Álvaro Santana Acuña

Lobotomía navideña a una palabra y sus vástagos (I)

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A Olga Rojas, in memoriam.

 

Definición de consumo del Diccionario de la lengua castellana (1729)

La voz «consumo» en el Diccionario de la lengua castellana (1729).

Cuando compra, ¿se considera usted un destructor? Si su respuesta es negativa, entonces usted no es un verdadero consumidor. O al menos no lo es tal y como era definido durante la infancia del capitalismo. En aquel entonces, cuando aún los nobles hacían la guerra llevando pelucas empolvadas y calzando medias de seda, el consumidor era considerado un destructor, pues destruía lo que consumía. Hoy, cuando otra clase de guerra comienza el primer día de las rebajas tras abrirse las puertas de un centro comercial, el consumidor ha dejado de ser un destructor y se ha transformado – como el turista – en el sostén del capitalismo feliz.

Paradójicamente, durante la fiesta religiosa de la Navidad, el consumidor occidental se siente más superhéroe que nunca. Es 26 de diciembre en la ciudad de Edimburgo y un viento glacial azota su principal calle comercial, Princes Street. Pero ni siquiera ese viento huracanado que gruñe como un oso polar y levanta remolinos atolondrados de bolsas de plástico consigue detener a la bulliciosa masa de superhéroes consumistas. Y es que hoy se celebra en el Reino Unido el Boxing Day o Día de las Cajas, la primera jornada de las rebajas tras la Navidad. Se cree que la tradición se originó en la Edad Media, cuando la nobleza regalaba cajas con comida a sus siervos. Siglos más tarde, la tradición vino a convertirse en la entrega de cajas a las clases más desfavorecidas. En 2011, pocas son las cajas que contienen donativos filantrópicos. Han sido desplazadas por las bolsas de las rebajas.

Los orígenes del consumismo rampante no se remontan a esas cajas de la Edad Media, sino que están mucho más cerca. Como han investigado John Brewer y William Sewell, entre otros historiadores, la sociedad de consumo nació en Europa a lo largo del siglo XVIII. De sus orígenes, por ejemplo, nos hablan las palabras de ese siglo. No sólo porque las palabras tengan significados, sino porque además esos significados tienen una historia.

Aquellos que son lo suficientemente mayores recordarán que la palabra «globalización» surgió casi de la nada durante los años noventa del siglo pasado. Sin embargo, ni siquiera la tortuga Harriet (que hasta 2006 fue el ser vivo con patas más viejo de la Tierra) llegó a ser lo suficientemente mayor como para acordarse de aquellos tiempos cuando la palabra «consumo» movilizaba en las mentes de las personas toda una constelación diferente de significados y formas de actuar.

En efecto, al hacer un Grand Tour entre las páginas de algunos diccionarios europeos del siglo XVIII, puede comprobarse que «consumo» figura entre las palabras que sufrió uno de los cambios semánticos más interesantes. Poco a poco, su significado se volvió más neutro: usar algo. En vez del significado que hasta entonces había sido de sentido común y habitual: destruir algo.

No sólo la palabra «consumo» sino también sus vástagos («consumidor», «consumir», «consumible», etc.) nos revelan que las personas y los objetos se relacionaban entre ellos de una manera distinta a la de hoy. Tan distinta que los hombres y las mujeres del siglo XVIII huirían despavoridos si viajasen en el tiempo y se topasen con los consumidores en Princes Street o en otras latitudes capitalistas. Para esos hombres y mujeres del pasado los consumidores actuales serían auténticos extraterrestres o, peor aún, ángeles exterminadores recién salidos del infierno.

Para las personas que hablaban inglés en el siglo XVIII, el verbo «consumir» tenía una connotación ingrata. Según el Dictionary of the English Language de Samuel Johnson, significaba «derrochar; gastar; destruir» y también «desperdiciar; agotar». Las fuentes usadas por Johnson para apoyar estas definiciones fueron nada menos que el Deuteronomio y William Shakespeare. El «consumidor» era definido como la persona «que derrocha, gasta o destruye algo» y la palabra «consumible» significaba algo «susceptible de destrucción».

El patriarca de todas estas palabras, «consumo», poseía varios significados: 1) «el acto de consumir; derrochar; destrucción»; 2) «el estado de gastar o acabarse»; y 3) «una pérdida de carne muscular, acompañada de una fiebre agitada». (¿No es éste el estado de un consumidor aguardando a las puertas de un centro comercial el primer día de las rebajas?)

En el siglo XVIII, el Oxford English Dictionary también incluyó significados similares de «consumo»: «la acción o el hecho de consumir o destruir», «decaimiento, emaciación, desgaste», «la disipación de la humedad por evaporación», «el desgaste del cuerpo por enfermedad» y «el uso de materiales, el uso de algo como la comida, o para el apoyo de cualquier proceso». Tales significados aparecieron en la lengua inglesa desde el siglo XV en adelante. Pero el significado moderno (o sea, menos destructivo) de «consumo» sólo comenzó a popularizarse a fines del siglo XVII y sobre todo a lo largo del XVIII, cuando «consumo» significaba «la cantidad de productos industriales consumidos».

Precisamente, en ese mismo siglo y en el país que inició la Revolución industrial, nació la oposición entre el «productor» y el «consumidor». El «productor» creaba algo, mientras que el «consumidor» usaba «completamente un artículo producido, agotando por lo tanto su valor de intercambio». Es decir, el consumidor era un destructor constante de los objetos y su valor.

En castellano, el verbo «consumir» significaba igualmente «deshacer, gastar, extinguir ò reducir à nada alguna cosa». Así lo recogió la edición de 1729 del Diccionario de la lengua castellana de la Real Academia Española. Pero en España, a diferencia de Gran Bretaña (donde había ocurrido la Reforma Protestante), «consumir» conservaba todavía una dimensión religiosa. El acto de «consumir» sucedía cuando el cura tomaba el cuerpo de Cristo durante la misa: «en el Sacrosanto Sacrificio de la Missa es recibir, ò tomar el Sacerdote el Cuerpo y la Sangre de Christo nuestro Señor, debaxo de las especies de pan y vino».

Al igual que en inglés, el «consumidor» era definido en castellano como «la persóna ò cosa que destruye, consume y desbarata algúna cosa». Además, un individuo podía «consumirse» o estar consumido, lo cual se refería a «una persona flaca, macilenta, y extenuada; y algunas vezes se entiende por el miserable, mezquíno y desdichado». Y la palabra «consumo» aludía al «gasto que se hace de las cosas comestibles y vendibles».

Sin embargo, en la edición de 1780 del Diccionario de la lengua castellana ocurrió un cambio fascinante. La definición de aquello que era consumido se volvió más amplia y específica: «el gasto y despacho que se hace de los comestibles, géneros de abasto y demas cosas que usan los hombres para sus necesidades y comodidades». Al añadirse a esta nueva definición la palabra «comodidad», podemos observar un cambio aún más fascinante. El consumo ya no consistía en una mera destrucción de las cosas, sino también en el disfrute de las mismas.

En la edición de 1780, no sólo «consumo» empezaba a tener una dimensión menos destructiva y más edificante. Además se acuñaron palabras nuevas y asociadas sin duda a la creciente expansión de la práctica del consumo: «consumición», «consumiente», «consumimiento» y «consumitivo». Aunque acaso la prueba más simbólica de los cambios entre 1729 y 1780 sea la desaparición del antiguo significado de «consumo» como una transacción fiscal entre el súbdito y el rey. Pocas décadas más tarde, esa transacción será ya como la de nuestros días, entre el vendedor y el consumidor.

En el Diccionario de la lengua castellana de 1780 murieron antiguos significados y palabras y sobre todo nacieron nuevas palabras y cobraron fuerza significados inéditos, como los que anunciaban la venida del capitalismo. En la segunda entrega continuaremos el Grand Tour por otros diccionarios y veremos que, como en España y el Reino Unido, hacia finales del siglo XVIII otros países europeos habían iniciado la lenta, dolorosa y sinuosa marcha hacia el presente simple capitalista: una sociedad no de clases productoras sino de individuos consumistas.

(Continuará… durante la cuesta de enero).

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