Economista Descubierta

Los antivacunas

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Cuando yo vivía en Alemania, de esto ya hace más de un lustro, observaba cosas que se me antojaban imposibles en España. Por ejemplo, que la peluquería fuera un artículo de lujo y no un descanso obligado y asequible, donde se curan muchos males psíquicos, físicos y mediopensionistas. O que hubiera gente que mandaba a sus hijos a escuelas libres no autoritarias y ecoalternativas, donde los niños se dedicaban a ver crecer lentejas mientras la roña les comía las orejas.

También me fascinaba esa teoría de que la leche de vaca produce mocos (!!!). O que la soja tofu era parte esencial de cualquier dieta cardiosaludable pero lo mejor para merendar eran las tartas. Leche de vaca no, pero mantequilla sí; y el aceite de oliva para frotarse las cicatrices de los mordiscos de cualquier chucho de esos que subía invariablemente sin bozal en el autobús.

Ya la primera bronca la tuve con la manía de impedir aprender a los niños a leer antes de los seis años y la higiene diaria. Es una barbaridad, decían, si aquí no se suda, además, poner la lavadora a diario es un atentado contra el planeta. Y hala, los niños repuercos con la misma ropa astrosa color verde puñeta y morado nazareno, días y días.

Pero, eso sí, el analfabetismo es grave, pero no contagioso, y la ropa siempre se puede acabar quemando el mismo día que te la regalan, porque no hay nada más fino que un regalo de segunda mano.

Lo que me costó a mí la “cojobronca” fue la teoría de la conspiración mundial y las vacunas. Está claro que cuando quieres un parto natural y respetado, en la bañera de tu casa y asistida por una doula o matrona aficionada de esas, limpias a tu hijo con una bayeta, caso de que lo limpies, y naturalmente, no lo vacunas.

No lo vacunas, porque es mucho más divertido ir a una “sarampión party” y que el niño se coja todo lo que allí se despache. No lo vacunas, además, porque resulta que son los laboratorios los que sueltan los virus y las enfermedades y es mucho mejor que cuando juegue en el WFA con sus amigos Leo, Noa y Joel, se peguen, además de los mocos, la escarlatina, o la tuberculosis, que es una enfermedad que antes era muy literaria y muy terrible y ahora por lo visto es divertidísima.

Me costó la “cojobronca” en su momento y dejé caer el asunto en el olvido. Me fui de Alemania porque yo allí no cuajaba y no era para mí y me volví a mi zona de confort, a saber: el barrio de Salamanca entre Lista y Goya y Conde de Peñalver como frontera norte.

Hasta que tuve hijos y me di cuenta de que la estupidez y las modas acaban por llegar a cualquier sitio, y en España también hay asociación de amigos de la varicela, como también hay Leos, Noas y Joeles, e incluso escuelas libres, donde leer no es importante, pero los “tiña party” están a la última.

 

PD: Llevo toda la semana sin dormir por culpa de una enfermedad infantil de esas para los que no hay vacuna, dándole gracias a Jenner por haber nacido y a mis padres por haber sido sensatos.

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