Economista Descubierta

Los hikikomori y la corrección política

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Me he tragado este fin de semana un artículo sobre estos pobrecillos que viven encerrados en su cuarto no por condena inevitable, sino porque temen al mundo exterior; y si no le temen, lo aborrecen. Toda la vida hubo de estos que no salían pero ahora tienen nombre. Es lo que pasa en el mundo globalizado, que te presta nombres chulos para conceptos no tan buenos.

A mí, en mis buenos tiempos, se me caía el techo de mi casa y no me pillaba dentro. Servidora es de calle y de terraza, aunque cada vez más mañanera que nocturna. Es cosa de la edad y de las circunstancias. Siempre me hizo gracia que en alemán haya una palabreja que equivale a decir “estar en casa tan ricamente” o parecido, y en español ni concepto aproximado. Y no debo ser la única que prefiere estar en la calle que en su casa, porque están los botellones atestados. Yo a eso no voy, porque ni pinto nada ni bebo en vaso plástico, que siempre me ha dado mucho asco, pero que están hasta arriba es evidente.

Dice una conocida mía que lo bueno de la crisis es que se lleva todo, vas a una boda con un vestido de hace diez años (si te cabe) y lo que antes sería anticuado, hoy es vintage, y si te pasas todas las tardes en tu casa haciendo álbumes de fotos, en lugar de ser un seta eres un hikikomori, que como todo lo oriental, queda mucho más fino y, sobre todo, parece más profundo. Hay que ver que gancho tiene todo lo oriental y lo denostado que están los griegos, los pobres.

La Fundeu va a hacer un congreso sobre corrección lingüística, lenguaje de género y corrección política que son dos temas que se dan de tortas. Es pena que yo no pueda ir a ese congreso porque me lo iba a pasar bárbaro. Porque la corrección política convirtió al parado en desempleado, a la marmota en cuidadora, a los abuelos en el abuelo y la abuela, a los padres en los padres y las madres o, mejor aún, en los progenitores y las progenitoras, a los negros en subsaharianos (y en Sudáfrica hay blancos, me parece) y así hasta el infinito. Y del lenguaje de género ya ni les hablo porque me enciendo.

Y es que a mí me pone de muy mala leche que no se les llame a las cosas por su nombre aunque la buena educación te impida llamarlas a la cara a quien se las merezca. Que una cosa es que no me llames gorda, porque la buena educación te recomiende no ofender gratuitamente, y otra cosa que no esté como una foca.

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