Economista Descubierta

El recreo

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En mis años escolares muchas veces eché de menos que mis padres intervinieran en lo que pasaba en el recreo (pausa escolar que se desarrolla en el patio) y que, como se predica en el colegio Estudio, es un espacio de conflicto y por mí, como si lo quitaban.

(Mira que ese Colegio tiene cosas que no comprendo, y, otras, sin embargo, que admiro).

Como yo nunca he sido lúdica, y los profesores nunca me han dedicado a enseñar a jugar en grupo, el recreo era, y sigue siendo, un lugar donde las niñas se agrupan o aíslan para mangonearse y los niños corren detrás de un balón. Y en el cual yo sufría durante media hora por no saber jugar a la goma o no tener nada de que hablar con las demás, que, por cierto, eran bastante más expertas con la gomita de marras y bastante más tontas para casi todo lo demás.

Mi madre pasó por encima de los problemas del recreo y se centró siempre en el desempeño escolar, y jamás de los jamases le fue a reclamar a la madre de ninguna niña si jugaba conmigo o me arañaba. Supongo que entendía que las penas de niños se magnifican en la infancia y que sólo había que intervenir si la cosa era verdaderamente grave. Mi madre había olvidado que uno nace sin recursos de defensa más allá del tirón de pelo, y que ese (antes siempre) se castiga. Así que yo trato de intervenir sobre mi propia prole sin implicar a padre alguno y trato de averiguar vía la maestra si el recreo sigue siendo un problema.

Hasta que me llama una madre para interrogarme si yo sé por qué se han pegado las niñitas en el patio y qué pienso hacer con la no se sabe si atacante o atacada, que, por supuesto, calla, porque cuando eres pequeño te callas casi siempre por ignorancia, por miedo o por las dos cosas a la vez. En mi actitud no intervencionista y ejemplarizante le doy la importancia que tiene y castigo a la mía, porque me da igual quien empezara (si quieres bronca, tienes castigo) pero me quedo sin argumentos con la madre, decidida a ser la manager de su hijita, cual madre de la Pantoja en pequeñito.

Me quedo sin argumentos porque la dichosa buena educación me impone ciertos límites y sobrepasarlos equivale caer en el sainete. Así que asiento y salgo del paso como puedo. No voy a poder intervenir toda mi vida, pero, de momento, está prohibido tener mejor amiga y, desde luego, no se duerme en casa de nadie como si no se tuviera donde caerse muerto.

Y definitivamente, sí, el recreo es un lugar de conflicto y la infancia tiene de divertido lo que yo les diga. La infancia es un trago que hay que pasar lo más rápidamente posible y donde uno nunca sabe si sus padres le han dejado tirado o le están ayudando a ser autónomo.

Y si el recreo va a seguir siendo espacio de conflicto, al menos el fin de semana tendremos la fiesta en paz.

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