Luis Martín

Rubalcaba Ganará (las elecciones anticipadas que convocará Rajoy)

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Fotografía de Alfredo Pérez Rubalcaba

Alfredo Pérez Rubalcaba (Solares, Cantabria, 1951)

Que el PSOE perderá las elecciones generales en 2012 lo sabe desde el simpatizante más anónimo hasta el propio Alfredo Pérez Rubalcaba. Y desde hace bastante tiempo. Rodríguez Zapatero tuvo que haber adelantado las elecciones hace un año, tras la adopción (forzosa) de políticas de recorte presupuestario que terminaron de confirmar que a la crisis el presidente había llegado mal y tarde. Entonces, además de demostrar responsabilidad política y coherencia democrática, hubiese obligado a la oposición a enseñar sus cartas en un momento tan crítico para España y Europa que el resultado de las elecciones no se hubiese pronosticado ni tan claro como hoy se antoja, ni una posible victoria del Partido Popular tan rotunda como la que se produjo en las autonómicas y municipales de hace un par de meses. Digan lo que digan los analistas próximos al PP, o los representantes del partido habituales en las tertulias de debate mediático, plantar cara y programa electoral en octubre de 2010 era de todo menos deseable si los populares querían asegurar su llegada al poder.

En lugar de celebrar elecciones anticipadas el pasado otoño, Zapatero optó por una fórmula menos elegante y valiente, pero sumamente certera de cara a su tranquilidad inmediata y a la necesaria recomposición del Partido Socialista (probablemente lo segundo no fue intencionado): nombrar a Pérez Rubalcaba vicepresidente primero y portavoz del gobierno. Con su penúltima remodelación del gobierno, Rodríguez Zapatero clavaba una daga profunda en la oposición. El inesperado y doloroso pinchazo se hacía evidente en los gestos de la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, y del líder del PP andaluz, Javier Arenas, cuando una cámara grababa, sin ellos advertirlo, sus palabras sobre el lavado de cara del gobierno. Rodríguez Zapatero se enrocaba con una mejor “proyección pública” que obligaba al PP a cambiar su estrategia para alcanzar la Moncloa: de permanecer sentados esperando a ver el cadáver de su enemigo pasar, debían ponerse en pie y comenzar el acoso y derribo a quien a toda vista sería el candidato socialista a las generales y, ahora sí, demandar “elecciones anticipadas ya” sin descanso.

El manejo de las elecciones autonómicas y municipales en clave nacional fue inmaculado por parte del PP, máxime cuando el PSOE no podía entrar en esa batalla teniendo a un elefante blanco como Rodríguez Zapatero al frente. Quedó patente la frustración de algunos aspirantes del PSOE a conservar el cargo al no poder responder al fuego del PP con las mismas balas que a la vez impactarían en Rodríguez Zapatero. A los gritos de “¡presidente!” que un sosegado Pérez Rubalcaba recibía durante los mítines de apoyo a las diversas candidaturas socialistas a lo largo y ancho de España, éste, consciente de la inútil puesta en escena, respondía con un “todavía no”.

Pasó la “marea azul”, fueron decapitados los históricos del partido, se certificó la muerte política de Rodríguez Zapatero (y de Blanco, Cháves, Bono…), y quedó Pérez Rubalcaba como la única y máxima autoridad del Partido Socialista de cara al electorado. Y eso significa mucho poder.

La por todos inesperada abultadísima debacle electoral del 22-M terminó por posicionar a Pérez Rubalcaba al mando absoluto del PSOE, y, de paso, dar el golpe en la mesa definitivo que lo confirmaría como tal: el sacrificio público de Carme Chacón, último delfín de la era Zapatero-Blanco.

Desde ese momento Rodríguez Zapatero se ve obligado a cumplir una única misión, agotar la legislatura: posiblemente la conditio sine qua non que Pérez Rubalcaba le impuso en otoño de 2010 para asumir la vicepresidencia y posterior candidatura a la jefatura del gobierno.

La Soledad del Corredor de Fondo (y la liebre eléctrica).

En su discurso al Comité Federal del PSOE el pasado 28 de mayo, Rodríguez Zapatero hizo público su respaldo a Pérez Rubalcaba y, en referencia al pasado atlético de éste, lo presentó como “un sprinter capaz de ganar en meses“. En realidad, si algo ha demostrado Pérez Rubalcaba es que, en política, no es un sprinter, sino un corredor de fondo.

En su vitrina destacan tres carteras ministeriales logradas en una maratónica trayectoria política de casi cuarenta años, siendo el escalofriante asunto de los Gal el mayor y más delicado de sus obstáculos (y lo superó). Su conocimiento del estado y, sobre todo, del ejercicio del poder, supera ostensiblemente al de su predecesor e incluso al de su rival en el PP, Mariano Rajoy. Y es que su imparable ascenso desde las profundidades del felipismo (que Rodríguez Zapatero siempre ha anhelado mantener enterrado) hasta la cima del partido evidencian su tenacidad y audaz administración de tiempo y energía. Como el protagonista del film de Tony Richardson, Pérez Rubalcaba es el corredor que va conquistando peldaños de poder carrera a carrera en el más fangoso de los terrenos.

Aunque Rodríguez Zapatero ha abrazado a Pérez Rubalcaba como única alternativa real para lograr la remontada o asegurar una derrota digna que evite una mayoría absoluta del Partido Popular (la meta más realista, pero no menos complicada), el discurso que el sábado pasado pronunció Pérez Rubalcaba como candidato oficial revela que éste asume el pistoletazo de salida no como el inicio de un intenso sprint de diez meses para lograr dichos acometidos, sino como un largo y cuidadosamente planificado maratón que posicione al PSOE en el poder después de 2012; y no necesariamente en 2016.

La única ayuda que Pérez Rubalcaba necesita antes de recibir el testigo y seguir la carrera es que Rodríguez Zapatero pueda cumplir con su promesa de no convocar elecciones anticipadas y dar tiempo a que Pérez Rubalcaba alcance el ritmo de carrera que necesita; algo que no depende ni siquiera del mismo presidente de gobierno.

De momento, Pérez Rubalcaba trota con paso firme al tiempo que procura desgastar al oponente en un falso arranque. Si alguna vez José Bono aseguró que Pérez Rubalcaba era una “liebre eléctrica”, no veremos tal raudo animal en acción hasta después de las elecciones generales.

Primer obstáculo: que Europa aguante un poco más.

Este verano será decisivo para el gobierno de España. Ha quedado demostrado que los políticos europeos (como en el resto de Occidente) niegan la mayor al evitar atajar la crisis en una permanente huída hacia adelante que terminará por desatar un desastre económico de dimensiones aún por imaginar. Centrándonos en Europa, y aunque Francia y Alemania comparten el fin común de impedir el desmoronamiento de la moneda única, la inexorable quiebra de los países “periféricos” sólo servirá para dejar en mayor evidencia las diferencias de entendimiento entre alemanes y franceses, lo que complicará aún más las cosas. Ambos defienden el euro no sólo como idea políticamente irrenunciable, sino porque su desaparición terminaría por hundirles en una profunda depresión económica. La ironía del euro hoy en día es que los irresponsables y despilfarradores PIIGS hacen posible una divisa cuyo valor sostenga la actividad exportadora de los cautos y ahorradores motores al norte de los Pirineos.

Ahora, cuando las agencias de rating (que antes daban fe notarial de la solvencia de empresas, bancos y naciones) se convierten en peligrosos peones al servicio de intereses financieros ocultos (al menos eso insinuó José Manuel Durao Barroso, presidente de la Comisión Europea, la semana pasada), y cuando jornada a jornada los mercados cuestionan la realidad financiera de cada uno de los países de la eurozona, el más mínimo traspié en la política económica que Berlín y París dictan podría hacer saltar la Unión por los aires.

Si España entra en “modo griego o portugués”, el adelanto electoral será inevitable. Y ahí terminaría la carrera de Pérez Rubalcaba, pues la debacle electoral del 22-M se repetiría con la misma severidad.

Lo que Zapatero empezó, Rajoy lo tendrá que terminar. Entonces Rubalcaba ganará.

La ventaja de ser la “liebre eléctrica”, “sprinter” estrella o, en definitiva, esperanza única de un partido político en ruina, borrado (literalmente) del poder en el territorio español, y sin expectativa alguna de ganar nada a mediano plazo es que se puede experimentar sin empeorar demasiado las cosas. Toca radicalizarse, despedirse temporalmente del centro desencantado y tomar buena distancia con predecesor y oponente.

Pérez Rubalcaba es consciente de que si España sobrevive a los envites de la crisis europea durante el tiempo suficiente para acortar distancias con el PP y desplegar las velas de su renovado discurso social demócrata, podrá reinventar un modelo de izquierda con el que reconciliar a su electorado y reorganizar y encender la mecha de la renovación del PSOE. Si no hay adelanto electoral (la crisis se mantiene en estado comatoso), hacer olvidar las traiciones de Rodríguez Zapatero y recuperar lo “socialista” y lo “obrero” será un mero ejercicio de footing para Pérez Rubalcaba, pues será Rajoy el que tenga que terminar el trabajo sucio que tímidamente Rodríguez Zapatero inició en mayo de 2010.

Y es que cuando le toque a España medirse al enroque defensivo franco-alemán porque “la supervivencia del proyecto europeo” lo exija, las “reformas” del entonces expresidente parecerán ligeros retoques cosméticos con la carnicería al que Rajoy se verá obligado a consumar.

Así, Alfredo Pérez Rubalcaba puede permitirse, sin pudor alguno y en los momentos que corren, emplear su intervención en el acto que lo proclamaba candidato oficial a la Presidencia para abrir fuego contra el poder financiero, hablar de “indecencia” en dicho sector, pedirle a la banca que comparta sus beneficios con la sociedad, reponer impuestos al patrimonio, sugerir nuevas “políticas redistributivas” para que los más ricos paguen más, rechazar los “cantos de sirena” que hablan de recortes y privatizaciones en la sanidad, lanzar un primer guiño a los “indignados” con la reforma de la ley electoral que brinde mayor “proporcionalidad y cercanía”…

Y no es que lo anterior sea bueno o malo, ahí no entramos. La realidad es que el futuro pinta negro para España, pero de lo que estamos hablando es de política en en este país y la lucha por el poder.

Así pues, Pérez Rubalcaba se centra en un repentino coqueteo con la izquierda más alejada del centro que ahora no resulta creíble, pero que con Rajoy en el poder tornará en profundo romance para luego atraer a los demás. Y, sobre todo, será coherente. Porque la coherencia en política la da el tiempo. Y un año es mucho tiempo en política.

Este nuevo discurso augura una durísima oposición al Partido Popular. Un gobierno conservador que verá con asombro (y así lo denunciará) cómo el PSOE, sindicatos e “indignados” acampan de la mano a las puertas de la Moncloa para exigir elecciones anticipadas tan pronto como Rajoy tenga que llevar a cabo cualquier iniciativa de recorte que vaya un centímetro más allá de lo que ya el PSOE emprendió en 2010. Todo esto, exacerbado con la experiencia griega, para entonces demostradamente fallida (y muy posiblemente la de otros), huelgas generales e inestabilidad social à la 15-M.

Con la patata caliente que el PP heredará y lo que Rajoy tendrá que firmar, el Reino de España se parecerá más a la República Helénica. La nueva social democracia de Pérez Rubalcaba con Rajoy en el poder representará, por mucho, el PSOE más movilizador desde que Felipe González celebró su primera victoria en 1982. Entonces Pérez Rubalcaba ganará.

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