Economista Descubierta

Casual Friday

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En el curso básico de “Formas y buenos modales abren puertas principales” (que todo niño debería recibir en clase de Educación para la Ciudadanía) habría que dedicar un tema principal a qué se puede uno poner para ir a trabajar, independientemente de donde trabaje.

Llega el verano y la guerra del aire acondicionado. Ya tengo a las dos secretarias de mi planta peleadas porque la menopáusica tiene calores y la flaca, frío. Ya tengo a todos los de servicios generales enseñando las canillas y, lo que es peor, los dedos.

La empresa, que quiere ser ecosostenible, ha decretado que no es necesario llevar traje y hemos pasado de la chaqueta de color berenjena al pantalón lleno de bolsillos porque lo ha mandado el calendario.

Vestir bien es caro y está la cosa muy achuchada pero, gracias a Amancio y a todas sus filiales, se puede ir medio decente sin arruinarse. Es difícil ir bien vestido, pero es fácil ir decentemente vestido, o al menos, ir vestido.

Recuerdo que mi amiga C.W. siempre contaba que, en su empresa, una vez tuvieron que recordarle a un empleado que el pantalón de peto vaya y pase, pero que había que llevar algo debajo.

A veces creo que la gente no tiene espejos en su casa, o su madre les quiere muchísimo. Y es que ya saben que hasta a los cuervos les parecen sus hijos guapos.

Entra uno en la oficina y a veces incluso espera encontrar la mesa plegable, el transistor y la sandía; y tiene que recordarle a la gente que en una oficina no se pone la radio; que esto no es el taller de la modista, sino una empresa que, además de ser Best Place to Work, tiene un presidente la mar de guapo y bien vestido.

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