Álvaro Santana Acuña

¿Por qué la Gioconda sonríe con la boca cerrada? (II)

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El diente, y si no, la mandíbula”.

~ Lema del Gran Tomás, sacamuelas

París, 1729. Un joven descamisado, con la cara desencajada de dolor y la mejilla derecha hinchada, cruza el Sena hacia la Isla de la Cité atravesando el Pont Neuf. No va camino de la guillotina, para estrenarla todavía faltan sesenta y tres años, pero ni siquiera el terrorífico corte fulminante de la cuchilla triangular le habría causado un suplicio tan prolongado y doloroso. Al llegar a la explanada en medio del puente se detiene junto a la estatua de Enrique IV a caballo. De repente, abalanzándose por encima de un pelotón de cabezas con peluca, le llega el grito de una voz viril animándole a que se acerque. Esa voz, que en las mañanas diáfanas y silenciosas puede escucharse en ambos extremos del puente, pertenece al Gran Tomás, un gigantón, con cara de luna llena y manos como tenazas, dedicado al arte de sacar muelas, las cuales exhibe como trofeos del dolor arrancados de las bocas desconsoladas de hombres y mujeres.

Imagen de El Gran Tomás (c.1729)

El Gran Tomás (c.1729). Biblioteca Nacional de Francia.

Como cuenta el historiador Colin Jones, durante casi cuarenta años el Gran Tomás fue conocido como el “terror de la mandíbula humana” allende las murallas que abrazaban París. No sólo extraía los dientes a mano viva, sin instrumentos, sino que alardeando de su fuerza formidable levantaba en el aire con una mano al paciente cuyo diente se resistía, mientras que con los dedos de la otra tiraba sin piedad del diente en cuestión. A lo largo de décadas esa escena casi cotidiana hizo las delicias del público congregado en la explanada central del Pont Neuf, frecuentada entonces por los libertinos de provincias atraídos por el desenfreno de París, los ciegos del hospital Quinze-Vingts, las prostitutas desdentadas, los cantantes que entonaban las novedades sobre los últimos amoríos en la corte real, los charlatanes que vendían frascos conteniendo milagrosa tierra de Tierra Santa o prodigiosas pociones de agua de la vida que garantizaban a quien la bebiese morir a los 150 años en una época en la que la esperanza de vida era de 25 años. Junto a ellos colgaban sus toldos los vendedores ambulantes de patas de palo, garfios de metal, ojos de cristal y dientes de muertos para engarzar en la boca de los vivos.

Por encima de esa algarabía cotidiana descollaba el Gran Tomás, cuya técnica de extracción a mano viva era en realidad más segura que la practicada durante el siglo anterior, cuando el sacamuelas, sentando sobre un caballo, extraía el diente dañado metiendo la punta de una espada dentro de la boca del paciente, colocado junto al estribo del caballo. En más de una ocasión la espada debió arrancar algo distinto al desdichado diente por lo que el sacamuelas necesitó huir al galope.

No menos pavoroso era emplear el “pelícano”, así llamado por su parecido con el pico de dicha ave. Armado con ese instrumento, el sacamuelas poco habilidoso podía sacar no sólo el diente enfermo, sino además llevarse por delante los dientes sanos a su alrededor y hasta arrancar parte de la mandíbula. Y todo ese dolor, claro está, sufrido por el paciente sin la milagrosa anestesia, a la que le quedaban más años para su puesta en uso que la guillotina.

Retrato de Luis XIV por Rigaud

Detalle del retrato de Luis XIV por Rigaud (1701).

Ni siquiera los reyes más absolutos (aquellos que se creían encarnaciones de Dios en la tierra) eran inmunes al dolor humano del arte de sacar muelas. Para cuando a Luis XIV le operaron de su fístula anal, ya había perdido numerosos dientes y parte de la mandíbula superior. En el gigantesco retrato pintado por Rigaud en 1701, el viejo rey lucía unas piernas cuya juventud aún asombraba a sus vasallos. Quizás buscaba distraer su atención de la cara. Esa cara de mejillas hundidas que revelaba que detrás de sus labios no había sino encías huérfanas de dientes, como le sucedió a Washington. Pero Luis XIV, a diferencia de Washington y la Gioconda, no muestra una sonrisa cerrada. Está serio. ¿No le colocó Rigaud algodón detrás de sus labios? ¿No sabía que el cuadro de la Gioconda, con su sonrisa cerrada, vivía bajo el mismo techo que el rey serio: el palacio de Versalles?

Su tataranieto, Luis XVI, heredó sus hermosas piernas, de las que también le gustaba presumir. Sin embargo, tenía los dientes tan mal colocados que, según algunos cronistas de la época, su sonrisa resultaba desagradable. Se dice que la nariz de Cleopatra alteró el curso de la historia, ahora bien de momento ningún historiador ha osado afirmar que Luis XVI provocó la Revolución francesa y perdió la cabeza bajo la guillotina por culpa de su mala dentadura.

Pero volvamos a los tiempos del Gran Tomás. En 1728, un tal Pierre Fauchard publicó un libro en dos volúmenes que sentó las bases de una nueva ciencia y sobre todo inventó una palabra cuya mera mención aún hoy atemoriza a media humanidad. Una palabra macabra y a la vez asombrosa, pues alude a los dientes y necesita de ellos para ser pronunciada con corrección. Esa palabra, que decimos golpeando tres veces con la punta de nuestra lengua la parte interior de los incisivos superiores, es: dentista.

En El cirujano-dentista, o Tratado de los dientes, Fauchard defendió que el manejo de los dientes de otros debía ser una ocupación profesional. Poco después el grupo de nuevos expertos que se autodenominaban “dentistas” comenzaron a atacar a los sacamuelas, despreciándolos como impostores. Acaso entonces el dicho “mentir como un sacador de muelas” se hizo más popular que nunca.

A diferencia de los impostores, Fauchard estaba interesado en mejorar el trato a los pacientes. Aunque pocos historiadores dudan que también había olfateado un gran negocio, debido a que tras el descubrimiento de América no sólo desembarcaron en Europa la plata y el oro, sino nuevos azúcares y el chocolate. Su paulatina difusión entre los distintos grupos sociales endulzó la vida a más de uno, pero a costa de empeorar sus dientes cuando el uso del cepillo de dientes resultaba una rareza.

Fauchard lo sabía y también era sabedor de que el principal objetivo del “dentista” no debía consistir en arrancar los dientes, sino en preservarlos. ¿Por qué? Porque mayor era el negocio. Por eso a Fauchard le debemos que nuestra boca dejase de ser una caverna de fétidos olores para convertirse en la cueva repleta del oro de Alí Babá y los treinta y dos dientes. Desde entonces el dentista, sin necesidad de gritarnos “ábrete Sésamo” y “ciérrate Sésamo”, saca de nuestra boca pocos dientes y muchos tesoros.

No obstante, la propagación de la nueva ciencia dental ocasionó un resultado inesperado y revolucionario. Al despertar el siglo XIX muchos europeos pudieron pasarse la punta de la lengua dentro de su boca y sentir el roce salivoso de más dientes y encima más sanos, mientras que sus antepasados la habían pasado sobre encías infectas y agujeradas como un apocalíptico campo de batalla.

Ahora bien, la propagación de la ciencia dental no explica por sí sola por qué a comienzos del XIX muchos de esos hombres y mujeres más y mejor dentados empezaron a perder el miedo moral a posar para un cuadro con una sonrisa abierta llena de dientes. Además fue necesario un último y trascendental cambio: pasar del “pienso, luego existo” al “esta boca que ves es mía, luego existo”.

(Finalizará en la siguiente entrega).

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