Economista Descubierta

Ejemplaridad y otras cosas en desuso

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La Economista Descubierta

Mi padre, que es, a su decir, bastante viejo, se dedica últimamente a repasar oficios extinguidos que, a su entender, eran absolutamente necesarios. A saber: vainiqueras, zurcidoras, encuadernadores y fabricantes de cuellos y puños para camisas. Se deduce del repaso general las necesidades del anciano, qué cosas añora y considera necesarias.

Mi padre no ha llegado a conocer conceptos que yo he conocido tarde, porque en mi época no existían. Cuando yo era estudiante no había ni frikis ni nerds, y el concepto popularidad y perdedor no se medían. Mi padre sería un friki, pero es demasiado viejo para serlo, popular nunca quiso ser y lo del juego es de desocupados.

Mi padre no quiere entrar en debatir si España está ahora como en el 36 porque prefiere dedicarse a pensar en encuadernadores, pero dice, y en eso estoy de acuerdo, que corrupción ha habido siempre. Que somos un país capaz de lo mejor y de lo peor ya lo sabemos todos. A mí, que todavía tengo vida por delante, lo que me descompone es la soltura con la que nos movemos en la hipocresía colectiva.

Nos pasamos el día con la prevención y la denuncia del acoso escolar, el acoso laboral, el acoso sexual y todos los acosos posibles pero nos parecen fenomenal los escraches. Se inventan una Marca España para intentar vender en un “todo a cien” los restos de lo que queda por vender, pero se llevan las comisiones de la venta y de paso colocan al cuñado en Relaciones con Inversores o a la primera esposa en la Fundación, que siempre queda fenomenal sentar a algún pobre a la mesa.

Se pronuncia el ministro de Educación sobre la excelencia y quita lo poco que queda del latín, porque de todos es sabido que sólo es excelente el que sabe Resistencia de Materiales y lo mejor del mundo es preparar ingenieros para exportarlos. Ingenieros Marca España. Ingenieros que por lo visto son unos frikis y unos nerds pero a los que, a pesar de todo, se empeñan en convertirlos en graduados de cuatro añitos; no se les cae el puente, pero probablemente no saben quien hizo el acueducto de Segovia.

Javier Gomá, al que no conozco pero me gustaría, porque me encanta, rescata la ejemplaridad y lo curioso es que la rescata porque la pobre estaba con las vainiqueras y los fabricantes de puños para camisas en el catálogo de las costumbres en desuso, y con tan poca utilidad actual como las dos faldas de los trajes de chaqueta buenos que las señoras utilizaban hace treinta años.

Ya saben que yo soy de Trantor, pero mi padre y Javier Gomá son españoles, curiosamente ninguno de los dos castellanos, así que se presume que hace algunos años se debían estudiar cosas más o menos parecidas en el Bachillerato en toda España.

Todavía no he caído en el desánimo y sigo creyendo que tengo que perseverar en la decencia y la honradez, incluso en inculcar esos valores en mis hijos, pero cada vez que veo las Teorías de Probabilidad, Riesgo y Rentabilidad aplicadas a la toma de decisiones se me ponen los pelos de punta y me siento absolutamente sola ante el mundo entero.

Recuerdo a mi catedrático de Ética (que no de Moral y que no era precisamente un cura) explicando que la decisión ética que prima el bien común es siempre finalmente la más racional, porque el bien común es siempre y finalmente mejor para el individuo. (Y ahí explicaba un ejemplo sobre el transporte público y los atascos para ponernos a todos a la altura de lo tangible).

Pero los hechos van por otros derroteros, el estado se deshace a toda velocidad de toda regulación posible, y la ejemplaridad no se encuentra ni en los a los que hemos delegado nuestra organización.

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