Economista Descubierta

Fin de semana perfecto

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Me llega un artículo del especial de Expansión del viernes, que es un suplemento dedicado a vivir como se supone que vivían o querían vivir los lectores de Expansión, donde siempre hay reseñas de bolsos y relojes caros; u hoteles con encanto donde naturalmente no se va con niños, que de suyo los niños, incluso los más rubios y mejor vestidos, dan el coñazo en los hoteles y en los restaurantes.

El artículo en cuestión lo escribe un coach, que si pretende hacerse publicidad con el artículo, se me antoja una estrategia de ventas equivocada. A lo mejor es una creencia limitante que yo tengo y que no puedo quitarme, pero me da que no. Y es que no está el paupérrimo lector para ver como nadie presume de aficiones frivolonas, por mucho que diga el tal coach que adora leer, y que para concentrarse se lleva el libro al Club de Campo.

Dice un headhunter, que tuvo el otro día a bien recibirme para saber qué había sido de mi vida desde que caí en el lodo y el olvido, que se han terminado los tiempos de la barra libre.

De la barra libre no sé, porque la botella de Anís del Mono no debe haber cambiando mucho de precio y el botellón en Agrónomos está animadísimo a pesar de estar requeteprohibido y enfrente de la Moncloa, pero de lo que se han acabado los tiempos es de presumir de ir a cenar y de compras. Que seguimos yendo a cenar y Mercadona parece un cóctel lleno de gente conocida, pero hasta el que sigue teniendo dinero para gastar se calla un poco o se hace el austero, no vaya a ser que le escrachen.

En cualquier caso, la verdad es que mi fin de semana perfecto se parece bien poco al del coach en cuestión, que se adivina divorciado, porque tanto plan con hijos de esa edad suena a que los ve los fines de semana alternos. Y es que desde que soy una pringada a la totalidad no sé si me desconsuelan más los domingos por la tarde o los lunes por la mañana, pero me encontraría perfectamente si algún sábado me pudiera levantar más tarde de las ocho de la mañana e incluso si no tuviera que dedicarme a hacer coladas separadas por colores o a llevar a los niños a cumpleaños diversos, que tienen mucha más vida social los niños que servidora. Eso sí que sería un fin de semana no perfecto, fabuloso.

Digamos que si ya no puedo permitirme un brunch en el Ritz, estaría dispuesta incluso a desayunar en Vips leyendo el periódico. Me conformo con café y zumo de naranja, con tal de que me lo hagan. Añoro  aquellos sábados por la tarde en los que iba al teatro, que es un sitio donde salen actores de verdad y al acabar te puedes ir a cenar. No hablemos ya del cine los domingos, que era un plan que me gustaba verdaderamente. No les digo las veces que he ido al cine en los últimos cinco años, pero los dos últimos cines a los que fui ahora han cerrado y uno es un H&M y el otro un local cerrado.

Confieso que de mis antaño ociosos fines de semana sólo conservo la costumbre del aperitivo, que no hay restaurante japonés ni actividad social alguna que me haya hecho cambiar el único vestigio de la vida regalada que me queda. El aperitivo se puede seguir tomando con vermú, patatas y aceitunas, e incluso aceptan niños si el bar es suficientemente de barrio. Cuando tenga que prescindir de esta costumbre patria verdaderamente sufriré un ataque de pena tremebundo.

La verdad sea dicha, creo que si ganara todo el dinero que ganaba antes, tampoco outsorcearía a mis hijos los fines de semana, que bastante poco los veo entre semana como para aparcarlos los domingos con marmota alguna. Que ya he visto yo bastante mundo, y el mundo no se mueve, por mucho que cambie, para colocarlos con cuñada alguna. No viajo, no salgo y no tengo apenas ocio, pero el fin de semana perfecto forma parte del pasado. Y siempre están los libros, naturalmente.

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