Álvaro Santana Acuña

Manifiesto (del individuo) consumista (y II)

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Otra diferencia. Nuestros mayores vivieron en un mundo de clases sociales. Los jóvenes árabes revolucionarios y los jóvenes occidentales consumistas menores de 35 años viven en un mundo de consumidores. Y así es como imaginan su realidad cotidiana; no la gobierna el discurso clasista de la división entre la burguesía y el proletariado. No. Su realidad diaria la gobierna el consumir o no consumir. El poder o no poder ser consumidores.

La tasa de desempleo entre los menores de 25 años en Oriente Medio supera el cuarenta por ciento. Una de las más altas del mundo según cifras de enero de la Organización Internacional del Trabajo, agencia de la ONU. Pero más que la clase social, el abismo del consumismo es lo que separa al intrépido Alex (que desde Rusia voló a Nueva York para comprar dos iPads 2) del joven desempleado árabe, cuyo nuevo régimen de necesidades primarias, desde fines de 2010, no lo satisface ni una economía en crisis ni un estado modernizador y corrupto. Para los jóvenes árabes, las revoluciones y revueltas se hacen en nombre del consumo de la democracia.

Tras 1989, la utopía del comunismo ha sido reemplazada por una realidad material más concreta escondida detrás de la abstracción de la democracia. Esa nueva realidad material es la promesa del consumismo individualista. (Y si no que le pregunten al intrépido Alex y la juventud postcomunista amamantada sin el biberón del Telón de Acero.)

Como la manzana de Newton cambió para siempre el peso del universo, la manzana de Apple está cambiando para siempre la gravedad del universo humano. En el mundo post-1989, el iPad 2 y otros miembros de la estirpe tecnológica simbolizan el triunfo del consumismo individualista. La promesa se ha hecho realidad.

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“Steve Jobs se ha convertido en el Karl Marx de nuestra era”

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La manzana de Apple rueda por el mundo con la fuerza global que Marx y Engels hubiesen deseado para el espectro del comunismo. En Londres, en algún punto de la fila disciplinada y kilométrica formada para comprar el iPad 2, un joven veinteañero, con un labio adornado por un piercing, declaró ante la cámara: “Todos estamos aquí porque buscamos lo mismo.” Un afro-americano de treinta y largos confesó risueño: “Ya tengo un iPad en casa. Pero necesito un nuevo juguete.”

En la cola que encabezaba Alex en Nueva York, un joven consumidor manifestó estar maravillado por la solidaridad reinante entre los quince primeros. El joven justificaba ese maravilloso sentimiento solidario porque, durante las horas de espera, descubrieron que ninguno había hecho nada semejante y “uno tiene que hacer algo loco en su vida alguna vez”.

“La locura de su vida” consistió en ponerse en fila india durante dos docenas de horas para consumir un producto que trabajadores chinos en fábricas de Shenzhen y Chengdu ensamblan por 73 céntimos la hora para Apple Inc. Una empresa situada entre las tres más grandes del mundo por su valor en bolsa. Sólo la superan las petroleras ExxonMobile y Petrochina. Ni el más desalmado de los capitalistas pioneros del siglo XIX hubiese soñado con un control tan imperial sobre trabajadores y consumidores.

Entre los consumidores en fila, adquirir el iPad 2 generó un sentimiento de pertenencia a un grupo, el cual sólo se vuelve visible durante la compra del objeto. Ocurre lo mismo durante las rebajas. Tales acumulaciones de consumidores demuestran que el consumismo es una forma extraña de acción colectiva. Consumir algo es una decisión personal pero sus efectos son profundamente comunitarios. Sin embargo, la comunidad no se expande más allá del individuo consumista. Al contrario, cada individuo consumista es su propia comunidad.

La historia del siglo XX confirma que el comunismo es otra forma extraña de acción colectiva. La extrañeza de las acciones comunista y consumista no debe intrigarnos. El consumismo y el comunismo nacieron en la misma cuna: el siglo XIX europeo. Marx y Engels predijeron el triunfo del comunismo escribiendo en Londres, la capital de Inglaterra, entonces el país consumista por excelencia. Un siglo después, la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética fue, entre otros, un enfrentamiento entre el consumismo y el comunismo.

Ambos son pues las dos caras de la misma moneda. El consumismo es una acción comunitaria que arranca de una decisión individual. El comunismo es una decisión comunitaria que encauza la acción individual.

Hoy, en un mundo cada vez más alejado del espectro del comunismo, Steve Jobs se ha convertido (nos guste o no) en el Karl Marx de nuestra era. En vez del Manifiesto del partido comunista, Jobs (cuyo apellido curiosamente se traduce como Trabajos) escribiría el Manifiesto del individuo consumista. Y lo concluiría con el lema de la era de la manzana mordida:

¡Consumidores de todos los países, poneos en fila y comprad!

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