David Bell

La primera guerra total: la Europa de Napoleón y el nacimiento de la guerra moderna

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En este capítulo David Bell detalla cómo en España las guerras napoleónicas alcanzaron uno de sus momentos culminantes más horribles. Además, sugiere que las mismas anticiparon los conflictos del siglo XX que solemos asociar con «la guerra total» y también en ellas puede estar la clave para comprender situaciones recientes como la guerra de Irak.


 

La situación asombrosamente similar que se desarrolló en Irak después de la victoria estadounidense en 2003 puede ayudarnos a comprender la naturaleza del conflicto español. Las fuerzas estadounidenses y sus aliados se involucraron en un intento prolongado y frustrante de conducir a Irak hacia la paz y la estabilidad, y una parte de la población iraquí, liderada por el gobierno titular, se alió con ellos. Otra parte de la misma, probablemente más grande, se mantuvo al margen, centrándose sobre todo en su propia seguridad y bienestar. Una tercera parte percibió las fuerzas extranjeras con abierta hostilidad, mientras que una cuarta parte, posiblemente muy pequeña, abrazó la resistencia activa. Dado que estos insurgentes no tenían posibilidades de enfrentarse con éxito en batallas campales al ejército norteamericano, se involucraron en ataques relámpago contra pequeños destacamentos de soldados o contra civiles, tras los cuales se disolvían con rapidez entre la población.

Este tipo de acciones hacía casi imposible que las tropas extranjeras pudiesen abandonar sus bases fortificadas, salvo en convoyes de vehículos blindados. En privado, los soldados se quejaban de ser incapaces de asegurar el control de cualquier territorio, excepto el que estaba al alcance inmediato de sus armas. El resultado era que se dedicaban (en palabras de un infante de marina) «a expulsar a los mismos u otros insurgentes de los mismos pueblos [una y otra vez] sin ser capaces de retenerlos, de asegurarlos».

En España, el equivalente del nuevo gobierno iraquí era el frágil régimen de José Bonaparte, apoyado por los españoles que se autoproclamaron «ilustrados » y conocidos como «afrancesados». Una gran proporción de la población se mantuvo alejada del conflicto. Otra, también amplia, miraba a los franceses con hostilidad. Por su parte, las guerrillas es probable que nunca superaran, en conjunto, los 40.000 miembros.

El método guerrillero español se basaba en el shock y la sorpresa.

Ahora bien, sus acciones tuvieron efectos muy superiores al de sus números y mucho más considerables que en Calabria (Italia). Su método de ataque preferido (a falta de coches bomba y explosivos plásticos) era abalanzarse sin previo aviso, en bandas de cientos, sobre destacamentos pequeños y aislados de las tropas francesas: soldados rezagados, centinelas, exploradores y mensajeros. El método se basaba, pues, en el shock y la sorpresa, y por lo general se retiraban al toparse con seria resistencia.

Las memorias y la correspondencia de los soldados franceses sobre el tema eran monótonas: «Éramos los dueños de todos los pueblos y todas las aldeas en la carretera; pero a cien pasos no lo éramos»; «un enemigo invisible raptaba nuestros centinelas cada noche»; y todos los días había que luchar contra «asaltantes invisibles, apostados por millares detrás de los arbustos, en el fondo de los barrancos, emboscados en las esquinas de cada muro». En un solo día, el 20 de noviembre de 1807, ochenta de los 719 soldados franceses en camino a Portugal que cruzaron la sierra de Gata desaparecieron. Como Miot de Melito expresó de forma melodramática:

«Un ejército invisible se extendía casi por toda España, como una red de la que no podía escapar ningún soldado francés que se alejase un momento de su columna o guarnición».

Pongamos un ejemplo; en la primavera de 1812, el general Louis Brun viajaba a través del centro de España en compañía de varios civiles franceses y escoltado por ochenta soldados. La carretera discurría por un profundo barranco que cortaba el río Guadarrama, cerca de Madrid. Salvas de mosquete rompieron la calma del día al acercarse la expedición al puente. Trece soldados cayeron y, mientras Brun buscaba huir retrocediendo por el barranco, 200 guerrilleros a caballo bloquearon su retirada. Afortunadamente, a poca distancia había un cercado para ovejas con muros de piedra de casi un metro de grosor. Brun y otros supervivientes se posicionaron allí y lograron resistir hasta que un contingente francés de ayuda llegó desde Segovia; en ese momento los guerrilleros huyeron. Brun recordó que uno de los civiles, un comerciante de vinos franceses, yacía tumbado en el suelo del cercado y se había negado a empuñar un arma hasta que Brun le golpeó en varias ocasiones. Escenas como éstas se repitieron cientos o incluso miles de veces a lo largo de la guerra, a menudo con resultados desastrosos para los franceses.

Goya, Los desastres de la guerra.

Goya, Los desastres de la guerra.

La fuerzas guerrilleras no eran un rival de entidad para las tropas regulares francesas en una batalla campal. Pero conseguir que aquéllas participaran en dicha batalla era más fácil de decir que de hacer. Al final, en lugar de dedicarse a perseguir a estos pequeños grupos móviles, los franceses se centraron en unos pocos puntos fuertes, dejando el resto del país sin muchos soldados, es decir, casi fuera de su control. Un cuerpo entero del ejército se dedicaba exclusivamente a asegurar una vía hacia el norte entre Madrid y Francia. El general Honoré Charles Reille, el gobernador militar francés de Navarra (en el norte de España), planteó la cuestión con gran elocuencia en una carta en 1810:

«Desgraciadamente, en esta región como en muchas otras de España, nuestra influencia llega hasta donde alcanza nuestro cañón […] Los españoles dicen con razón que [nuestras tropas] son surcos en el agua».

Las guerrillas tenían un perfil complejo. Al igual que en Calabria, sus líderes eran parte comandante militar, parte jefe de bandidos, y también tenían apodos sugestivos: «el Cantarero», «el Cura», «el Mozo», «el Abuelo», «el Médico», «el Empecinado». La composición social de estas fuerzas era muy diversa. Con frecuencia, estas bandas atacaban a sus compatriotas tanto o más que a los franceses. Hacia 1810 y 1811, algunas habían establecido sistemas regulares de peajes e impuestos —mientras los comerciantes franceses pagaran podían pasar sin mayores inconvenientes—. Muchas bandas tenían sus orígenes en unidades disueltas del antiguo ejército español, que se había desmoronado después de las victorias de Napoleón en 1808.

Con el tiempo, otras se transformaron en unidades nuevas, con rangos jerarquizados, organización en regimientos, uniformes e incluso artillería (por lo general arrebatada a los franceses). En 1813, Francisco Espoz y Mina («Tío Francisco» o «el Rey de Navarra»), un comandante vasco de la banda más exitosa, tenía más de 6.000 soldados a sus órdenes, organizados en diez regimientos, vestidos con uniformes azules compuestos de chaqueta y pantalón, armados con mosquetes y bayonetas y entrenados para combatir en filas y en columna. Pero sus hombres también continuaron utilizando tácticas guerrilleras bien conocidas y en 1812 y 1813 lograron inmovilizar hasta 38.000 soldados franceses.

A pesar de su parecido con los bandidos y los soldados regulares, las guerrillas representaban algo muy diferente. Desde el principio, el antiguo Estado español trató de oficializarlas usando el lenguaje de la «nación en armas». A comienzos de junio de 1808, los partidarios de Fernando en la llamada Junta de Sevilla instaron «a todos los españoles» a luchar contra los franceses. En diciembre se decretaron órdenes autorizando la creación de «partidas». Y el 17 de abril 1809 se publicó la instrucción sobre el Corso terrestre:

«Todos los habitantes de las provincias ocupadas por las tropas francesas que se hallen en estado de armarse, estan autorizados para hacerlo, hasta con armas prohibidas, para asaltar y despojar siempre que hallen coyuntura favorable en particular y en comun á los soldados franceses, apoderarse de los víveres y efectos que se destinan á su subsistencia; y en suma para hacerles todo el mal y daño que sea posible; en el concepto de que se considerará este servicio como hecho á la Nacion».

Periódicos y folletos repitieron el mensaje, llamando a «un nuevo sistema de guerra» en el que los ejércitos franceses se enfrentarían a una guerra a pequeña escala y «siempre» a guerrillas. «Todos los hombres son soldados», declaró la Gazeta de la Junta de Cataluña y añadió que, en los campos, los caminos, las ciudades ocupadas, «los catalanes muestran un odio profundo» hacia el enemigo francés. Estas declaraciones curiosamente recordaban a la declaración francesa de la leva en masa de 1793. Pero ahora, la encarnación de la nación en guerra no consistía en voluntarios uniformados con la pica al hombro y marchando hacia la frontera, sino que se trataba del combatiente irregular provisto con cualquier arma que caía en sus manos para expulsar a los invasores de su país quebrado y desgarrado.

Goya, Los desastres de la guerra.

Goya, Los desastres de la guerra.

La religión apoyó a las guerrillas en su postura de enemistad absoluta hacia los franceses. La amplia presencia de clérigos en suelo español tuvo un efecto considerable. En 1808, una cuarta parte de la renta de la tierra en España pertenecía a la Iglesia. La población de diez millones de personas incluía 30.000 párrocos y 120.000 monjes, monjas y demás clérigos. Estos hombres y mujeres predicaron incansablemente en contra del invasor y hasta prometieron a todos los que lucharan la remisión del castigo divino. En 1808, un «Catecismo español» bastante difundido en aquel entonces calificó a los franceses de «antiguos cristianos y herejes modernos» e insistía en que era igual de pecaminoso matarlos a ellos que a una bestia salvaje. José Blanco White, escritor español liberal, diría más tarde que:

«no era el amor a la independencia y a la libertad el que había levantado el pueblo contra los Bonaparte, sino el temor que sentía la gran masa de los españoles ante la pretendida reforma de los abusos religiosos»

que debilitaría a la Iglesia. Una opinión compartida por las autoridades francesas. El general Reille escribió lo siguiente a su superior: «En Navarra hay dos clases de hombres que nos hacen mucho mal, los curas y los monjes».

¿Podían los franceses destruir la guerrilla? Entre 1808 y 1813, sin duda disponían de la suficiente experiencia. Una gran parte de los oficiales destinados a España había luchado contra los partisanos en el Tirol e Italia. Cientos de ellos habían experimentado la guerra irregular desde los tiempos de la Vendée. El general François-Pierre-Joseph Amey, acusado de los peores crímenes cometidos por las «columnas infernales» en la Vendée, terminó su carrera en España. También intervino Joseph Hugo, que había iniciado su carrera hostigando a los supervivientes de la Vendée y perseguido a Fra Diavolo en Calabria. El general Reille, responsable de la contrainsurgencia en Aragón y Navarra, obtuvo su reputación en Italia, donde integró a las fuerzas italianas en el servicio imperial.

«Cuelga una docena de individuos en Madrid», aconsejó Napoleón a su hermano José.

Por tanto, no es de extrañar que los franceses intentaran utilizar las mismas tácticas que funcionaron contra insurrecciones previas: el despliegue masivo de las columnas móviles en zonas de actividad guerrillera, la toma de rehenes para garantizar la tranquilidad, el castigo ejemplar de los pueblos sospechosos de apoyar a la guerrilla, las ejecuciones sumarias de civiles capturados con armas y el aumento de las fuerzas auxiliares locales para asumir una parte de la carga creciente. Las órdenes pidiendo ejecuciones sumarias, toma de rehenes e incendios provocados venían directamente de arriba. «Cuelga una docena de individuos en Madrid», aconsejó Napoleón a su hermano José. «No escasea la mala gente para elegir». «Escriba [a Reille] para que arreste a los familiares de los bandidos y los envíe a Francia» y le escribió también, «impon[ga] impuestos a las localidades que reciban los bandidos y quem[e] las casas de sus familiares».

En algunos casos, las tácticas mostraron signos de éxito. Por ejemplo, el duro y talentoso mariscal Suchet Louis logró durante un tiempo imponer algo parecido a la paz y el orden en varias zonas del norte, en parte mediante la cooptación de los nobles y otros grandes terratenientes y también a través del terror. Sus columnas móviles mataban a los guerrilleros y sacerdotes capturados con armas. También prácticamente borraron del mapa el pueblo de Saliente. Suchet capturó rehenes y trató de reclutar auxiliares locales. Pero, como un historiador de su campaña en Aragón concluye, «el éxito de Suchet fue engañoso y pasajero. No había eliminado la resistencia, sólo la había atolondrado».

Goya, Los fusilamientos del 3 de mayo

Goya, Los fusilamientos del 3 de mayo.

Para empeorar las cosas, los comandantes franceses estaban compitiendo entre ellos, asimismo tuvieron que depender cada vez más de reclutas sin experiencia recién llegados de Francia y, por último, no disponían de suficientes recursos para poder cumplir efectivamente la táctica planeada, sobre todo cuando los guerrilleros mataban o capturaban a un promedio de veinticinco soldados franceses al día. En 1812, el control del país laboriosamente conseguido se escurrió entre los dedos de Suchet.

Los informes del general Reille desde Pamplona declaraban con particular elocuencia que la guerra de guerrillas para los franceses era como la tarea de Sísifo. Desde mediados de 1810 hasta mediados de 1811, Reille luchó en vano contra las fuerzas cada vez más profesionales de Espoz y Mina. En una carta tras otra se quejaba de la enorme influencia de los sacerdotes y los monjes en el aumento del número de guerrilleros, y también lamentaba su incapacidad para obligarlos a una batalla campal o para contenerlos sin tener que establecer una guarnición en todas las ciudades principales. Con rencor acusó a sus superiores de retirar efectivos en lugar de enviarle más. También presumió sobre las cantidades de sacerdotes asesinados por sus hombres y de rehenes capturados. Pero no impresionó a nadie en París.

Al contrario, en abril de 1811, el propio Napoleón reprendió a Reille por «la poca energía que dedica al gobierno de Navarra […] el poder está muerto en sus manos». Este rayo desde el Olimpo dejó al general casi sin habla y aturdido; reaccionó mediante el empleo de tácticas más brutales, hasta que sus propios informes terminaron pareciéndose a un acta de acusación por crímenes de guerra. El 8 de julio de 1811 mató a cuarenta supuestos guerrilleros prisioneros en la ciudadela de Pamplona y advirtió a otros ciento setenta que les ocurriría lo mismo si no abandonaban su campaña.

La «enemistad absoluta» reinaba también del lado francés y no es difícil imaginar la clase de guerra a que esto dio lugar desde las respectivas posiciones de las guerrillas y los franceses. Incluso los altos oficiales franceses admitieron sin rodeos la crueldad del conflicto en sus memorias. Joseph Hugo la llamó la «guerra asesina» y la comparó explícitamente con la de la Vendée. Albert-Jean Rocca, que sirvió bajo el mando del mariscal Soult en Andalucía, escribió:

«Los franceses sólo podían permanecer en España mediante el terror; estaban en constante necesidad de castigar al inocente por el culpable, de vengarse del poderoso con el débil».

Más tarde añadió que las órdenes de Soult implicaban el exterminio de toda la población. Ambos oficiales explicaron esta brutalidad por el hecho de que tenían que luchar contra el pueblo entero en vez de contra un ejército regular. Desde la guerra en Navarra, un hecho era aún más evidente que todos estos comentarios. En un momento dado, ambos, el general Reille y el líder guerrillero Espoz y Mina, prometieron ejecutar a cuatro enemigos por cada uno de sus hombres muertos o capturados.

La primera guerra total (Alianza Editorial)

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