Luis Martín

Lo prometido es deuda

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Picture of Angela Merkel Merkel at l'Elysée

Merkel en París (16-08-2011)

Los eurobonos de ayer

El plato del día que hasta ayer se quería guisar para saciar el hambre de los mercados y salvar a la eurozona de su actual crisis de deuda se llama “eurobono”. Lo anterior, cuando el segundo rescate griego permanece en la nevera y la ampliación del EFSF (Fondo Europeo de Estabilidad Financiera por sus siglas en inglés) quedó en el congelador.

En líneas generales, lo que se proponía desde la “periferia” era que las necesidades de deuda de los países que conforman la zona euro se consolidaran en un solo instrumento. De esta manera, y a modo de ejemplo, desaparecerían los bonos del Tesoro español, por lo que España recibiría una parte de las emisiones de deuda emitidas por Europa. Subrayo “en líneas generales” porque es imposible que, a pesar de las prisas y presiones de los países del sur de Europa, se pudiera contar con un plan de acción que desgrananara la implementación, gobierno y funcionamiento del mentado eurobono.

A pesar de que la cesión de la política fiscal de 17 naciones soberanas a Bruselas no puede llevarse a cabo de la noche a la mañana, y así lo dejaron ver Sarkozy y Merkel en su comparecencia de ayer (máxime cuando su implementación requiere del sometimiento del plan al proceso democrático de cada estado miembro), el debate sobre la idoneidad de la medida se centra sobre un tema crucial: el grado de responsabilidad que asumiría cada estado para garantizar el pago de dichos instrumentos de endeudamiento. Es decir, si el eurobono es el intento último de garantizar la solvencia de los países de la eurozona, pues todos (o casi todos) se solidarizan entre sí en un pagaré común, es necesario saber quién garantiza qué. He aquí la cuestión fundamental que separa a la Europa del norte de la del sur.

Si la composición de eurobono se llevara a cabo en proporción del PIB de cada estado, queda claro que Alemania asumiría el mayor riesgo. ¿Y si se hiciera basándose en las necesidades de financiación de cada estado miembro? Ocurre exactamente lo mismo. Incluso si Alemania necesitara endeudarse menos que Italia, si no respalda la deuda, ¿quién la compraría?. Pasara lo que pasara, el aval lo firmaba Alemania, pues el juego era transferir garantías al estado más fuerte de la unión. Por supuesto que Berlusconi estaría presionando para que así fuera.

Y todo esto sin las consideraciones políticas y sociales a largo plazo de un club donde gran numero de sus miembros mintieron para entrar. ¿A quién le importa el mañana?

Tampoco es sólo una cuestión de que los contribuyentes alemanes acepten avalar a griegos, portugueses, españoles, irlandeses, etc. sino que, además, el aval les puede suponer un coste. Si España paga el 5,5% por su bono a 10 años, Italia el 5,25%, Francia el 4%… el eurobono relajaría los rendimientos de los que hoy pagan más, pero seguramente elevaría el coste a Alemania por encima del 3,25% que paga actualmente. Por supuesto, aquí entran en juego factores externos como las agencias de calificación, el comportamiento y perspectivas de la economía mundial, entre otros. No obstante, la cada vez más palpable recesión económica a la que nos dirigimos no invita a pensar que el rendimiento del eurobono resultara menos atractivo que el del T-Bond estadounidense. Una vez más hay una transferencia, además de riesgo, de coste, a nuestros socios alemanes.

La idea de crear un mecanismo fiscal centralizado que gestione y controle las finanzas y, por ende, el endeudamiento de los miembros de la eurozona no sólo tiene sentido, sino que resulta indispensable para el devenir natural del proyecto federalista europeo. El problema es que lo anterior resulta inviable actualmente y cualquier intento de implementarlo como parche improvisado para seguir huyendo hacia adelante terminaría por hundirnos. A todos.

Lo anterior, se debe sencillamente a que el punto de partida es fundamentalmente dispar y corrupto, y porque el deseo último de nuestros políticos mediterráneos es seguir basando la economía en el endeudamiento perpetuo y la falsa sensación de que somos solventes porque hay un banco central que finalmente bombea dinero a placer. Aunque el cortoplacismo y la mediocridad mandan a sur del Rhin, parece que el sentido común ha imperado.

Todo iba bien hasta que nos dimos cuenta de que todo iba mal

Una de las grandes falacias que se ha puesto de moda últimamente, y que además está siendo aprovechada como arma electoral por parte de políticos de todos los espectros ideológicos, es que nuestras economías están siendo víctimas del acoso despiadado e infame de “especuladores” sin escrúpulos. Desde ministros de Economía de la zona euro hasta respetados analistas fieles al sistema denuncian “ataques” o, ya de plano, el absurdo “los mercados no entienden nuestras medidas”.

Así, entre queja y denuncia, los dirigentes europeos saltan torpemente de una propuesta a otra para “calmar a los mercados” que tanto daño nos hacen. De unas semanas a la fecha, incluso han tomado medidas para “plantarle cara” a los especuladores limitando (temporalmente) las ventas en corto de valores bancarios y, en algunos casos como en Italia y EE.UU., utilizando el poder judicial para coaccionar a las agencias de calificación. Pero la realidad es terca: la economía real zozobra y el libre mercado hace tiempo que no es eficiente porque no es libre.

Mientras Sarkozy y Merkel se reunían por enésima vez para discutir la salvación del euro, ayer se conoció un dato inquietante por inesperado: la economía de Alemania, la “locomotora” europea, da muestras de desaceleración con un crecimiento del 0,1% durante el segundo trimestre del año. Las cifras de Portugal y de España ofrecen el mismo retrato: estancamiento.

Y he aquí el quid de la cuestión: la economía real se deprime y los actores políticos insisten en parches financieros y las mismas recetas que nos llevaron al desastre mientras se produce algún milagro. El candidato socialista a la presidencia del gobierno español reclamaba hace poco más de 48 horas que el Banco Central Europeo bajara la tasas de interés y abogaba por una “recuperación racional” del sector inmobiliario. Por su parte, María Dolores de Cospedal, secretaria general del Partido Popular, ayer se apuntaba a la idea con una reflexión insólita: “entre otras cosas no se venden viviendas porque no hay ningún incentivo fiscal para la compra, antes lo había y el gobierno lo eliminó”. La banca tiene que estar contando los días para que lo anterior ocurra… Es todo así de burdo.

La evolución de la crisis financiera de 2008, que tuvo su epicentro en EE.UU. con la caída de Lehman Brothers, ha desvelado lo que en el fondo todos sospechábamos, pero que no queríamos aceptar: las tasas de crecimiento y prosperidad en el mundo industrializado de la última década no se correlaba con la economía real. Era todo riqueza financiera fundada en la perversión del sistema de libre mercado. Y la perversión no fue obra de los especuladores ruines, sino de nuestros líderes democráticamente elegidos. Si George Soros, villano ejemplar para muchos, tras embolsarse 3.000 millones en un año, sale a pedir no más regulación de los mercados sino una más efectiva, no es porque se haya pasado al Partido Comunista, es porque quiere que el mercado no termine por hundirse por falta de reglas efectivas y claras. Sin en lugar de ello, lo que se hace es imprimir dinero a cuenta de los contribuyentes para dar oxígeno a un sector financiero desfondado, no hay ni malos ni buenos. Sólo hay estúpidos.

Cuando el mes pasado el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, se lamentaba de no haber “pinchado la burbuja inmobiliaria” cuando tuvo oportunidad de hacerlo miente o demuestra una deficiencia intelectual importante. Por aquel entonces, cuando supuestamente pudo haber “pinchado la burbuja”, Zapatero no sólo se jactaba de que el sector financiero español era el mejor y más sólido del mundo, sino que además presumía en foros internacionales de forma chulesca que el PIB español crecía a tal ritmo que en breve superaría el francés (nada enorgullece más a un español ignorante que vencer al vecino “gabacho” en algo). En septiembre de 2007 estábamos en la “Champions League de la economía mundial”, en la que España era “la que más partidos ganaba, la que más goles marcaba y la menos goleada”. Zapatero no sólo estaba convencido de que el modelo económico español era superlativo, sino que además era obra suya. Esto último, que no la ficción que vivíamos, era lo que entonces molestaba a la oposición, que atribuía el verdadero “éxito económico” español a Aznar…

Entonces no había especuladores, sino “inversores”. El 7 de marzo de 2008, dos días antes de las elecciones generales que le dieron a Zapatero su segunda legislatura, y a pesar de que ya eran evidentes los graves problemas al otro lado del Atlántico, la prima de riesgo de la deuda soberana española se situaba en los 30 puntos básicos. No había crisis, ni se le esperaba.

Alemania no puede comprometerse a asumir nuestras deudas

Ahora conocemos el origen del problema: actuamos cegados por la falsa riqueza y despilfarramos recursos y tiempo valiosos. No invertimos en el futuro de nuestra economía, en la optimización del funcionamiento de nuestras instituciones y órganos públicos, en la educación, en la tecnología. No supimos advertir los riesgos que la ingeniería financiera y las apuestas que nuestra banca magna estaba cocinando en los mercados. No supimos retener a nuestros mejores profesionales y atraer a los de fuera…

Hoy la prima de riesgo de España cerraba los 275 puntos básicos gracias a la intervención in extremis del BCE que ha venido al rescate por tiempo indefinido cuando se superaron los 420 hace unas semanas. En tres años no hemos avanzado nada. Las nuevas promesas son recortes en las nóminas de los funcionarios públicos, más rescates a bancos fallidos, y más impuestos para seguir en el laberinto de la deuda. Nada de esto impulsa la modernización del país hacia nuevos modelos de producción, ni la regulación del sector financiero, ni la generación de empleo. Lo nuestro era ser la mayor fábrica de ladrillos de Europa y nuestra política energética regalar bombillas de bajo coste en las oficinas de Correos. Las promesas de hoy son las mismas que las de ayer: estancamiento y deuda.

El problema es que ya no es lo mismo. Los inversores (o especuladores, según quién lea) se han dado cuenta de la trampa (a falta de buena regulación se rompen las reglas y se interviene según convenga) y de la insostenibilidad del sistema (deuda sobre deuda). No basta ya con hacer unos cuantos recortes sociales impopulares como inútiles y prometer planes de “restructuración” estériles a cambio de más dinero. Nuestros acreedores ya no creen en promesas y nos exigen hechos o que alguien avale lo que nosotros no podemos garantizar.

Si caemos en la trampa, y una ralentizada Alemania pone la escritura de su casa sobre el tapete de póker en la apuesta final, el resultado será desastroso. Guste o no, Italia, España, Grecia, Irlanda y Portugal no son Berlín del Este, ni Alemania está en condiciones de engullir semejante mosaico de despropósitos políticos y económicos que terminarán por salir de su control.

Así como hay una serie de países que deben abandonar el euro durante algún tiempo y comenzar a trabajar desde cero (y mi impresión es que ayer Sarkozy y Merkel les abrieron la puerta), hay algunas instituciones financieras que deben comenzar a asumir pérdidas (impagos) y dedicarse a sanear sus cuentas a golpe de talón, que no de maquillaje contable. Seguir con la mentira y tomar rehenes que den la cara por nosotros nos va a costar muy caro. O enfrentamos la realidad de una vez, caiga quien caiga, o preparémonos para un violento colapso del proyecto europeo con consecuencias verdaderamente nefastas para el mundo entero.

Imagen: Servicio de prensa del Elíseo.

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