Economista Descubierta

Magín

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He recogido las notas de mi hijo con una nota de la profesora recomendando un análisis psicotécnico especial para ver si lo podemos integrar en los grupos de enriquecimiento curricular para niños con altas capacidades; grupos, que para quien no lo sepa, son gratis y los sábados y en colegios públicos. Los programas incluyen, sobre todo, ampliación en matemáticas y lengua y también, para el que tenga tales capacidades, ampliación curricular en artes y música.

Mi niño, huelga decir, no es de esos (de los de pintar bien, digo). Más bien es de los otros, no porque yo crea que sea listísimo, sino porque ha nacido en una casa donde hay libros que además se leen. Vamos, que no es que yo crea que el niño sea más listo que el resto, sino que más bien el nivel del betún del común escolar se supera con facilidad. Porque lo que se dice superdotado, para mí, es Ignacio Yepes, que además de ser director de orquesta, toca la flauta travesera y es astrónomo. Eso es un superdotado y mi hijo, un niño corriente en un entorno proclive al estudio.

Por suerte o por desgracia, yo nací con una inteligencia descompensada. Quiere esto decir que soy extraordinaria para determinadas cosas y absolutamente gilipollas para otras. Vamos, una faena como otra cualquiera. Sería mucho mejor ser tonta a la totalidad o inteligente en su mayoría. Pero ser descompensada es una putada como otra cualquiera. Llegados a este punto de mediocridad, y siguiendo las instrucciones de C.W., lo importante de verdad es tener las mechas ideales y la manicura siempre impecable.

Una de las desgracias que yo heredé de mi descompensada inteligencia fue pensar que mis capacidades y mi formación me iban a permitir competir en igualdad de condiciones, porque no se me medía por lo que tenía entre las piernas, sino entre las orejas. Ilusa.

Como además siempre he estado, por circunstancias ajenas a mi desempeño, es decir, cuna sumada a educación, bastante bien relacionada, me he podido mover sin dificultades en todos los ámbitos, cómoda a partes iguales entre sindicalistas de pancarta o en Puerta de Hierro. Tanto es así, que estos señores tan sesudos de Truman Factor han llegado a invitarme a desahogarme dos veces por semanas en su exquisito rincón.

La verdad sea dicha, y pasados los cuarenta, he llegado a la conclusión de que mi descompensada inteligencia sólo me sirve para analizar los problemas con mucho más tino y criterio que el resto, pero no me los soluciona. Conclusión, que como yo en este momento no tengo ni “suerte ni caradura, lo que soy es una pringada con criterio reflexivo”.

Así que he cogido la nota de la profesora, la he arrugado junto a la lista de la compra y los papeles de la tintorería y posiblemente la tire dentro de un par de días. Porque lo que no le voy a hacer al pobre niño es fomentarle, encima, que se crea más listo que los demás, para que el día de mañana sea otro pringado con criterio. Mucho mejor, en lugar de mandarle los sábados a aprender a hacer integrales, le voy a mandar a jugar al tenis, a ver si nos saca de pobres. Y si quiere tirar el Copleston al reciclado de papel, que lo tire, oiga, que total, yo ya me lo he leído.

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