18/05/2012

Los mayas tenían razón

 

 

Una vez que se acabe el arsenal de medidas paliativas de corto plazo, los gobiernos del mundo no tendrán alternativa más que tomar complejas decisiones de largo plazo que reflejen la nueva realidad. Por ahora, estarán ocupados imprimiendo dinero, comprando bonos que no valen nada con dinero del fisco, prohibiendo operaciones en corto y proponiendo crear sus propias calificadoras de riesgo que reciten lo que quieren escuchar. Eventualmente, se darán cuenta de cuánto tiempo y cuántos recursos desperdiciaron en una necia resistencia a resolver problemas estructurales con soluciones que también lo sean.

La población ha envejecido y las promesas hechas por el estado son utópicas pues los niveles de impuestos que se requerirían en países como España o Italia que tienen pirámides poblacionales invertidas provocarían una parálisis de la economía o una deserción masiva de los jóvenes. Aun en el caso estadounidense, los programas de salud pública se volveran una garantía de quiebra del estado, a no ser que sean profundamente revisados.

El desempleo en Estados Unidos es estructural debido a que la ventaja competitiva de este país proviene de su capacidad para crear propiedad intelectual. Un muchacho casi adolescente es capaz de inventar Facebook, empresa valorada en alrededor de cien mil millones de dólares y que ha cambiado los hábitos sociales de casi todos los jóvenes del mundo, pero que emplea a un número mínimo de personas. Los dueños de la empresa son multimillonarios, pero resulta inocente y dogmático pensar que la solución para el resto de la sociedad está en una política fiscal “Robin Hood” que simplemente le quite a los ricos para darle a los pobres. En un código fiscal lleno de huecos, la planeación fiscal del millonario le permitirá siempre pagar tasas efectivas mucho menores que las que simplemente paga un ejecutivo asalariado, porque el primero es capaz de hacer planeación fiscal agresiva y eficiente.

En términos reales, la mediana de ingreso de los trabajadores estadounidenses lleva cuarenta años reduciéndose. En los setenta compensaron esa condición al incorporar a las mujeres a la fuerza laboral, logrando dos ingresos por familia, y a partir de los ochenta compensaron endeudándose, utilizando su casa –cuyo valor de mercado creció por décadas- como colateral. Esa alza se ha revertido, y las familias se encuentran hoy con jefes de familia más viejos y con dos veces más deuda, relativa a su patrimonio, de lo que tenían en 1980. Su endeudamiento sigue creciendo, y el valor de su inmueble sigue bajando. El consumo estadounidense seguirá deprimido, conforme se acerca la edad de retiro para los 78 millones de estadounidenses que nacieron entre 1946 y 1964 (los “baby boomers”). El problema para el resto del mundo es que el consumidor estadounidense es alrededor de 17% de la economía mundial, y cuando se queda en casa todos sufren.

La única solución sensata para Estados Unidos en la creciente oferta de bienes no comerciables (aquellos que no se pueden transportar, como servicios turísticos, por ejemplo), y la formación de una nueva industria manufacturera. La primera opción requerirá de un radical cambio de actitud al ofrecer visas a turistas y dar la bienvenida a visitantes en las fronteras, sin hacerlos sentir como potenciales terroristas. La segunda, se resuelve con una mucho mayor integración productiva con México para beneficiarse de la oferta de trabajo de un país con 113 millones de habitantes, que está en su punto demográfico óptimo, al tener el mayor número de habitantes en edad laboral que ha tenido o que tendrá. Eso permitiría una integración vertical en la producción de bienes que aprovecharían mano de obra más barata que la estadounidense, pero que se combinarían con su capacidad tecnológica, de financiamiento y mano de obra más calificada.

Alemania tiene que decidir, de una vez por todas, si va a rescatar a Grecia, Portugal e Irlanda en un esfuerzo por evitar que la crisis se contagie a Italia y España; o si prefiere rescatar a los bancos alemanes que se colapsarían por el enorme peso del crédito que han dado a los países de la periferia. Eventualmente, la única forma de tener una eurozona viable será desarrollando una unión fiscal que complemente a la unión monetaria: presupuestos centralizados para todos los países miembros, y recolección de impuestos uniforme. Además, Alemania tendría que acabar ofreciendo garantías para la deuda de la periferia en el mercado, para bajar el costo de ésta y hacer factible su pago. Si eso no es posible, veremos una eurozona con menos y más homogéneos miembros, después de un episodio de crisis bancaria europea que haría a la de 2008 verse como el simple preámbulo a algo más serio; los mayas, nuevamente.

China tiene que hacer una transición democrática, tiene que reducir la endémica corrupción, y tiene que darse cuenta de que no es posible crecer al ritmo que lo hacía, pues eso crea todo tipo de vicios y distorsiones que a largo plazo son explosivos. Pero, dado que es algo que difícilmente lograrán, el resto del mundo tiene que ir tomando provisiones ante la inminente implosión económica del gigante asiático.

Los mercados simplemente están reaccionando a una realidad que se está haciendo más claramente patente. La economía estadounidense creció 0.4% en el primer trimestre del año y la francesa no creció en lo absoluto. La economía alemana empieza a desacelerarse, dado que la demanda china de productos alemanes se contrae. La bolsa brasileña ha perdido 30% de su valor en los últimos cuatro meses. La aversión al riesgo ha vuelto.

Conforme la baja en las bolsas borró casi cuatro millones de millones de dólares de patrimonio mundial en la primera semana de agosto, la esperanza de que el consumo se recupere parece mucho más lejana. ¿Será esta segunda fase de la crisis igual que la de 2008? Difícilmente. Aquella nos pilló desprevenidos. En ésta, al menos los bancos estadounidenses parecen un poco mejor capitalizados, aunque aún tienen que hacerle frente a millones de embargos inmobiliarios en todo el país, y consecuentemente a mercados de propiedades que están lejos de recuperarse. Las empresas estadounidenses están sentadas en alrededor de dos millones de millones de dólares de liquidez, y eso es una buena noticia. No invertirán mientras no se recupere la demanda, pero tendrán gran capacidad para disminuir su endeudamiento, recomprar sus acciones, o dar dividendos, conforme crean prudente. Tener un sector privado razonablemente sano puede volverse el gran catalizador que permita eventualmente salir de este largo y oscuro túnel.

Conforme las economías no crecen, el endeudamiento de los gobiernos se vuelve más gravoso. Cuando se mide la deuda, se hace una razón de deuda total a tamaño de la economía. No es lo mismo que deba un millón de pesos Carlos Slim, a que los deba el bolero de la esquina. En un país como Grecia, el numerador de esa razón (deuda/PIB) crece conforme reciben nuevos créditos y el denominador decrece conforme la economía se encoge. El resultado es que están cada vez más endeudados y se vuelve progresivamente menos probable que puedan pagar lo que deben.

Paulatinamente, crece la preocupación sobre la sostenibilidad del endeudamiento, incluso, de países industrializados. La capacidad de pago es directamente proporcional al crecimiento de la economía, e inversamente proporcional a su costo. Un país como Estados Unidos, por ejemplo, sigue teniendo una deuda absolutamente sostenible pues su economía genera un crecimiento nominal de entre cuatro y cinco por ciento (dos y medio por ciento de inflación, más el crecimiento real), pero pueden emitir un bono a diez años a una tasa cercana a 2% (inferior, incluso, a su inflación). Japón, igualmente, muestra dos veces más endeudamiento que EU, pero lo cubre a tasas cercanas a cero por la gran demanda que proviene de la senil sociedad local. Grecia, por otro lado, requeriría de tasas de más de 20%, y su economía presenta una tasa nominal de crecimiento negativa, es decir, su deuda no es ni remotamente sostenible. Pero conforme el costo de la deuda italiana y española excede costos de cinco o seis por ciento, la sostenibilidad de su deuda también se pone en duda. Y si bien rescatar a Grecia, Portugal o Irlanda está perfectamente dentro de las posibilidades de Alemania o Francia, el mercado italiano de deuda es el tercero más grande del mundo (superado sólo por Estados Unidos y Japón), y un rescate sería imposible.

Conforme la deuda italiana o española dan muestras de “insostenibilidad”, comienza la preocupación sobre los bancos que la tienen en forma abundante en sus libros. Recientemente, surgieron dudas sobre la solidez de los bancos franceses, agravada por una potencial degradación de la calificación de la deuda soberana gala. Ciertamente, si la deuda estadounidense no es AAA, la francesa o la inglesa lo son mucho menos, y la de por sí vapuleada credibilidad de Standard & Poor’s como empresa calificadora dependerá de que sean congruentes. Una menor calificación implica un costo de financiamiento más alto, y por ende un efecto negativo en la mentada “sostenibilidad”.

¿Y las bolsas por qué caen? Por una mezcla de aversión al riesgo entre inversionistas institucionales e individuales, dado el complejo entorno, y la inclusión de pronósticos de crecimiento más conservadores, lo cual afecta a la valuación presente de las empresas (y, consecuentemente, de sus acciones), pues tendrán menor capacidad de generar utilidades en el futuro a la vista. Los inversionistas globales han sacado más de 50 mil millones de dólares de fondos que invierten en acciones, para estacionarlos en fondos conservadores de renta fija, a pesar de que obtienen ganancias cercanas a cero al hacerlo. Esta salida supera a la ocurrida después de la crisis de Lehman en 2008.

Adicionalmente, ha surgido enorme escepticismo sobre la capacidad de los gobiernos de tomar las decisiones difíciles. La reciente crisis por el alza en el techo de endeudamiento soberano estadounidense fue todo menos inesperada, pero las pésimas soluciones adoptadas ni siquiera satisficieron las expectativas más modestas.

En mi opinión, la crisis que se avecina es indispensable pues sólo el miedo que ésta provocará puede forzar a la adopción de soluciones serias. En el caso de Europa, parece infinitamente más complejo el acuerdo necesario entre partes con intereses contrapuestos. En Estados Unidos, empezamos a ver breves asomos de cordura en comisiones legislativas como la Bowles-Simpson que propusieron medidas sensatas, pero carecieron del apoyo del poco decisivo presidente Obama. A pesar de los pesares, la economía de Estados Unidos sigue siendo “la camisa más limpia en el cesto de la ropa sucia”, como la llamó el apocalíptico economista de la Universidad de Nueva York Nouriel Roubini. Pueden monetizar su deuda (imprimiendo dólares), tienen un déficit fiscal que es menos grave de lo que parece (pues en parte se deterioró por el desplome de la recaudación como resultado de la recesión), tienen una situación demográfica mucho mejor que la de Europa, Japón, o incluso que la de China; y el crecimiento potencial de su economía es de entre 2.5% y 3%, mientras que el de la europea es de 1.5% a 2% y el de la japonesa aún menor.

Al final, requeriremos de una economía estadounidense en la que los políticos tomen su papel en serio. Las soluciones no son difíciles. Hay que rehacer el código fiscal bajando tasas de interés y eliminando deducciones (quizá incluyendo un IVA nacional), hay que modificar Medicare y Medicaid haciéndolos programas que se enfoquen en quienes más los necesitan, al igual que las pensiones del Seguro Social, a las que además hay que ayudar extendiendo la edad de retiro. Ésta se estableció en 65 años cuando la esperanza de vida era de 63, y hoy es de 78 años. La voluntad política necesaria para tomar ese camino no es trivial, pero la situación crítica puede ayudar a un político que tenga las agallas.

Mientras tanto, los mercados se seguirán ajustando a una realidad menos luminosa, pero que puede ser el preámbulo para un nuevo paradigma digno de los alcances de la humanidad del siglo XXI.

Copyright © 2011 · Jorge Suárez. Todos los derechos reservados.

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DADO QUE ESTE ENSAYO APARECERÁ EN EL PRÓXIMO NÚMERO DE LA REVISTA LETRAS LIBRES, NO PUEDE REPRODUCIRSE SIN EL PERMISO EXPRESO DE SUS EDITORES.

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