Álvaro Santana Acuña

La fabulosa transmutación del trabajador en turista (y II)

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Era una conexión anormal entre el interior del ano y las nalgas. Comenzaba el año 1686 y a Luis XIV, el rey absoluto que llegó a creerse «Sol», le apareció una dolorosa fístula anal en su real trasero. Tras meses de angustia fue intervenido en estricto secreto y sin anestesia. Entonces se trataba de una operación de vida o muerte; hoy, si no se puede curar por otros medios, una fístula anal se opera en apenas cinco minutos y el paciente no teme por su vida.

Hoy un turista corriente visitará más lugares del mundo que el propio Luis XIV, quien no sólo fue el más absoluto de los reyes sino quizás uno de los más caseros. En 1668 trasladó la corte al Palacio de Versalles y, desde febrero de 1671, jamás pasó una noche en su palacio parisino, el Louvre.

La fístula anal de Luis XIV y la de una persona en nuestra época están separadas por el estupendo avance de la cirugía. Del mismo modo, al monarca casero y al turista viajero les separa el abismo histórico del nacimiento y expansión del turismo.

Alrededor de 1750 las personas empezaron a circular de una manera nueva por el mundo. Hasta entonces la mayoría no sólo moría en su lugar de nacimiento sino que raramente salían de él. Immanuel Kant nunca se alejó más de cien kilómetros de su ciudad natal, Königsberg. Pero su falta de movilidad no impidió que su cabeza grande (comparada con el resto de su cuerpo diminuto) alumbrase muchas de las ideas que lo convirtieron en uno de los padres de la filosofía moderna.

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“Antes de 1750, además de no existir las vacaciones, los viajes se creían nocivos para la salud“

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Antes de 1750 no sólo no existían las vacaciones, sino que muchos consideraban los viajes nocivos para la salud. Montesquieu, el celebrado padre de la división de poderes, escribió que quienes abandonaban el lugar y clima de su nacimiento estaban avocados inevitablemente a sufrir y degenerar.

A pocos lectores debió asustar la afirmación de Montesquieu. Al contrario, durante siglos quienes vivían desplazándose de un lugar a otro eran mal vistos y a menudo hasta excluidos de la vida comunitaria: músicos itinerantes, gitanos, peregrinos, vendedores de noticias y pliegos de cordel, charlatans. Tampoco los caminos ni los océanos eran seguros, como nos recuerdan las andanzas de Robin Hood y Don Quijote y las hazañas de corsarios y piratas.

A partir de 1750, el inicio del movimiento de las personas por razones lúdicas (y no por causa de guerras, descubrimientos o catástrofes) coincidió con la era industrial, que inundó las carreteras y los mares de tráfico comercial, y con el auge de los estados nación, responsables de proyectar más y nuevas vías de transporte y de velar por su seguridad.

Por esas nuevas vías, más numerosas y seguras, no sólo empezó a circular «la riqueza de las naciones», como expresó Adam Smith; sino también los antepasados del turista actual: los viajeros del Grand Tour, el paseo iniciático de todo joven aristócrata inglés a lo largo y ancho de Europa y sus exóticas capitales.

Para controlar el flujo creciente de personas se hizo necesario inventar el pasaporte y fue entonces cuando las autoridades fronterizas se toparon con una nueva clase de individuo en movimiento: el tourist, palabra derivada de tour (paseo). Décadas después, mientras el número de tourists seguía aumentado, nació la palabra que denominaba esa nueva forma colectiva y transitoria de moverse y percibir el mundo: tourism.

En 1841, cuando las fábricas de Inglaterra se estaban llenando de campesinos proletarizados, Thomas Cook pasó a la historia como el promotor del primer viaje organizado (conducted tour); éste no tenía por destino una playa distante – pues aún su potencial no había sido descubierto – sino un congreso anti-alcohol celebrado a unos 20 kilómetros de distancia. Al poco tiempo, Cook abrió la primera agencia de viajes.

Y así, durante décadas, el primer turismo fue reglamentado y monopolizado por empresarios y visitantes ingleses. No fue una casualidad. En Inglaterra nacieron de la mano la industrialización proletaria y el turismo de masas.

Desde entonces, cuanto más se han expandido las relaciones laborales capitalistas (y con ellas la regulación minuciosa de la jornada laboral), más se ha generalizado el trabajo de las vacaciones entre los distintos grupos y clases. El resultado es que hoy nuestras vacaciones están profundamente reguladas; tanto o más que nuestro horario de trabajo.

Como otras parcelas básicas de la vida (el dinero, el trabajo, la salud…), el turismo también ha procreado su propia burocracia transnacional: la Organización Mundial del Turismo (OMT). Esta agencia de las Naciones Unidas tiene su sede en Madrid, pues España es una potencia turística mundial.

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“Pese a la crisis, el tráfico de turistas ha crecido más de un 4,5% respecto a 2010“

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Según la OMT, en 2010, en plena crisis económica, las llegadas de turistas internacionales aumentaron un 7% (es decir, 940 millones de llegadas) y la «industria» turística generó 693 mil millones de euros en ingresos por exportación (es decir, el doble de los Presupuestos Generales de España para 2011). Hasta mayo de 2011, o sea, antes del inicio de la temporada veraniega, y pese a que la crisis se está agudizando, las llegadas de turistas internacionales han crecido más de un 4,5% respecto al año anterior.

Ni en el más feliz de sus sueños, el pionero Thomas Cook habría podido imaginar tamaño trasiego de personas y dinero. Tampoco ni el más ambicioso de los capitalistas decimonónicos habría alcanzado a barruntar una «industria» tan lucrativa, perdurable y camaleónica, consistente en transmutar el tiempo vacacional de los trabajadores en trabajo de consumo turístico.

Imagen: Stuart Miles/ FreeDigitalPhotos.net

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