Economista Descubierta

Desde pequeñito se endereza al arbolito

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Estos últimos días he vuelto a entrevistar y asesorar a juniors, recién titulados y algunos con cierta experiencia, aunque todavía en los inicios de su carrera. No sé yo cuáles serán los jóvenes de verdad porque, si uno atiende a los medios de comunicación, o son unos desertores del arado, que ni estudian ni trabajan, y a los que hay que “reconducir” a la educación, o son la generación más preparada de todos los tiempos; tiemble Gregorio Marañón, por decir algo.

La verdad, yo me encuentro más bien dos razas: los flojitos, cuyos padres van a la universidad no ya hacerles la matrícula (tengo una amiga que dice que aquel que no es capaz de matricularse en la universidad no es digno de estudiar en ella) y los sobredirigidos, que tratan de hacer lo que sus padres les meten en la cabeza y pretenden hacer trading con 17 años, en lugar de trabajar de socorrista, que es lo que se hace el verano de 1º de bachillerato.

Y estoy entre el miedo y la esperanza. No sé yo aún si el día de mañana mi hijo será un vago incapaz de ilusionarse por nada, que medirá las ofertas de trabajo por sueldo y proximidad a su casa, pero está claro que en la medida que yo invierta mi esfuerzo, algo tendré que ver en el resultado. El otro día oí decir que, a los hijos, o se les educa o se les sufre.

Entre el miedo, porque me encuentro a cada uno al que no soy capaz de hacerle ver (ni a él ni a sus padres) que no se puede andar eligiendo cuando se tienen muchos años, ninguna experiencia y un expediente desastroso. La gente te pide ayuda pero, en el fondo, lo que quieren es que o les refuerces su opinión o decidas por ellos o, simplemente, les resuelvas la vida. Pero no quieren hacer lo que les dices que haga. Son incapaces de tomar decisiones de medio plazo porque están acostumbrados a la consecución instantánea de todo lo pretendido. Todo ha estado ahí siempre al alcance de la mano y nada constituía ni premio, ni castigo. Les gusta el producto, pero no el proceso.

Y la esperanza, porque también te encuentras a chicos trabajadores, esforzados, constantes, coherentes y llenos de ganas de seguir aprendiendo y de trabajar. Chicos que son capaces de dirigir sus esfuerzos a pesar de que el camino no sea el más fácil. Chicos capaces de estudiar lo que les gusta, y esforzarse en trabajar en lo que pueden.

Aunque no conozca a sus padres, me los imagino. Hoy mismo he visto a uno que (y me consta que no lo necesita) se está pagando él un máster porque “sus padres ya le han pagado la carrera”.

No están educados en la competitividad sino en la competencia, y ser competente no es igual que ser competitivo. Y si eres competente, ganas sin necesidad de ser competitivo, porque tu valía se reconoce.

Sufro a veces porque me veo a mí misma como una madrastrona que riñe sin parar, que prohibe, castiga y muchas veces se olvida de reforzar lo positivo. Añoro aquella infancia de una España que se parecía a Alemania del Este donde no se podía elegir y todo era más fácil, pero esto ha cambiado y me parece que tengo que ser más fuerte, aunque esté más sola.

Porque no quiero criar desgraciados, no quiero niños que lo tengan todo fácil. No quiero encontrarme con pazguatos que siguen sin haber sido capaces de ganarse las cosas por sí mismos, no quiero adultos infantiles, no quiero ser yo la culpable de la desgracia futura. Y no sé si lo haré bien o mal, porque desgraciadamente la bola de cristal la tengo empañada, pero siento que no puedo hacerlo de otra manera.

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