Álvaro Santana Acuña

La escalera del eterno retorno

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«Urbano. –Sigues amarrado a esta escalera, como yo, como todos».
Buero Vallejo, Historia de una escalera

Imagen de Escala divina (icono, siglo XII)

Escala divina (icono, siglo XII)

La escalera es un artificio humano; venerable y acaso de origen tan incierto como la rueda. Mientras la cíclica luna llena o el diario disco solar pudieron inspirar a la humanidad la hechura de la rueda, la naturaleza terrestre –al esculpir caprichos sobre sí misma– debió regalarnos la idea de salvar dramáticas alturas mediante una sucesión de pequeños pasos verticales. Como ocurrió con la agricultura, tras domesticar el misterio de la escalera, los humanos ansiamos explorar sus límites, conquistar el más allá de sus fronteras. Subir, subir al cielo es desde entonces una de nuestras más universales y rutinarias fantasías. Las escalonadas pirámides de Giza y de Chichén Itzá aún apuntan hacia la bóveda celeste; la bíblica Babel se concibió como una escalera disfrazada de torre para encontrarse cara a cara con Dios. Antes incluso del nacimiento de la escritura, la metáfora de la escalera ya había soldado inseparablemente los temas del camino hacia la divinidad y la búsqueda del sentido a la vida terrenal.

Siendo tan dilatada su historia, no sorprende que la escalera sea una de las especies creadas por la humanidad que más ha evolucionado. Escaleras las hay de caracol, de tijera y de espárrago, de escapulario y de servicio, de color en el póquer… las hay clásicas como la esculpida por Miguel Ángel en la Biblioteca Laurenciana y la escenificada por Garnier en la Ópera de París… religiosas como los treinta peldaños de La escala al Paraíso de San Juan Clímaco… vanguardistas como la que desciende un desnudo pintado por Marcel Duchamp… revolucionarias las de Le Corbusier… pioneras como la filmada por Einstein en el Acorazado Potemkin… cotidianas, inadvertidas y a veces mecánicas como las que nos bajan al metro, nos suben al autobús, nos sacan del avión… las hay interminables como los 11.674 escalones que se desparraman por la montaña de Niesen en Suiza o las minimalistas de dos peldaños… criminales como Los 39 escalones… secretas en el Palacio de Versalles… eróticas son en una escena lluviosa de Nueve semanas y media… aterradoras en Vértigo… Documentar exhaustivamente la tipología de la escalera sería el triunfo de un nuevo Darwin.

Este mes de octubre una escalera teatral cumple sesenta y dos años: Historia de una escalera del dramaturgo Antonio Buero Vallejo (1916-2000). La primera representación tuvo lugar el 14 de octubre de 1949 en el Teatro Español de Madrid bajo la dirección de Cayetano Luca de Tena. La obra escenifica las vivencias cotidianas de diferentes inquilinos en torno a una escalera que salva la altura de dos pisos al interior de una casa modesta. La escalera sirve así de espacio neorrealista donde se dramatizan diferencias sociales en la España de posguerra. (Para Vittorio De Sica y Cesare Zavattini, la bicicleta destilaba el mismo drama; su película Ladrón de bicicletas se estrenó en 1948, apenas un año antes de Historia de una escalera, que Buero Vallejo concibió entre 1947 y 1948.) Además la escalera encarna vivamente el problema de la cotidianeidad vecinal como suplicio. Los personajes de Buero Vallejo ansían intimidad, pero la escalera ineludible e impasible les aguarda cada día como un catafalco que conmemora su miseria individual y sin duda la miseria del colectivo vecinal. Drama de lo social y el suplicio cotidiano, la escalera se comporta como un ente poliédrico: se baja y se sube, oculta a amantes, camufla a alquiladores que se espían mutuamente, retumba como la caja de resonancia de las broncas comunales, se vuelve el improvisado precipicio por el que un vecino amenaza con lanzar a otro…

Pero mediada la obra (cuando las nuevas generaciones se hacinan bajo el sol del mismo techo), el suplicio se vuelve estricta tragedia porque los padres ya han amarrado irredimiblemente a sus vástagos a la escalera de toda la vida. Así, frente a la máxima de Heráclito, «no podemos bañarnos dos veces en el mismo río», Buero Vallejo experimentó con el lado más inmediato, más cotidiano del concepto nietzscheano del eterno retorno: la presencia continuada de la escalera encauza la repetición del pasado, como si los personajes nunca dejasen de subir y bajar los mismos escalones, sin ninguna posibilidad real de variación en sus vidas frente a la implacable escalera del eterno retorno.

A Buero Vallejo, más que explicar, le interesaba escenificar el impacto del eterno retorno escalonado sobre los inquilinos. Los tres actos de la obra abarcan treinta años. Envejecen los vecinos y hasta la sempiterna escalera se moderniza. La naturaleza sensible, ya lo escribió Aristóteles, parece estar en flujo permanente. Sin embargo, para Buero Vallejo, esos cambios eran sólo aparentes, semejantes a las ondas superficiales y efímeras de un río de vidas arrastradas por corrientes mucho más profundas, poderosas e inescrutables. Cambió la superficie de los vecinos pero en nada su corriente interior. Y si no fuera poca la maldición, esos vecinos (como Sísifos cargando la posguerra española cuesta arriba) pasarán su canto rodado individual a su descendencia que invariablemente lo subirá y bajará por la misma escalera. La maldición se eternizará como herencia ineluctable generación tras generación.

Acaso la revelación más impactante de Historia de una escalera sea que el espectador experimenta la incómoda sensación de estar presenciando apenas un pequeño paréntesis teatralizado. El espectador es consciente de que la tragedia no acabará nunca, ni siquiera cuando caiga el telón final y abandone su asiento. Sabe que afuera del teatro, la realidad nos va aplanando día tras día sin interrupción posible mientras subimos o bajamos el mismo infierno de escalera.

  • Imagen de Pvasiliadis (obra propia) [Dominio público], via Wikimedia Commons
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