Peter Schiff

¿Para qué comprar la vaca?

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Las revoluciones comunistas del siglo XX buscaban nacionalizar la riqueza generada por las industrias privadas a favor de los trabajadores “explotados” de cuyas espaldas se derivaban los beneficios. Estados Unidos rechazó esas ideas y centró su narrativa económica en los principios del libre mercado. Sin embargo, como resultado de las políticas fiscales actuales, y de las que se están proponiendo como vía para aumentar la recaudación de los accionistas corporativos, nuestro gobierno busca ahora confiscar una parte de la producción que daría envidia incluso a los bolcheviques más acérrimos.

El objetivo de una empresa es generar beneficios para sus propietarios (todas las demás funciones son secundarias a este objetivo). Las empresas que operan en los mercados bursátiles distribuyen sus beneficios a través de dividendos. Como resultado del sistema tributario estadounidense de doble imposición, donde los ingresos se gravan a nivel corporativo y luego nuevamente en el plano personal, el gobierno recibe una parte mucho mayor de la renta de las sociedades que los propios dueños (este es un tema del que también hablo en mi más reciente vídeo, que pueden ver en la barra lateral de esta página).

Supongamos que una empresa que cotiza en bolsa genera un millón de dólares de beneficios durante un año. En la actualidad esos beneficios se gravan al 35% (para efectos de este ejemplo, no tendré en cuenta el tramo más bajo que se aplica a los primeros 100.000 dólares), lo que significa que la empresa tendría que pagar unos 350.000 dólares directamente al estado (suponiendo que generó esos ingresos sin exenciones de impuestos especiales). De los 650.000 dólares restantes, el escenario típico llevaría al reparto del 40% a los accionistas en forma de dividendos (esto se conoce como el pay out y el promedio real es ligeramente inferior al 40%). Así que en este ejemplo, la empresa pagaría 260.000 dólares (40% de 650.000) a los accionistas. Los otros 390.000 dólares, por lo general, serían acumulados como “utilidades retenidas” y se destinarían a mantener y reemplazar equipo que se deprecia, realizar inversiones de capital, financiar investigación y desarrollo, ampliar operaciones… Si la empresa no realizara esas inversiones le sería imposible sobrevivir y su capacidad de perpetuar la distribución de beneficios sería limitada.

Estos beneficios acumulados no distribuidos son activos para los accionistas, pero su objetivo principal es generar beneficios futuros y mayores dividendos. Por tanto, los accionistas no se benefician directamente de las utilidades acumuladas hasta que las distribuciones de beneficios futuras les sean pagadas. Naturalmente, los accionistas pueden vender sus acciones a cambio de un margen, pagando el correspondiente impuesto sobre las ganancias de capital en el proceso, pero esto sólo transferiría los beneficios futuros al nuevo accionista.

Cuando los accionistas reciben los 260.000 dólares en concepto de dividendos, la cantidad sufre un gravamen adicional del orden del 15% (de acuerdo a la ley en vigor). Como resultado, los accionistas sólo reciben 221.000 dólares de un negocio que generó un millón. Así, 39.000 dólares en impuestos sobre dividendos son sumados a los 350,000 dólares del impuesto de sociedades, por lo que el estado se queda con poco menos de 390.000 dólares de las utilidades de la empresa. En otras palabras, el estado obtiene aldededor del 75% más del flujo de la empresa que sus propietarios. Visto de una manera ligeramente distinta, el estado obtiene alrededor del 65% de los ingresos no acumulados mientras que los accionistas, quienes ponen el dinero y asumen todo el riesgo de llevar a cabo la actividad, obtienen un 35%. ¿Les parece esto justo?

Este nivel de imposición fiscal coloca a las empresas estadounidenses en una notable desventaja con respecto a las empresas en los países contra quienes compiten. En China, el reparto de la tarta es mucho más favorable a los propietarios de las empresas. Allí, las empresas están gravados con una tasa del 25% y los dividendos con un 10%. Con estas cifras (y basándonos en la misma proporción de pay out que en el caso de una empresa estadounidense), el gobierno chino se queda con el 51% de las ganancias y los accionistas con el 49%. En Hong Kong la situación es aún mejor. Allí, la tasa de impuesto a sociedades es del 16% y la tasa al dividendo es de cero. En el Hong Kong comunista el gobierno se queda con el 33% de los beneficios de la empresa y los accionistas con el 67%.

Esta comparación plantea una cuestión interesante. Si a los accionistas en la China comunista se les permite conservar una porción mayor de sus beneficios que a los accionistas en la América capitalista, ¿qué nación es más comunista y qué nación es más capitalista?

El mes pasado la Administración de Obama y Mitt Romney plantearon sus respectivas propuestas sobre la reforma del impuesto de sociedades que, de acuerdo a estos políticos, harán que las empresas estadounidenses sean más competitivas. El plan de Romney reduce la tasa del impuesto de sociedades al 25%, mientras que mantiene el impuesto sobre los dividendos en el actual 15%. Esto mejora un poco las cosas, pues fija la porción que se lleva el estado en el 54% de las ganancias de la empresa y el 46% para los accionistas, pero no es tan generosa como la de la China comunista. No es de extrañar, sin embargo, que el plan de Obama complique aún más las cosas.

Aunque el presidente propone reducir la tasa del impuesto de sociedades al 28%, también quiere eliminar el impuesto sobre dividendos y reemplazarlo con un impuesto sobre este tipo de retribuciones como si de una renta ordinaria se tratase. En la práctica, la inmensa mayoría de los beneficiarios de dividendos se encuentran en el escalafón más alto de la escala de ingresos. Esto implica que una porción muy grande de estos dividendos se gravarían con la tasa más alta de impuesto sobre la renta, que es del 39%. Obama también quiere someter a estas personas con salarios altos a un impuesto adicional para pagar por su iniciativa de atención sanitaria, lo que significa que muchos de estos empresarios serán gravados a una tasa del 44% (¡de esto también es responsable la eliminación de las deducciones personales para quienes tienen mayores ingresos!). Así que, en virtud del plan de Obma, para estos ciudadanos con altos ingresos (como los accionistas de nuestro ejemplo), la proporción de distribución con respecto al estado será de un 70/30 a favor del segundo. Esto es peor que mantener el statu quo.

En realidad es bastante peor. El impuesto de sociedades es sólo una de las venas que las empresas dejan descubiertas al estado. Piense en todos los otros impuestos que pagan las empresas, tales como los impuestos sobre las nóminas y los impuestos sobre las ventas. Claro que las empresas trasladan esos impuestos a sus empleados y clientes, pero el flujo de estos ingresos se entrega 100% al estado y los accionistas sólo reciben una factura por el coste de recaudarlos.

Luego están todos los impuestos pagados directamente por los propios trabajadores desde sus nóminas. Por supuesto, este dinero pertenece a los empleados y no a los accionistas, pero si no fuera por la actividad empresarial, esas nóminas, y los impuestos que devengan, no podrían haber sido pagadas. Y mientras que los empleados obtienen beneficios de esas distribuciones después de impuestos, los accionistas no. Cuando todos estas vías de recaudación se tienen en cuenta, piense en cuánto más se lleva en realidad el estado en forma de impuestos generados por la actividad empresarial que los propios accionistas reciben en concepto de dividendos. Quién sabe qué tan alta sea esa cifra, pero estoy seguro de que la tajada final del estado multiplica lo que los accionistas reciben.

En el siglo XIX Estados Unidos era realmente un país capitalista. No teníamos ningún impuesto de sociedades ni IRPF. Los accionistas recibían el 100% de los beneficios que sus empresas generaban. Como resultado de esa estructura, las corporaciones de Estados Unidos crecieron rápidamente, lo que ayudó a desencadenar la mayor expansión económica que el mundo jamás había visto. Pero eso fue entonces y esto es ahora.

Dadas las cifras actuales, incluso si nuestros dirigentes fueran convertidos en marxistas radicales, ¿para qué molestarse en nacionalizar las empresas listadas en Fortune 500? Si el estado ya recibe la mayor parte de las ganancias empresariales, nacionalizar carece de sentido. Estas medidas arriesgan alterar las estructuras de gestión empresarial y destruyen la motivación de los empresarios para buscar beneficios más altos, pues son penalizados por ello. Se corre el riesgo de matar la oca de los huevos de oro. Si el gobierno nacionaliza una empresa, también tendría que gestionarla. ¿Alguien piensa que los burócratas toman mejores decisiones que los empresarios? Si sus decisiones producen mayores pérdidas que ganancias, el estado las tendría que absorber. Bajo el sistema actual, el estado se queda con la mayor parte de los beneficios y los accionistas privados están atrapados con el 100% de las pérdidas.

En realidad, hay un nombre para nuestro actual sistema: fascismo. Mientras que el fascismo y el comunismo son dos formas de socialismo, al menos los fascistas son lo suficientemente inteligentes para saber que si los medios de producción son nacionalizados, los empleados y los propietarios no se esforzarán tanto y el estado perderá ingresos.

Es una pena que el país que una vez fuera el faro de la libertad y el libre comercio ya no tenga la capacidad de reconocer lo que el capitalismo significa. A menos que los empresarios sean debidamente recompensados por los riesgos que toman, las empresas estadounidenses no recuperarán el liderazgo perdido, los ciudadanos de este país no recuperarán su libertad, y nuestro nivel de vida seguirá cayendo. Tal como están las cosas hoy, Estados Unidos se ha convertido en un pueblo del gobierno, por el gobierno y, lo más importante, para el gobierno.

Copyright © 2012 · Peter Schiff

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Traducido al español y publicado con autorización de Peter Schiff.
Translated and published by kind permission of Peter Schiff.
Enlace a versión original del artículo (en inglés)

 

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