
Saskia Sassen (La Haya, 1949)
Saskia Sassen ocupa la cátedra Robert S. Lynd de Sociología y es co-presidenta del Comité de Pensamiento Global de la Universidad de Columbia. Sassen ha organizado para la UNESCO un proyecto de cinco años sobre desarrollo humano sostenible con una red de investigadores y activistas en más de 30 países, el cual se publica como uno de los volúmenes de la Encyclopedia of Life Support Systems (Oxford, Reino Unido: EOLSS Publishers). Ha escrito varios libros, siendo el más reciente “Territorio, Autoridad y Derechos: De los Ensamblajes Medievales a los Ensamblajes Globales” (Katz Editores 2010). Actualmente está trabajando en “When Territory Exits Existing Frameworks” (Harvard University Press). Colabora regularmente con Open Democracy y The Huffington Post.
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Parte de su análisis sobre la globalización sugiere un proceso de “desnacionalización” del Estado, haciendo hincapié en la renuncia voluntaria de la soberanía nacional en favor de la internacionalización de la economía. Al mismo tiempo, también propone que los ciudadanos experimentan un proceso similar por el cual ahora buscan distanciarse más del estado. ¿Qué impacto tendrán estos procesos en la sociedad y en la forma en que seremos gobernados? ¿Puede la “desnacionalización” del Estado interpretarse como la fase preliminar de un gobierno mundial?
Lo que descubro en mi investigación es que lo global (ya sea una institución, un proceso, una práctica discursiva, un imaginario) lo mismo trasciende la elaboración exclusiva de los estados nacionales como, en parte, surge y opera dentro de ese marco. Visto de esta manera, la globalización es más que la representación común de un creciente interdependencia y la formación de instituciones evidentemente globales. Incluye los espacios subnacionales, los procesos y los actores [ver The World’s Third Spaces]. Lo global se estructura en parte dentro de lo nacional, y este proceso implica una desnacionalización de lo que fue construido históricamente como nacional. Esto no es parte de la definición más ampliamente aceptada de la globalización. Estoy de acuerdo con esta definición en muchos sentidos, pero me parece que deja de lado las partes críticas de lo global que se constituyen en el interior de lo nacional y, por lo tanto, deja de lado las consecuencias de esto en relación con el estado, con los ciudadanos, con la fijación de normas, con la definición de lo que es la “seguridad nacional”, con lo que es la pertenencia a la “nación”.
La concepción de la globalización (no sólo en términos de instituciones y de interdependencia mundial, sino también como cohabitación y reorganización nacional) abre una agenda muy amplia para la investigación y la política. Esto significa que la investigación sobre la globalización debe incluir estudios detallados, en concreto etnografías, de múltiples condiciones nacionales y de las dinámicas que pueden ser ocupadas por lo global (y que a menudo son lo global, pero funcionan dentro de lo nacional). Y que llevará tiempo descifrar: mucho de lo global aún lleva puesto el hábito de lo nacional.
Desde hace años, China ha estado invirtiendo fuertemente en América Latina y África, principalmente con la intención de asegurar recursos naturales como petróleo, minerales y productos agrícolas. En el caso de Venezuela, China ha concedido recientemente al régimen de Chávez un crédito de 20.000 millones de dólares a cambio de producción futura de petróleo. Brasil ha actuado de manera similar en la venta de futuros a cambio de una pequeña porción de las enormes reservas en dólares de China. ¿Se está convirtiendo China en la nueva United Fruit Company del mundo? ¿Es la aparición de una nueva forma de neocolonización el paso siguiente e inevitable en la configuración del orden económico mundial?
Podría verse como se repite la historia: el nuevo gigante ahora camina sobre los pasos que el anterior dio. Creo que hay mucho de esto. Pero he llegado a comprender que, frente a una explicación poderosa, mi primer paso es preguntarse cuáles son los puntos oscuros. En cierto modo, cuanto más fuerza tiene la explicación, más difícil es ver lo que oculta en la penumbra de su propia luz.
Así que he estado escribiendo y haciendo algo de investigación acerca de lo que puede pasar con la acumulación de recursos por parte de China, además del viejo imperialismo en la forma en que los británicos y EE.UU. ya lo hicieron.
Uno de los componentes que veo es la creación de nuevos circuitos geopolíticos [ver Sharp-Elbowed Cities] y la elaboración de geografías mundiales transversales: China en África y China en Venezuela son las geografías y los circuitos de geopolítica que no se ejecutan a través del antiguo centro imperial de nuestra historia moderna. Ese viejo centro no va a desaparecer. Lo que veo es un mundo multipolar emergente, más que el hecho de tener dos grandes superpotencias: EE.UU. y China, EE.UU. y la Unión Soviética. la transición no es de los viejos imperios: Gran Bretaña es superada por EE.UU.; EE.UU., por China, lo que también es parte de la historia hoy, pero oculta estos otros acontecimientos potencialmente más significativos.

“Los señores de la guerra pueden estar de acuerdo con las leyes y los tratados internacionales si estos no interfieren. Cuando interfieren, comienza el regateo. Y cuando esto no es suficiente, bueno, siempre quedan las pistolas”. Usted escribió esto hace casi ocho años, cuando diseccionaba la “ayuda para el regateo del sida” en Africa. Ahora que las revueltas se propagan y agitan el mundo árabe, ¿cómo piensa que Occidente se va a ocupar del “señorío de guerra” y de seguir haciendo valer su “vinculación económico-militar”?
Sí, he escrito sobre eso, ya se me había olvidado. Bueno, creo que lo que es tan extraordinario de los levantamientos (la Primavera Árabe) es la claridad de sus propósitos. Tal vez no sepan cómo conseguirlos, pero saben que no quieren un “caudillo”, un líder que funcione como un héroe. Ellos han aprendido la lección. Esto es absolutamente extraordinario.
En gran parte del África subsahariana hay movilización, pero está dirigida por un líder contra otro líder. La Primavera Árabe es muy diferente. Así que si las cosas funcionan como deberían, lo cual siempre es difícil, van a evitar tener un hombre fuerte, un señor de la guerra, que dependa de la vinculación económico-militar, e inevitablemente genere el surgimiento de otros aspirantes a señores de la guerra porque el estar arriba es lo que supone riqueza, buena vida, poder, control. Ese es el problema en países como Nigeria y Angola, que son muy ricos y no han aportado nada de desarrollo para la gente: estar en el gobierno es la mejor receta para convertirse en ricos y enriquecer a su familia y allegados. No se trata de gobernar en el sentido profundo de la palabra.
Algunos dicen que la crisis financiera actual ha dado finalmente con la prueba tangible de que una economía en constante expansión es un mito. Debates keynesiano a un lado, la crisis actual sin duda ha restringido la adopción por el mercado de nuevos consumidores y la producción ha de adaptarse a las nuevas demandas de consumidores dispuestos a abrazar un estilo de vida más sostenible. ¿No es posible que ese ajuste, que en principio parece deseable, se tradujese en una mayor brecha entre países ricos y pobres?
Me parece que aquí se están mezclando dos cuestiones distintas, así que permítame responder a lo que yo veo como dos cuestiones diferentes. Estoy trabajando en un nuevo libro (¡un libro pequeño!) que sostiene que hemos pasado de una lógica de incorporación a una de expulsión. En el periodo keynesiano (que abarca desde la década de los cuarenta hasta los años 70 en gran parte de Occidente, España era diferente…) la lógica del sistema era la incorporación de personas como consumidores. La incorporación no se trataba de ser amable con la gente, sino que se necesitaba a la gente para mantener una economía de producción en masa, de consumo masivo, de construcción masiva de viviendas en la periferia de las ciudades, etc. En la fase que se inicia en la década de los 80, la lógica del sistema es expulsar a la gente. En las últimas dos décadas el número de los “expulsados” es más grande que el de las recién “incorporadas” en clases medias de países como India y China.
Yo uso el término “expulsión” para diferenciarlo de la exclusión social. La exclusión es una categoría bien desarrollada y establecida. La exclusión social ocurre dentro del sistema. Estoy centrada en lo que es repelido del sistema. Yo uso “expulsión” para describir una diversidad de condiciones: el número creciente de pobres y de desplazados en los países más desfavorecidos y donde son almacenados en campamentos de refugiados formales e informales; de oprimidos y perseguidos en países ricos que están encerrados en las cárceles; de trabajadores cuyos cuerpos se destruyen en labores que los inutilizan a edades tempranas; de poblaciones saturadas de ghettos y barrios pobres… También incluyo el hecho de que los hijos e hijas de las clases medias de hoy tienen un menor nivel de educación, ingresos más bajos y muchas menos posibilidades de tener una casa que sus padres (los datos en EE.UU. ya lo demuestran). Ésta es también una forma de expulsión de un proyecto/promesa de clase media que nació en las décadas keynesianas.
Mi argumento es que esta expulsión masiva en realidad está poniendo de manifiesto una transformación sistémica más profunda, parcialmente documentada pero no narrada como una dinámica general que nos está llevando a una nueva fase del capitalismo global.
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