Marcos Queijeiro

«Con el final del boom, lo que único que ha quedado es la sensación de diez o quince años perdidos… quizá una generación» –Carles Boix

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Fotografía de Carles Boix

Carles Boix

Carles Boix es catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Princeton. Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Harvard, su labor investigadora y docente se centra en las materias de economía pública y política comparada. Ha impartido clase en la Universidad del Estado de Ohio, la Universitad Pompeu Fabra y la Universidad de Chicago. En 1998 publicó su libro “Political Parties, Growth and Equality” (Cambridge University Press, 1998) y ahora prepara “Political Order, Inequality and Growth” (título provisional) donde completa una obra escrita plagada de premios, entre los destacan sus dos galardones William Riker al mejor libro de Economía Política concedido por la Asociación Americana de Ciencias Políticas. Truman Factor ha hablado con él sobre el mundo académico e institucional y la manera en que éste está vinculado al ciudadano.


Empecemos la entrevista con una declaración de principios. Muchos critican las Ciencias Sociales porque dicen que no se ajustan al método científico de modo riguroso, que dicho método nació gracias a las “ciencias duras” y que se traspasó al estudio humanista con unas modificaciones que desnaturalizaron su esencia. ¿Qué les podemos decir a los que piensan así?

Las ciencias sociales albergan en su seno tendencias muy diversas: desde la antropología cultural, con su rechazo generalizado hoy en día al método científico “positivista”, hasta el conductismo experimentalista. Por tanto, es difícil hablar de un único método. En cualquier caso, en mi investigación empleo, sobre todo, el método científico estándar, fundado en la construcción y verificación empírica de proposiciones causales.

A aquellos que se oponen a la aplicación del método científico porque el ámbito de las ciencias humanas es diferente, lo único que puedo contestar es que, aunque su aplicación es difícil e imperfecta, es el sistema menos malo a nuestra disposición para crear conocimiento, para conocernos a nosotros mismos. La alternativa al método científico es simplemente la opinión personal y, al final, la imposición a base de gritos de mi opinión sobre tu opinión.

A aquellos que creen que la aplicación del método científico en las ciencias sociales es descafeinado y que los resultados son decepcionantes, mi respuesta es que aplicarlo es terriblemente complicado. Por ejemplo, el experimento es una pieza crucial en las ciencias naturales. En cambio, en las ciencias sociales el experimento plantea problemas metodológicos y éticos formidables. Eso no quiere decir que no se utilice, de hecho se emplea cada vez más. Pero hay que entender que tiene límites, consustanciales a la materia que estudiamos.

En suma, es necesario tener paciencia, aceptar nuestros límites y transmitir a nuestros estudiantes y a la opinión pública el carácter provisional de lo que sabemos. El método científico en las ciencias sociales es sobre todo una forma de pensar, es un instrumental para realizar diagnósticos una vez nos hallamos inmersos en la vida cotidiana, política y económica. No obstante, también es verdad que hay un cierto cuerpo teórico consolidado, que hay ciertas cosas que sabemos: cómo funcionan ciertos tipos de mercados o el impacto de ciertas reglas electorales para agregar preferencias. Y también sabemos porque hay acontecimientos que probablemente no podremos predecir nunca, como el momento y la forma en que caen las dictaduras.

Tu labor académica en universidades tan prestigiosas como la de Princeton, entre otras, te ha llevado a especializarte en Política Comparada y a publicar varios estudios al respecto. ¿En qué temas estás trabajando actualmente?

Estoy escribiendo un libro con el título provisional de “Political Order, Inequality and Growth” en el que exploro la interrelación entre la formación del estado, la desigualdad y el desarrollo económico. El libro emplea algunos métodos analíticos y muchos datos empíricos para examinar: a) el paso de un mundo hipotéticamente igual (y sin estados) a un mundo caracterizado por una distribución desigual de la renta; b) el efecto tanto de instituciones políticas como de “shocks” tecnológicos sobre la desigualdad y c) el impacto de esta última sobre el crecimiento. El libro es una secuela del libro sobre las causas de la democracia que publiqué hace unos años: ahí dejé sin contestar de dónde provenían esas causas y ahora estoy intentando llenar ese agujero.

La siguiente pregunta te la formulo por tu labor como profesor universitario. A menudo se dice que estamos ante la generación de jóvenes mejor formada de la Historia y que, sin embargo, también será la primera generación que vivirá peor que sus padres. ¿Es esto cierto? En caso afirmativo, ¿qué repercusiones sobre la estructura social puede llegar a tener un fenómeno de este tipo?

Efectivamente, con los datos en la mano, la educación se ha democratizado y extendido a todos, al menos hasta la secundaria, y a una parte importante más allá de la secundaria.

Al mismo tiempo se está produciendo un cambio económico muy rápido en las últimas dos o tres décadas que ha modificado el mercado de trabajo y afectado la estructura salarial en direcciones contradictorias. Las nuevas tecnologías y la aparición de economías emergentes fuera de los países avanzados han reducido la demanda de trabajos industriales y ahora amenazan con erosionar ahora los trabajos intermedios susceptibles de ser mecanizados (por ejemplo, trabajos administrativos, etc.). El resultado es una caída de las retribuciones de los trabajos menos cualificados y una demanda mayor de los más cualificados.

Algunos países europeos (Alemania, partes de Francia, Benelux, Escandinavia, quizá el norte de Italia) han sido capaces de ajustarse a esos cambios sin perder su base industrial tradicional y manteniendo la cohesión social. En la mayor parte de España, el boom inmobiliario y la expansión del sector turístico conllevaron una reasignación de recursos financieros y humanos hacia sectores de baja productividad. Con el final del boom inmobiliario, lo que único que ha quedado es la sensación de diez o quince años perdidos, una década o quizá una generación perdida. Remontar ese desfase en el ajuste va a ser difícil, pero no tiene porqué ser imposible.

Señalaste en cierta ocasión que la combinación de cambios políticos y desarrollo tecnológico fue uno de los orígenes del parlamentarismo. ¿Qué papel juegan en la actualidad las redes sociales e Internet como elementos reforzadores de la democracia?

Uno de los componentes centrales de una democracia efectiva (es decir, un sistema que controla a los políticos, que evita redes clientelares, que genera igualdad de oportunidades, que reduce la posibilidad de corrupción, etc.) es la existencia de un público bien informado y capaz de “castigar” a sus representantes con conocimiento de causa. En este sentido, yo creo que Internet y las redes sociales son una oportunidad magnífica para mejorar la democracia. Tomemos un ejemplo: hoy en día hay un número creciente de diarios y revista digitales; estos nuevos medios rompen con los monopolios de los periódicos tradicionales y por tanto amplían la capacidad de control ciudadano.

Evidentemente, no todo el mundo opina de la misma manera. Paul Starr, un colega de la universidad de Princeton, acaba de publicar un artículo mucho más pesimista: en su opinión, Internet ha destruido la base lectora (y por tanto la publicidad) de los diarios tradicionales, y con la desaparición de los diarios de siempre peligra el periodismo informativo serio, un periodismo que viene reemplazado por diarios digitales más dirigidos a la agitación permanente (que es más barata) que a la investigación. Este efecto, según Starr, no afecta a la gran prensa nacional pero sí, y de modo importante, a la prensa local. Yo soy más optimista.

Siguiendo con el mismo tema. ¿Consideras que movimientos como la Primavera Árabe, el 15M o las revueltas durante el pasado verano en Reino Unido (donde, en todos ellos, el uso de las nuevas tecnologías ha sido relevante) tienen calado suficiente para pasar a llegar a ser hechos históricos destacables o se quedarán en algo anecdótico?

En primer lugar, cada una de ellos responde a situaciones muy diferentes. La Primavera Árabe se produce en países gobernados por dictaduras, con unos índices de desarrollo económico y humano bajísimos, en el contexto de un cambio ideológico muy importante con fuerzas tirando en direcciones contradictorias (la consolidación del integrismo musulmán como recambio al panarabismo socialista que predominó hasta la década de los ochenta; el impacto de la invasión de Irak, que ha puesto en cuestión la relación entre dictador y ciudadanos en otros lugares del mundo árabe).

Las revueltas en Reino Unido y el 15M se dan en países desarrollados, inmersos en una crisis económica de gran calado. A su vez, los movimientos del 15M o del Occupy Wall Street son diferentes de los disturbios británicos. Entre aquellos, que han pasado por fases muy diversas, predomina (al menos al principio), la gente joven, el componente utópico, un algo del anarquismo que tanta importancia tuvo en España antes de la guerra civil. En Inglaterra, hubo una explosión social, breve, puntual, que congregó tanto a estratos jóvenes y de poca capacidad en términos de renta que, con la transición hacia una sociedad postindustrial, han quedado descolgados de la vida económica y social estándar que llevaban sus padres como a una serie de individuos, a veces de familias con muchos recursos, que decidieron aprovechar el desorden para “pasárselo bien”.

Creo que la Primavera Árabe no quedará como un hecho anecdótico. Lo que no sabemos es hacia dónde evolucionará. Tanto puede derivar, sobre todo en el caso de Egipto, hacia una república islámica, de la misma manera que ocurrió en Irán, como en una recomposición de las fuerzas que controlan el poder político y económico: recordemos que el ejército egipcio es uno de los principales propietarios de la riqueza del país. La Primavera Árabe me recuerda más las revoluciones europeas de 1848 que las transiciones que siguieron a la caída del muro de Berlín. La revueltas de 1848 no condujeron a ninguna democracia permanente (excepto en Suiza, en donde no hubo ninguna revolución aunque sí una breve guerra civil entre cantones). Por otra parte, produjeron una explosión nacionalista, de afirmación de las comunidades políticas, del pueblo como soberano. Todo ello precipitó, en cuestión de una generación, la unificación de Alemania e Italia. Es difícil extrapolar a partir de determinados acontecimientos históricos pero es curioso observar como las revoluciones árabes han reafirmado la identidad nacional-religiosa de las mayorías (en oposición a las elites gobernantes y al extranjero occidental) y han tenido un efecto inmediato y negativo sobre las minorías cristianas de Oriente Medio.

La inversión en I+D+i y la cooperación entre la empresa privada y los centros de estudio son dos elementos básicos para el desarrollo sostenido de una economía. En esta época de crisis, en la que se reducen gastos a corto plazo para ajustar presupuestos, ¿qué retos se le plantean a la educación y qué consecuencias a largo plazo pueden aparecer?

Convencer a todos que es necesario mantener los presupuestos educativos intactos e incluso extenderlos. Combinar este compromiso con la educación con la introducción de mecanismos competitivos, sobre todo en educación superior y en investigación, para espolear a docentes e investigadores a producir y a hacer las cosas bien.

Hay que evitar la tentación, especialmente importante entre la derecha española, de creer que un modelo con un ministerio centralizado, oposiciones a un “cuerpo nacional”, etc. resolverá las deficiencias del sistema universitario. La solución es la creación de competencia real entre departamentos y centros. Siempre en el marco europeo: el Estado español es demasiado pequeño como punto de referencia.

Siguiendo con este tema. La crisis económica y financiera ha provocado que se tengan que ajustar los presupuestos públicos (has llegado a proponer un cambio del sistema fiscal de Catalunya) y esto ha levantado tensiones entre las comunidades autónomas. Para llevar a cabo algunos cambios estructurales es necesario introducir cambios constitucionales, lo cual es percibido desde ciertos sectores como poner en riesgo la estabilidad democrática. ¿A qué se debe que haya tanto temor a reformar la Constitución española de 1978?

No creo que haya temor a reformarla. Simplemente me parece que la inmensa mayoría de los españoles están cómodos con la constitución de 1978. Otra cosa es si las minorías nacionales lo están. Los vascos, a medias: cuentan con un sistema fiscal propio, aunque naturalmente esa autonomía se podría ampliar hasta la propia soberanía (en el sentido de capacidad para regular el sistema tributario). Los catalanes, no. El primer estatuto de autonomía quedó bloqueado con el espíritu de la LOAPA (digo espíritu porque una parte importante de la ley fue declarada inconstitucional); el despliegue (parcial) de ese estatuto tuvo que esperar a que no hubiese ningún partido con mayoría absoluta en la Cortes (en 1993 y en 1996, o sea, casi 15 años después de su aprobación); y siempre está sujeto a los cambios de humor del gobierno central. El segundo estatuto, el de 2006, salió muy cercenado de las Cortes y completamente mutilado en el Tribunal Constitucional. Un Tribunal en la que una parte importante de los miembros participó en la decisión cuando sus mandatos ya habían expirado. Catalunya lleva más de 100 años reclamando una autonomía generosa y el resultado no puede ser más decepcionante: cuestionamiento constante de la lengua y la educación en catalán; un sistema fiscal que comporta transferencias netas de alrededor de un diez por ciento del PIB catalán cada año; gasto sanitario público por persona inferior al español entre un quince y un veinte por ciento (y esto sin considerar las diferencias de renta por cápita, costes de vida, vivienda, etc.).

Una reforma constitucional satisfactoria debería crear un sistema capaz de garantizar una autonomía plena a las nacionalidades históricas. Estas garantías solamente serían posibles si esas nacionalidades pudiesen bloquear aquellas decisiones que pusiesen en cuestión sus competencias exclusivas. No obstante, esta solución no parece que sea aceptable para el resto del Estado, que tiene una concepción completamente diferente del concepto de soberanía. La idea española de nación es de matriz jacobina. La de los catalanes, como yo, es de inspiración suiza. En estas condiciones, y com ya dijo Ortega y Gasset en su momento, sólo es posible la “conllevancia”. Pero, claro, eso era hace ochenta años, en una Europa cerrada comercialmente y militarizada. Ahora las cosas han cambiado y la “conllevancia,” que en Ortega se producía en el marco del Estado español, ahora se puede practicar de otras maneras, como países diferentes, que se quieren y respetan, pero que viven separados.

Suiza es un caso paradigmático en Política Comparada debido a varias de sus particularidades: es el país neutral por excelencia y ha sido la única nación europea que no ha adoptado un régimen monárquico en toda su Historia. Lo cual no le ha impedido ser uno de los estados más estables en el plano social y económico. ¿Establece esto una pauta sistemática o ha sido debido al azar histórico?

Sí, Suiza es un país extraordinario: cuatro lenguas, dos religiones, democracia directa, estable políticamente, próspero económicamente. ¿Cómo ha sido posible? No lo sé. En parte porque todas las potencias a su alrededor se neutralizaron las unas a las otras y respetaron la autonomía de los cantones suizos. Evidentemente, eso no fue suficiente porqué a Polonia se la repartieron Rusia, Austria y Prusia sin demasiados problemas. Por tanto, el sistema político suizo y quizá la geografía de aquel país hicieron otro tanto.

La estabilidad y la prosperidad de Suiza se basan en parte en una mentalidad o una cultura cívica. Y, en parte, se deben a un sistema institucional fragmentado, en el que nadie gobierna sobre nadie por completo, en el que cada poder controla los otros poderes. La evolución del Tribunal Constitucional en España estos últimos años, bloqueado por la oposición, intervenido por el poder político, es impensable en Suiza. En los rankings mundiales de Estado de Derecho y de imperio de la ley, España está muy abajo. Este es uno de los impedimentos más importantes al crecimiento estable.

La ONU no vive sus mejores momentos, la Unión Europea está pasando apuros con su moneda única, el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos y varios países de América Latina siempre se ha visto marcado por un desequilibrio a favor del primero. Todos estos casos no dejan en muy buen lugar el papel de las instituciones supranacionales, ¿qué se ha de hacer para que esta tendencia cambie o es aún pronto para establecer conclusiones dado que el origen de dichas instituciones es relativamente reciente?

Si contemplamos las cosas a largo plazo, en términos de cincuenta, cien o doscientos años, es imposible no sorprenderse de lo efectivas y estables que son. La idea de instituciones supranacionales era una utopía antes de 1918. La misma Sociedad de Naciones fue de una debilidad impresionante: quizá su contribución más importante fue crear una comunidad de diplomáticos capaces de generar buenas novelas sobre la base de su vida en común en Ginebra. Bromas aparte, nunca habíamos tenido tantos mecanismos de cooperación internacional en marcha, militares, económicos, financieros y culturales, como hoy en día.

Dicho todo esto, me pregunto si no pedimos más de lo que es razonablemente posible en estos momentos. Pongo un ejemplo: cuando toma la Unión Europea actual y le añade los candidatos de los Balcanes y calcula su desigualdad económica, resulta que ésta última es mayor que el nivel de desigualdad de los Estados Unidos. Con tanta heterogeneidad y sin la identidad nacional fuerte de los Estados Unidos, no puede sorprendernos que haya tantas tensiones en Europa. Lo importante es que la Unión Europea no se rompa a base de querer hacerla demasiado perfecta. Hay que ser realistas y entender los límites de la casa común europea.

Para terminar, a Churchill se le atribuye la famosa frase “la democracia es el sistema político menos malo”. Yo, personalmente, opino que la democracia es un buen sistema, que lo que falla en muchas ocasiones es su aplicación o los responsables en aplicarla. ¿Cuál es tu postura al respecto?

Churchill tenía razón. Y tú también. Hay una gran variedad de democracias. Las que mejor funcionan son aquellas que tienen una base cívica sólida, de personas con la madurez y la libertad de espíritu necesarias para aceptar la pluralidad de opiniones y con la capacidad de implicarse en la vida en común.

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