Economista Descubierta

Feria del Libro

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No falto jamás a la Feria del Libro como inauguración personal del verano madrileño. Antes compraba muchísimo y ahora no compro apenas, como imaginan, pero no falto. Yo hay cosas a las que no iría ni jarta a vino (a la Puerta del Sol en Nochevieja, por ejemplo), pero la Feria del Libro no me la pierdo. Iba con mis padres y ahora voy con mis hijos, quedo con la misma amiga y paro en los mismos sitios.

A todos nos gusta reconocer nuestros propios clásicos y, sobre todo, ir creándolos.

Es más, lo suyo es ir dos veces, una en familia y la otra con amiga, porque ya se sabe que los fines de semana en El Retiro es un horror de gente y ruido; y si vas con niños ni ves libros, ni mucho menos te paras donde quieres, bastante tienes con no perderlos de vista ni confundirte de sillita en la caseta del Dragón Lector.

Me he detenido en la caseta dedicada a libros de autoayuda y pasta blanda a ver qué se les ha ocurrido a otros que no se me haya ocurrido a mí antes, para echarles un vistazo a los libros y a los lectores y también en la librería Antonio Machado donde antiguamente me guardaban los libros sin esperar a que los encargara. Y, por último, he comprado los regalos de los tres próximos cumpleaños, porque la Economista, por si no se lo imaginaban, siempre, siempre, regala libros. Y es que resulta que no todo el mundo los tiene, o mejor dicho, los lee. Hay gente a la que incluso un libro les parece un regalo original.

No está de mas hacer algo de apostolado, aunque la tengan a una por esnob. Y es que, de vez en cuando, una visita casas sin apenas libros y le pueden el asombro y la piedad.

Mi amiga, la que me siempre me acompaña, revisa sus propias publicaciones. Es que mi amiga escribe y publica con regularidad, aunque no vende mucho, porque escribe sobre el tiempo y el fenomenismo, y claro, aunque el tema sea actual e interesantísimo, el público en general no es en absoluto consciente. Vende mucho más escribir sobre la selección española y sus intimidades de vestuario.

Por último, cuando ya no puedo más de polvareda, calorazo y familias enteras arrastrando los pies (familias a las que, por cierto, en otras circunstancias no hubiera perdonado la vida) me voy a esa glorieta donde se bailan sardanas. Y allí me quedo un buen rato tratando de imaginarme las vidas de los danzantes y, por qué no reconocerlo, rabiosa por no saber bailar todos esos bailes en los cuales tan bien parece pasárselo la gente. Esto, aunque no lo parezca, es también una característica del colectivismo reaccionario.

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