Álvaro Santana Acuña

¿Por qué la Gioconda sonríe con la boca cerrada?

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Acaso sea uno de los gestos más universales del ser humano: sonreír cuando posamos para una foto. Estiramos los músculos de la boca sobre ambos lados de la cara y felizmente dejamos que los labios desnuden nuestros dientes, como una ola de mar al retirarse descubre la orilla recién mojada. Hace ya cinco siglos, un toscano pertrechado con una tabla de mádera de álamo, pinceles y óleos hizo una foto pictórica a una mujer con la boca cerrada que la historia se ha encaprichado en que conozcamos igual de bien con dos nombres, la Gioconda y la Mona Lisa. Pocos rostros femeninos son tan famosos como el que porta esa sonrisa cerrada.

Se dice que si la nariz de Cleopatra hubiese sido más corta, la historia del mundo habría cambiado. Yo quiero convencerle de que si la Gioconda nos saludase con una sonrisa abierta, la historia del arte no sería la misma.

Imagen de la sonrisa de la Gioconda

La sombra de su sonrisa es alargada. En el Museo del Louvre entran cada año más turistas de los que suben a la Torre Eiffel, y la gran mayoría no abandona el museo sin antes contemplar la sonrisa cerrada de la Gioconda a través del cristal que la protege. Según www.planetoscope.com, que ofrece estadísticas mundiales en tiempo real, cuando comencé a escribir esta frase 972.640 personas habían entrado desde el 1 de enero de 2012 en la sala donde se exhibe el cuadro. (Ahora, mientras hago las últimas correcciones a este artículo, ya van por 1.108.076). Se calcula que una media de 15.000 visitantes la contempla a diario, aunque la mayoría apenas suele detenerse frente a ella más de quince segundos; el tiempo suficiente para cazarla con una foto.

"Dali Gioconda" (Philippe Halsman)

"Dali Gioconda" (Philippe Halsman)

Colocadas una tras otra, las fotos tomadas a la Gioconda desde la invención de la fotografía llegarían hasta la luna, y como cuenta Donald Sassoon, el biógrafo del cuadro, prácticamente todo famoso de categoría ha sido “monalisado”: Dalí, Mr. Bean, Jacqueline Kennedy, Paris Hilton… Además de otros seres de carne y hueso, perros, gatos, dibujos animados, extraterrestres, muñecos de Lego…

Sobre la identidad de esa mujer sonriente se han ofrecido las explicaciones más peregrinas. Que si es Isabel de Aragón y Sforza, princesa de Nápoles, que si se trata de una respetable señora embarazada o por el contrario de una joven soltera y prostituta, que si es Gian Giacomo Caprotti, un joven aprendiz (y quizás amante) de Leonardo, que acaso sea Lisa Gherardini, la mujer de Francesco del Giocondo, que si es un autorretrato de Leonardo da Vinci… Suma y sigue.

No menos peregrinas son las explicaciones sobre su sonrisa cerrada. Se han formulado desde todas las perspectivas, años de antigüedad y niveles de cientificidad. Tras psicoanalizar al cuadro, Sigmund Freud concluyó que un Leonardo nostálgico había pintado la sonrisa de su madre sobre la cara de la Gioconda. Un médico italiano, Filippo Surano, determinó que la sonrisa se debe al bruxismo (el hábito inconsciente de rechinar o apretar los dientes). Al estar posando, la Gioconda sufrió un espasmo de bruxismo y así Leonardo pintó para la posteridad una sonrisa rechinante. La profesora Margaret Livingstone de la Universidad de Harvard afirmó que la sonrisa está pintada en “frecuencias espaciales bajas”, de ahí que se contemple mejor desde la distancia o mediante visión periférica. El crítico de arte Federico Zeri sugirió que la sonrisa se explica por la suciedad del cuadro y los tintes oscuros—una limpieza concienzuda la borraría.

Existen libros enciclopédicos y artículos jugosos sobre la sonrisa en la historia del arte o sobre cómo se han pintado las manos. En efecto, las manos manieristas de El Greco son bien distintas de las expresionistas de Goya o las cubistas de Picasso. También se ha escrito sobre las piernas en la historia del arte. ¡Cómo obviar el ejemplo del rey Luis XIV, más preocupado por la hermosura de sus piernas que por las fronteras de Francia! Pero, ¿por qué escasean historias sobre la representación de los dientes en el arte? Por la misma razón que la Gioconda sonríe con la boca cerrada.

Al repasar la historia del arte occidental una ausencia resulta desconcertante. Los faraones enjoyados, los emperadores omnipotentes, los cristos dolientes, las madonas virginales, los mecenas acaudalados y los burgueses con sus pelucas empolvadas posaron ante el artista de la época con sus bocas cerradas, incluso cuando sonreían. ¿No me cree? Después de admirar entre la muchedumbre turística la sonrisa de la Gioconda dé un paseo por la Gran Galería del Louvre y descubrirá que hasta finales del siglo XVIII en el arte occidental sólo existe una selva humana de bocas cerradas o sin dientes.

Si el museo de su ciudad dispone de obras de arte anteriores al siglo XVIII obtendrá idénticos resultados. Sin duda, existen honrosas excepciones. Por ejemplo, el Laocoonte con la boca abierta de angustia y retorciendo su cuerpo para escapar del estrangulamiento de las serpientes. O la Santa Teresa con su boca abierta de éxtasis, tal y como la esculpió Bernini. El Laocoonte de los tiempos de la antigua Roma y la Santa Teresa de la era barroca exhiben dentaduras completas, pero no son más que idealizaciones artísticas. La contundente realidad es que antes del siglo XIX los hombres y mujeres tenían dentaduras apocalípticas. El interior de sus bocas era una caverna poco platónica de la que emanaba, como narra Süskind en la novela El perfume, un olor fétido a dientes podridos. Por eso, el misterio de la sonrisa cerrada de la Mona Lisa no se explica ni por el deseo freudiano de Leonardo añorando a su madre, ni por un repentino rechinar de dientes de la modelo, sino que su sonrisa esconde a buen seguro una boca con pocos dientes y acaso varios de ellos podridos.

Al haberse conservado más documentos históricos sabemos que la falta de dientes resultó clave en otro retrato famoso: el de George Washington reproducido en el billete de un dólar. En 1789, a Washington apenas le colgaba un diente sano dentro de la boca y para masticar dependía de un carnaval de dientes postizos hechos en marfil de elefante y colmillo de hipopótamo, además de un diente de otra persona. Pero en 1796, su boca estaba en tan mal estado que para retratarlo con dignidad el pintor Gilbert Stuart tuvo que colocarle algodón detrás de los labios. Ni en el más megalomaníaco de sus sueños Stuart habría podido imaginar que su retrato inacabado de Washington, conocido como The Athenaeum, iba a convertirse en una de las imágenes más reproducidas de la historia de la humanidad.

Billete de un dólar

¿Colocó Leonardo da Vinci algodones en la boca de la Mona Lisa para disimular su falta de dientes? No se han encontrado los documentos para probarlo. Pero no es posible ignorar que el cuadro y el billete más famosos del mundo esconden un enigma común: su sonrisa cerrada.

¿Qué ocurrió a inicios del siglo XIX para que comenzasen a crearse más y más obras de arte mostrando a personas con la boca abierta, enseñando sus dientes?

(Continuará)

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