Economista Descubierta

Recortada, pero consciente. Tullida, pero no imbécil.

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En la época gloriosa del Sitio Elegante, C.W. y servidora comíamos fuera a diario. Entre que en nuestra casa el paquete de leche estaba caducado y que siempre teníamos muchísimos compromisos socioprofesionales, estábamos permanentemente a dieta o de prueba de menú en cualquier restaurante de moda.

En aquel tiempo, económicamente desahogado, C.W. ideó su famosa “psicología light para frívolas con dinero para tontadas” y yo dediqué parte de mi presupuesto a idioteces varias.

Nunca fui liberal, ni tampoco admiradora del modelo anglosajón de relaciones laborales ni sociales, pero siempre me sentí más corporativa que empleada. Para eso era directiva, ¿no? Para eso me pagaban bastante bien y, sobre todo, me sentía identificada con la empresa, con sus valores, con su historia y con la actuación de la mayor parte de sus directivos. No dudé en sacrificar lo personal y finalmente me puse al frente de la manifestación equivocada, que me condujo a la lista del paro y al olvido profesional y personal. En el largo camino del abandono, perdí, además de algunos años, la fe laboral y en muchas personas. Crecí en el cinismo profesional y en alguna otra competencia personal.

Ahora, como la mayor parte de ustedes, soy una más de la sacrificada clase media que ve recortado su poder adquisitivo y sus posibilidades reales de aumentar sus ingresos. Si esto va de mercados, el producto Economista Descubierta es un producto caducado, obsoleto y sin demanda, fuera de todo mercado interesante. No soy un producto que se venda en los chinos, pero me parezco cada vez más a una de esas camisas pasadas de moda en los estantes de alguna tienda del centro a punto de cerrar para dejar paso a cualquier marca del planeta Zara.

De todas las medidas del gobierno, la que más me ha dolido ha sido el recorte de la prestación por desempleo con la excusa de la “incentivación en la búsqueda de empleo”, más aun teniéndolo que oír de una ministra que no ha cotizado en su vida si no es en la cosa política.

No me considero con derecho a nada, ni soy una reivindicativa profesional, pero sigo teniendo conciencia moral y perspicacia intelectual para saberme timada. A lo mejor es que ya no vamos a tener ni sanidad pública, ni educación, ni vacaciones y, si nos ponemos enfermos nos tenemos que morir, además de la enfermedad, de la pena y del asco, pero no puedo digerir que mi renuncia obligada se deba a la famosa excusa del mercado, como si no supiéramos todos que si los mercados no se hubieran regulado por cojones, seguirían vendiéndose niños o negros o riñones o favores, o todo a la vez. Como si no supiéramos que la corrupción moral excusa cualquier actuación y la convierte en norma.

Me lo trago, y me aguanto, porque no tengo capacidad de rebelarme ni poder de influencia para cambiarlo, pero no pienso pensar de otra manera, porque mi descompensada inteligencia me dice que estoy vencida, pero no convencida.

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