Economista Descubierta

La música pimba del baile de las sillas

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Los portugueses llaman música pimba a un género cateto y sentimentalón que aquí también tenemos pero para el cual no tenemos nombre. La música pimba no es necesariamente verbenera pero siempre es hortera y facilona, aunque pretenda tener mensaje y ser profunda.

Con la estrenada reforma laboral comienzan los bailes artificiales y los movimientos forzados sean en la Telefónica, donde hay que alojar al yerno y al marido; en la Administración, visto que finalmente no se mueve la foto; o en las empresas donde la mentada “flexiseguridad” no tiene más seguridad que la de la visita al SMAC y la consiguiente minuta de los laboralistas. Todos nerviosos, salvo los representantes legales de los trabajadores, a los que, oh casualidad, dejaron al margen del movimiento de sillas.

En los despidos siempre hay sangre y siempre hay muertos, pero encima hay quien además, gusta de las matanzas. Hay gente que si hubiera nacido en otra época, hubiera sido matarife o verdugo vocacional. Los pobres, en su ignorancia se consideran inmunes a su terrible final como se debían considerar los kapos de los campos de concentración. Imbéciles. No es cuestión de inmunidad, es cuestión de tiempo.

Y, como siempre, al olor de la sangre que se avecina, comienzan los patios a revolverse, los intereses personales a manifestarse, las envidias a revelarse, los celos a destaparse y los odios, complejos y rencores escolares a evidenciar que el ser humano no cambia jamás, y sólo disimula cuando no le queda más remedio o no le conviene demostrar su verdadera esencia.

Todo ambientado por la música pimba de la sintonía electoral y la canción de la productividad, melodía de la HR Transformation y banda sonora de la película de serie B que se reestrena. Y yo este réquiem ya lo he oído y también me sé cómo termina.

Que esto va de supervivencia y saberse posicionar lo aprendí yo hace algunos años. No es momento de hablar, sino de bailar al son que tocan unos, no vaya a ser que te quedes sin silla, y tratar de hacerse a la vez, evidente e invisible, sin mostrar cartas algunas y jugándolas todas a la vez. Va de poder y poderosos, y va de quedarse en un punto medio donde no seas ni demasiado caro ni excesivamente barato. Va, fundamentalmente, de no ser ni envidiado ni envidioso. Va, como casi todo, de suerte y caradura.

Desde luego, de lo que no va es ni de talento, ni de desarrollo, ni de formación, ni de carrera, ni de cuotas, ni de techo de cristal, ni de servicio al cliente, ni de disminución de ventas durante tres trimestres, ni de la famosa “grasa” de las organizaciones. Va de política, de amiguetes, de bonus y de favores pedidos y debidos, de camas y de enemigos, de patio y de territorio.

Y al frente siempre hay algún gilipollas que, además, disfruta realizando el trabajo pensando que es estratégico, cuando los de Recursos Humanos nunca seremos estratégicos. Como mucho, al igual que los kapos, seremos útiles. Y eso, durante una temporada.

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