Jorge Lozano y Marcello Serra

15M: año cero

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Imagen de la placa del kilómetro cero en Madrid que sustituyó a la antigua en 2009

En la Puerta del Sol de Madrid, ante la sede del gobierno de la Comunidad autónoma, una placa señala el km. 0, punto desde el que se miden todas las distancias del Reino de España. Desde hace un tiempo, ese punto de extraordinaria fuerza geométrica indica también otro origen: el tiempo 0 del movimiento 15M.

En estos últimos meses un actante colectivo desprovisto de historia ha construido un acontecimiento. O más bien una ruptura, una discontinuidad, una explosión de sentido: un espacio de imprevisibilidad que se abre en la línea del tiempo.

Esta «novedad rumorosa» (Braudel) ha irrumpido con fuerza tanto en la agenda de los medios como en el discurso público e intelectual. En España y en otros lugares. El hecho de ser reconocido como acontecimiento, algo que por definición tendría una temporalidad breve, ha favorecido una lectura rápida y la urgencia de una interpretación. Se ha reducido pues la densidad informativa del acontecimiento con la aplicación de unos esquemas de previsibilidad y la búsqueda de los antecedentes causales que habrían provocado el 15M. Ésa es la estrategia interpretativa que normalmente se adopta frente a cualquier acontecimiento. Y también la mejor manera de ensombrecer su novedad.

En este caso, la operación ha encontrado un obstáculo en el hecho de que, siendo en principio algo puntual, ocasional, el acontecimiento ha asumido un aspecto durativo. Como consecuencia de ello, las etiquetas y las viejas categorías a las que se recurre para relegar el 15M al orden del déjà-vu quedan desactivadas por la permanencia y la dilatación, por la insistencia del movimiento en una transformación continua, por su empeño en seguir adelante sin una finalidad decidida de antemano.

Obviamente, existen experiencias y prácticas que por distintos motivos tendrían derecho a ser consideradas antecedentes de esto a lo que estamos asistiendo en los últimos meses. Negarlo sería estúpido, pero ponerse a buscar los orígenes del movimiento es una operación menos pertinente desde el punto de vista semiótico de lo que parece, ya que el 15M se presenta como un origen. Periodistas, filósofos, políticos, opinion leaders de variada procedencia han pedido en repetidas ocasiones que el movimiento exprese unos objetivos y finalidades claras. Exigencia sumamente fuera de lugar, puesto que aquí asistimos, más que a un final, a un origen. El origen de unos estilos y formas de vida política que, al mismo tiempo, construyen una memoria futura, un depósito de procedimientos, prácticas, pasiones y sistemas de signos en los que basar el devenir propio.

El hecho de que se trate de un movimiento que pone el acento en la forma más que en los fines ha creado evidentemente problemas de definición. Así, la urgencia periodística para reconocer el acontecimiento, es decir para reducirlo a un esquema explicativo conocido, ha llevado a los medios a esa reconfortante operación de framing que consiste en aplicar una etiqueta. Un elemento que oriente el recorrido performativo. Y es así como se ha llegado, passion oblige, a hablar de movimiento de los «indignados», aferrándose al título de un libro de éxito que se toma erróneamente por el espíritu de los tiempos. En ayuda de la explicación teleológica se ha invocado una pasión previsible, sinónimo casi perfecto de la cólera de greimasiano recuerdo y que conduciría a una reacción momentánea e irreflexiva.

Esta operación revela la exigencia de reconducir el acontecimiento a una inteligibilidad narrativa, de insertarlo en un esquema de previsibilidad en que unos actores conocidos se mueven en unos espacios habituales de acuerdo con unos tiempos concretos. Pero nada de eso. El 15M es un movimiento inédito que se reúne en cualquier parte y se desmarca de los tiempos de la política institucional.

Del mismo modo, su economía pasional está muy lejos de poder ser definida como indignación; más bien se construye culturalmente mediante pasiones no lexicalizadas y necesariamente imprevisibles. Se basa en una familia de sentimientos y emociones tan vagas como el descontento, la impotencia y la insatisfacción. Es precisamente a partir de ese indefinible descontento como una franja tan amplia de la sociedad civil española ha podido encontrar una manera de reconocerse unida.

Una clave para entender la organización tanto formal como pasional del movimiento reside probablemente en la omnipresente práctica asamblearia, en la que se han desarrollado procedimientos que se esfuerzan en rebajar la intensidad y la tensividad patémica. Se evita el sarcasmo y se comunica aprobación o desacuerdo mediante un sistema gestual formalizado; los participantes se abstienen de aplaudir para evitar que se decida por contagio pasional o aclamación. La búsqueda del acuerdo de todos los miembros de la asamblea pone en funcionamiento prácticas imprevisibles de traducción de lo intraducible, donde posiciones distantes encuentran un sentido y un fondo común. Más que seguir una partitura pasional predefinida, la polifonía de los participantes del 15M, procedentes de las tradiciones más diversas, encuentra una sintonía mediante un continuo ejercicio de acuerdos, concesiones personales y síntesis inéditas.

Queda claro pues que lo fundamental no es el mensaje, sino la forma y el modo en que ésta se construye. Así, la propagación del movimiento no se ha producido gracias al contagio de un contenido, sino más bien por resonancia, por una reverberación de formas de vida. En el origen del 15M no hay una ideología ni una pasión definida, sino una materia que esperaba su puesta en forma: una gramática, un estilo, la memoria de una política futura.

Publicado en Truman Factor con la gentil autorización de los autores.

Este artículo fue publicado originalmente en la Revista de Occidente, n. 364 – septiembre de 2011. También ha sido publicado en italiano en el número de octubre de Alfabeta2 y, en francés, en Société. Revue des sciences humaines et sociales, n. 113

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