Economista Descubierta

Defensa del aburrimiento

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Desde el viernes pasado mis rorros están de vacaciones y yo, al revés de mucha gente, no sólo estoy de acuerdo en que las vacaciones sean tan largas, sino que envidio a mis hijos sin reservas. Ya me gustaría a mí, que soy una pringada superior, tener las mismas vacaciones que ellos.

Sé que parte de la copla de la conciliación viene por la reivindicación de guarderías a tiempo total y actividades incesantes para niños con gorra y mochila en los llamados “campamentos urbanos”, pero a mí me parece que las vacaciones, entre otras cosas, están hechas para quitarse el uniforme y, de una santa vez, andar en playeras todo el largo verano, aunque sea por el pasillo de tu casa. Y que cuando vuelvas a meter el pie en el zapato azul marino, después de dos meses de desahogo de mocasín, con un poco de suerte, no te quepa.

Yo sé que la oferta de actividades extraescolares es estupenda, y que puede usted tener al niño jugando al golf en inglés o haciendo dibujitos de dinosaurios, pero también sé que más de una se pide un mes sin sueldo para no pagar el pastón que supone tener al infante entretenido.

Para mí no pagar el colegio dos meses al año es un alivio, y ni que decir tiene que me preocupa cerocoma que los niños se aburran en casa como hongos y pasen calor como taxistas, porque vaya por delante que para mí, la infancia es la patria del aburrimiento, de las manchas de Nocilla en los libros, de la lycra del traje de baño pasada por bajarse por el tobogán ardiente y de la siesta de dos horazas. Y de la famosa digestión, que por arte de magia, se deja de hacer un día sin mayor explicación científica.

Yo no tengo ningún inconveniente en tener a mis hijos pasando calor o aburriéndose, porque aburrirse, o mejor dicho, aprender a entretenerse y matar al famoso aburrimiento, también forma parte de la infancia.

No hay mejor espacio para el entretenimiento que el nacido del aburrimiento, a ser posible, veraniego. Y tal y como vienen dadas, más les vale ir aprendiendo a divertirse en el propio domicilio, aunque sea haciendo recortables con las páginas amarillas, que por alguna razón, Telefónica sigue enviando.

Y como yo no soy madre lúdica y no tengo ni idea de sugerir actividades de Jóvenes Castores ni de Juegos Reunidos, he comunicado oficialmente que en vacaciones, si te aburres, te aguantas. Que más me aburro yo trabajando y encima no me puedo quitar los zapatos.

Tanto es así que mi hija mayor, después de dos días viendo el mismo capítulo de Dora la Exploradora en plan cineclub, ha decidido ponerse a barrer el pasillo y pretende hacer un bizcocho todos los días. De la plancha no ha dicho nada porque desde su tamaño no llega a ver la tabla desde arriba. Diga usted que se podía haber puesto a leer la criatura, pero es que no sabe la ágrafa de ella, así que a ver si saco un rato todas las tardes y le enseño, y en cuantito sepa, le suelto Mujercitas con lágrimas secas de su propia madre y migas de 1977 entre las páginas. Vamos, que me falta tiempo. Y el próximo verano, que ya sabrá leer, le suelto todas las novelas de Agatha Christie y que luego me las resuma.

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1 comments
Cara C.
Cara C.

¿Hija? ¿Pero lo tuyo no eran niños? Edta y borra este comentario si quieres...