Economista Descubierta

Individualmente a peor, colectivamente a peor

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Sin ánimo de hacer de menos a nadie, yo soy de las personas que cuando ve Cuéntame no se siente identificada con ninguno de los personajes. Qué le vamos a hacer, ni mis padres vinieron del pueblo, ni teníamos la nevera en el salón, ni mi abuela llevaba pañuelo negro y bata de boatiné.

En este momento de Memoria Histórica y recuperación del rencor de clases, ya les anuncio, para el que no se lo hubiera imaginado, que en mi familia hace muchas generaciones que hacemos pis en la alfombra. Colonia, para más precisión.

Con el paso de los años, la democratización del pollo, que diría mi padre, y gracias entre otras cosas, a la escuela pública, el dinero fue cambiando de manos, y nos fuimos todos más o menos igualando.

Es cierto que algunos perdimos, naturalmente, y en pocos años pasamos de tener, entre otras cosas, costurera, asistenta y tata, (esto es, la mitad del servicio necesario), a no tener más que Marmota por horas, y pasamos de ir en bici por el jardín de casa a un pisito donde no cabe la cómoda. Es una reducción frívola, pero es un ejemplo superficial del cambio. Ustedes saben a qué me refiero. Bien porque lo vivieron o bien porque lo vieron vivir.

No pasa nada. Estuvo bien y era necesario, porque lo que no podía ser es que esto fuera un país de hambrientos en alpargatas, si había que ceder, se cedió. Y lo que no podía ser es que la hija de la tata te odiara ferozmente porque heredara tus vestidos, por muy bonitos que fueran. Para que haya paz social tiene que haber mucha clase media. Cuanta más paz social, más paz real. Que hay que renunciar, pues se renuncia. Así que unos bajamos, otros subieron, y nos guardamos las diferencias para los sentimentalismos o los detalles, y al final, epidemias que nos ahorramos, sean económicas, sociales o reales.

Así que nunca pude imaginar que iba yo a vivir, no sólo el “individualmente a peor”, sino el “colectivamente a peor”, porque en esta crisis, al final, todo lo que se avanzó se ha retrocedido. Y además, ya no hay vuelta atrás.

Se acabaron las élites pero se acabó también la clase media, y partir de ahora, no nos va a quedar más que el individualismo del pobre. La supervivencia personal del que no tiene nada que perder, porque ha perdido casi todo y no puede pensar en el otro, porque el otro no ha pensado en él.

Yo asisto a todo esto con estupor, porque no soy capaz de anticipar cómo será la sociedad que viene. Presumo que mi trabajo está destinado a desaparecer, porque las reformas laborales van destinadas a resolver lo individual y para eso no hace falta un departamento de Recursos Humanos, hace falta un apoderado; como el de los toreros, o un agente, como el de los artistas, pero no un departamento destinado a “los intereses y necesidades de los trabajadores”.

No soy tan catastrofista para suponer que esto es el fin del mundo, pero esta crisis me ha pillado a trasmano y sin preparación vital. Mi padre, que ha vivido la guerra y por desgracia, también la Guerra Mundial, lo ve todo con mucha más tranquilidad, con mucha más perspectiva.

Y yo, que soy de natural pensativo, no puedo sino atormentarme no sólo con qué sucede y cómo me afecte, si no, sobre todo, por la falta de recursos para entenderlo y haberlo anticipado.

Qué le vamos a hacer. Los que siempre hemos hecho pis en la alfombra y hemos comido caliente teníamos tiempo para pensar… y esa manía nos queda.

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