es dejar de trabajar cuando se case? ¿No sería mejor que la enviaras a una finishing school a aprender a sonreír y ladear la cabeza y se dejara de intentar lo que no puede? ¿Le has dicho a tu hijo el mentecato que, si total ha ido a una universidad carísima pero mala en la misma proporción, que más le valiera madrugar un poco más y estudiar por lo menos lo que sabe que le van a preguntar?

Lástima me dan los profesores que se deben encontrar con estos no ocasionalmente, sino a diario. Lástima me dan porque eso sí que no va en el sueldo y eso sí que es para hacer huelga o directamente cortarse las venas.

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