Economista Descubierta

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La Economista Descubierta

Tuve un conocido que se casó en segundas náuseas con su secretaria, que estaba buenísima, pero que no debía haber pasado del Graduado Escolar. Le salvaba, y por eso siempre la aprecié, su discreción. Era una mujer callada, que sabía que no sabía, y no osaba meter la pata presumiendo de su ignorancia. En el fondo, sabía que le faltaba mucho de base y no tenía ninguna intención de presumir de ello. Y eso que estaba bastante buena y había adquirido por matrimonio la posición que nunca hubiera podido soñar ni por herencia ni por trabajo.

Al margen de que me costó mucho entender cómo podía funcionar semejante matrimonio, que hasta la fecha todavía dura y que dejé de intentar entenderlo, siempre me ha parecido mucho más respetable la postura del que se calla por ignorante, del que presume de sus carencias y las muestra sin pudor alguno.

En mi guerra particular a favor de los deberes, la lectura y el cultivo de la memoria me encuentro a diario con los que me observan como si yo fuera una intelectual rarísima, que ya me gustaría a mí, que sólo tengo una culturilla superficial de Trivial. Sinceramente, estoy empezando a cansarme de que me confundan con lo que no soy.

Yo no sé ni la mitad de la mitad de lo que me gustaría saber y lo peor de todo es que ya no tengo capacidad de retención, visto que el cerebro se me ha cubierto de teflón y entiendo, pero no retengo. Me empapo de apuntes de Civil y los entiendo fenomenal, pero no soy capaz de retenerlos y recordarlos para un examen. Se me llevan los demonios, porque soy capaz de explicarlos y explicármelos, pero ya no soy capaz de hacer un examen sin apuntes. No he perdido la capacidad de síntesis, pero el disco duro parece lleno y no sé cómo hacer para vaciar partes de forma selectiva.

Siempre queda la posibilidad de que esto sea un plan malvado, diseñado por algún lobby supranacional y nuevordenmundialista, o por los masones, o las multinacionales, o cualquier otro malo terrible, destinado a adormecer y aborregar a las masas que tontamente se consideran libres para elegir el sabor de las patatas fritas. Pero eso sería demasiado fácil y, finalmente, echarle la culpa al empedrado.

Lo que ocurre es que estudiar y conocer exige esfuerzo y tiempo, y el tiempo del gimnasio es mucho más lucido que el de la biblioteca. Y en la playa se liga mucho más con un bikini que con un libro. La Teoría de la Decisión Racional nos manda de cabeza a la piscina, y no precisamente a nadar, sino a ligarnos al socorrista.

Me consta, efectivamente, que hay gente que es capaz pasar su vida entera a base de Hola y fútbol, life coaching o astrología (por cierto, la astrología se ha pasado de moda, igual que la ciencia ficción, que a mí me encanta) e incluso ser razonablemente feliz, haciendo barbacoas, celebrando Halloween  y jugando al pádel en la “urba”, viviendo en la ignorancia y en la ausencia de espíritu crítico con menos preocupaciones que un conejo en la Colina de Watership.

Pero yo no podría vivir así y, mucho menos, imaginarme una vejez llena de achaques y amigos muertos, sin poder jugar al pádel ni ponerme un bikini. Que no se enfade la Generalidad Valenciana porque el solar esté lleno de caspa y encima salga en la tele. A cada uno le toca un lote en el reparto y, por lo visto, lo que yo siempre tuve por normal es rarísimo, y como tal, se juzga.

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