Economista Descubierta

El ayuno

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He pasado mi veraneo holgando, leyendo, durmiendo y comiendo. Sí señor, todos unos gerundios preciosos que les darán una idea de en que tipo de sitio veranea una. Hay fiestas populares, niños por la calle hasta altas horas, puesto de churros y tómbola. Y la playa no está llena de cuerpos. Es delicioso. No hace falta estar buena, basta con vestir bien. “Veraneo de traje de baño” versus “veraneo de bikini”. Ya se hacen una idea.

Así que he vuelto con mis tres kilitos de rigor, conseguidos a base de pan con mantequilla, patatas, siestas y vino. Como quiera que a partir de mañana ni pan ni vino ni mucho menos siestas, se irán por donde vinieron, aunque no a la misma velocidad.

Tengo una amiga que dice que la comida no es un tema de conversación, que se come lo que hay, y que la obsesión por la comida no denota sino el hambre atrasada de varias generaciones. Mi amiga es hija de un diplomático y se ha criado en África, así que sabe de hambre y de comida. Como en todo, parece que nos tenemos que debatir entre el elogio lujurioso de la comilona y el ayuno. Yo soy más de comilona que de ayuno; pero reconozco que, como suspendí primero de rebozado y segundo de bechamel, no hago un tema del asunto.

Me he leído este verano un artículo sobre unos que pagan 1.000 euros para hacer un curso en el cual les enseñan a ayunar. Me parto. Conocí a una que pagaba 3.000 por ir a la Buchinger, pero reconocía que iba a hacer relaciones dizque profesionales, porque pagar 3.000 euros por no comer es el colmo. Toda la vida estuvieron abiertas las hosterías de los conventos donde por 30 euros ayunas todo lo que quieras, y de paso, te recoges. Eso sí, relaciones no haces.

Estos los fulanos del ayuno del artículo afirman vivir del aire, a base de zumitos esporádicos y de “la energía que nos rodea y alimenta”. Anda que lo llego yo a saber y dejo al niño debajo de una lámpara en lugar de levantarme a darle biberones por la noche.

Así que, en el mismo periódico, me leo la necrológica del Bulli y sus cincuenta platos, cual boda de catetos, y lo de los ayunantes fascinados por la sensación de liviandad que da el hambre. Realmente la estupidez humana es asombrosa, porque lo del ayuno, lo que se dice nuevo, nuevo no es. Para el que quiera ayuno y abstinencia, miércoles de ceniza y viernes santo, y toda la cuaresma, si es menester; porque el ramadán no sirve, que por la noche te forras a comer. Ayunar no es nuevo. Pagar por ayunar es lo nuevo. Los somalíes muriéndose de hambre y estos iluminados viviendo del aire.

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