Jorge Suárez

Camellos y ornitorrincos

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Se dice que un camello es un caballo diseñado por un comité. Con el mismo criterio, quizá un ornitorrinco sea un perro diseñado por políticos. Cuando parece imposible complicar algo más allá de lo que ya lo está, los políticos son siempre capaces de sorprendernos.

En uno de los ejercicios más fascinantes que he visto, demócratas y republicanos se han enfrascado en una gresca que es casi tan pueril como es dogmática. Sin embargo, hay mucho más de fondo que lo que es evidente a simple vista.

Permítame darle antecedentes. Estados Unidos y Dinamarca son los únicos países del mundo donde se requiere autorización legislativa en forma separada para el gasto público y para el endeudamiento gubernamental. Aprobar un “techo de endeudamiento” es fútil debido a que es también el congreso quien aprueba el presupuesto. El endeudamiento es sólo la consecuencia de esa aprobación. Por ello, en mi opinión, este es un procedimiento redundante que se vuelve un vehículo extremadamente peligroso. Por una parte, es una potencial herramienta de extorsión, particularmente cuando el partido en la Casa Blanca es diferente al que controla las cámaras; por otra, el proceso en sí puede volverse complejo cuando hay pocos alicientes para que cada legislador en lo individual esté dispuesto a asumir el costo de votar públicamente a favor de que el gobierno se endeude. Por ello, el presidente Obama tiene poco que exigir cuando él mismo, cuando era senador por el estado de Illiinois, votó en contra de elevar el techo de endeudamiento durante la presidencia de George W. Bush en 2006.

En condiciones normales, el techo de endeudamiento se ha elevado sin altercados mayores; 74 veces desde marzo de 1962 y diez veces tan sólo en los últimos diez años. Pero un siguiente nivel de complejidad proviene del simple hecho que este proceso ocurre hoy en medio de la peor crisis económica desde la Gran Depresión. Eso hace que éste sea el campo de batalla perfecto donde ambos partidos se señalen mutuamente como los causantes no sólo de la debacle fiscal actual, sino también del alto desempleo y de la crisis económica en su totalidad.

Me sorprende que los políticos se lancen a afirmar -producto de la desfachatez, de la ignorancia, de la estupidez, o de una combinación de éstas- que una crisis cuyos orígenes podríamos rastrear por décadas, es la culpa de tal o cual oponente por algo que éste o aquel hizo en los últimos meses. Me recuerda a un compañero en mi primer trabajo en una institución financiera quien afirmaba que un tercero se había quedado calvo porque un año antes empezó a utilizar un secador eléctrico para el cabello (el hecho que el papá, el abuelo y todos los hermanos eran calvos también, seguro no tenía que ver nada con genética sino con sus hábitos de peinado).

En un momento en el que ambos partidos tratan de posicionarse para una contienda electoral en 2012, el techo de endeudamiento se vuelve, entonces, el ring perfecto para tundirse a golpes. A los republicanos les urge lavar sus pecados y quitarle culpa a la extrema irresponsabilidad fiscal del gobierno de Bush Jr. La oficina presupuestal del congreso estima que el endeudamiento estadounidense pasó de 24% del Producto Interno Bruto a 40.8% durante su presidencia. Buena parte de ese endeudamiento ocurrió en medio de un boom económico sin precedente. Los demócratas necesitan evitar que esta se vuelva una crisis obviamente de la administración de Obama, pero cada día que pasa lo es más.

En ciclos normales, la situación fiscal de los gobiernos mejora sustancialmente en la fase expansiva de éstos, pues la recaudación fiscal crece exponencialmente como reflejo de que la gente está empleada, de que quienes más tienen (y más pesan en la recaudación fiscal) están ganando mucho dinero, de que usualmente tienen utilidades invirtiendo en la bolsa y, en este ciclo en particular, de que ganaron dinero a manos llenas en transacciones inmobiliarias. Pero el ciclo de Bush fue diferente. Durante la fase expansiva, se respondió al excedente en la recaudación con gasto creciente. En 2003, con el propósito de ganar popularidad con electores de edad avanzada, pasó la ley que cubría -dentro del programa de Medicare- el costo de medicamentos con prescripción médica. El costo de este beneficio se estimaba en 1.2 billones (millones de millones) de dólares para el periodo entre 2006 y 2015; evidentemente, no se previó cómo financiarlo. Igualmente, Bush decidió invadir Afganistán e Irak, lo cual ha costado cuando menos otro billón en los últimos diez años (o quizá bastante más, según algunos estimados), sin tampoco fondear el costo de las guerras en forma específica. La lógica de los gobiernos de Bush era que si había ingresos extraordinarios, seguro seguiría habiéndolos para siempre, por lo que había que utilizarlos para dejar contenta a la clientela del partido republicano Los contratistas militares -entre otros- tuvieron ingresos en niveles que antes ni soñaban, y por ello los reciclaron generosamente para financiar campañas de ese partido.

Pero, en el último año de la administración de Bush reventó la crisis y ésta pilló al gobierno sin el “ahorro” que podría haberse acumulado durante los años de bonanza. Y aquí se vuelve importante entender los dos componentes de la crisis fiscal: uno es el déficit, el otro es el endeudamiento. Tan increíble como puede parecer, congresistas, analistas, e incontables líderes de opinión utilizan alternativamente uno u otro término. Cuando hablamos de déficit fiscal, nos referimos a la diferencia entre lo que el gobierno recauda y lo que gasta. Típicamente, como le ocurriría a un individuo, a una familia o a una empresa, si el gasto es superior a su ingreso, tiene que vender bienes o financiar la diferencia con deuda. Si se trata de una familia, recurrirán a que les preste un pariente, a usar tarjetas de crédito o a pedir crédito bancario directo; cuando es el gobierno o una empresa quien se endeuda, pueden recurrir a emitir bonos, donde se compromete a pagar la deuda más adelante, pagando un interés por el préstamo, mientras tanto. Entonces, el gobierno ha adquirido deuda en los últimos años para cubrir los faltantes que va teniendo cada ejercicio, y ésta hoy suma 14.3 millones de millones de dólares, la deuda total del gobierno federal equivale más o menos al tamaño total de la economía.

Estados Unidos alcanzó déficit fiscales históricamente altos a partir de 2009, como consecuencia no sólo del colapso en la recaudación fiscal imputable a la crisis, sino también porque el gasto público explotó por los rescates de los bancos, de las empresas automotrices, de Fannie Mae y Freddie Mac, de deudores hipotecarios, de estados y municipios, etcétera. Una vez que entró Obama a la presidencia, él también empezó a hacerse cargo -en plena crisis- de las necesidades de la clientela del partido demócrata. Con el pretexto de estimular la economía, abrió la llave del gasto para sostener, por tanto tiempo como pudo, los niveles de empleo entre trabajadores públicos, maestros de escuelas públicas, y otros miembros de sindicatos que apoyan incuestionablemente al partido demócrata. Esto incluyó la ayuda a los sindicatos de la industria automotriz, como el de Chrysler, al cual privilegió para que los trabajadores recibieran su liquidación antes de que los tenedores de bonos emitidos por esa empresa recibieran su dinero, alterando arbitrariamente el proceso de liquidación. Violó la ley de quiebra en forma flagrante y particularmente vergonzosa, proviniendo esta medida de la presidencia de Obama, quien fuera profesor de derecho constitucional.

En reciprocidad, los sindicatos tanto públicos como privados, han respondido donando generosamente a las campañas demócratas en un proceso que parece extremadamente peligroso: imponen cuotas obligatorias a los trabajadores, las reciclan para financiar las campañas de los políticos que les convienen, y los políticos retribuyen su lealtad al garantizar suficiente gasto público para mantener altos niveles de empleo entre burócratas. Mitt Romney, el precandidato republicano más serio para la contienda presidencial del año que viene, dice que hay que reconocer que Obama heredó la crisis, pero también hay que aceptar que ha contribuido a empeorarla; estoy de acuerdo con él.

Lo que es particularmente dañino en este momento es que a la tensión natural en cualquier crisis de esta magnitud, hay que agregar la que proviene de tener comicios electorales el año que viene. En éstos, Obama tratará de reelegirse, mientras que los republicanos que antes sólo parecían estar orientados a recuperar la mayoría en el senado (manteniendo la que obtuvieron en la cámara baja en la elección reciente), empiezan a abrigar la esperanza de que podrían limitar su presidencia a un solo término, dada la caída en la popularidad del presidente.

Sin duda, la posibilidad o no de que el presidente Obama se reelija dependerá de la evolución de la economía en los próximos 15 meses. El desempleo ha repuntado; 16.2% de los trabajadores están desempleados o involuntariamente subempleados y nunca había sido tan largo el período promedio que el desempleado típico lleva fuera de la fuerza laboral. Las familias estadounidenses están, además, endeudadas y el valor de su principal activo, su vivienda, sigue a la baja. El consumo, que es más de 70% del PIB estadounidense, se encuentra deprimido, y consecuentemente la inversión privada también lo está. En una situación así, el gasto público tiene que compensar, al menos parcialmente, la contracción. 2010 fue el primer año en el que las familias estadounidenses recibieron más en apoyos del gobierno de lo que pagaron de impuestos (2.3 versus 2.2 millones de millones de dólares).

El gasto subió y la recaudación federal bajó, pasó de ser 18% del PIB -promedio de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial- a 14.4%. En medio de una crisis como ésta, la reducción es más que lógica. Conforme la situación se normalice, lo cual ocurrirá lentamente, el gobierno regresará a sus niveles previos de recaudación. El déficit del gobierno ha sido, dada la combinación de todo lo anterior, enorme. En 2008, en la época pre-crisis durante la presidencia de Bush, se estimaba que el déficit en 2011 sería sólo 54 mil millones de dólares (0.3% del PIB), acabará siendo alrededor de 1.64 billones (millones de millones), o 10.9% del PIB. Se estima que alrededor de 58% del incremento en el déficit se explica por la caída en la recaudación y 42% por el crecimiento en el gasto.

Y es justo esta condición la que sienta la mesa para que ahora se saquen los ojos los ideólogos detrás de cada partido. Hay ejércitos de comentaristas en uno y otro bando, y siempre cuentan con algún economista miope que utiliza la luz del reflector para pregonar su ideología haciendo generalizaciones brutales, e ignorando totalmente realidades que son mucho más complejas que la lección en el libro de texto. John Kenneth Galbraith decía que “un economista sabio es aquel que reconoce el alcance de sus propias generalizaciones”, hoy hay muy pocos que lo hagan.

Para los republicanos, todo el problema proviene de un gasto público desenfrenado porque los demócratas quieren llevar a Estados Unidos al socialismo y, por ello, buscan hacer una redistribución quitándole su riqueza a quienes han emprendido y han tomado riesgos, para dársela a la creciente población que simplemente estira la mano para recibir la beneficencia del estado. Para los demócratas, el problema proviene de la baja recaudación fiscal donde “la gente mas afortunada” (palabras textuales de Obama) se reúsa a contribuir lo que es socialmente justo, particularmente dado que ha habido una real polarización en el ingreso, donde el 1% que más tiene recibe 20% del ingreso, cuando en 1960 recibía 8%.

Ambos partidos recurren a decir medias verdades en un ejercicio que es el epítome de la irresponsabilidad. Aquí van algunas de las cosas que no dicen.

Los republicanos no dicen que:

  • La recaudación ha caído por la crisis económica. Pensar que debe congelarse en los niveles actuales (14.4%) sería suicida. Aún en momentos normales, la recaudación federal es alrededor de 18% del PIB y, si incluimos recaudación a nivel estatal y local, es alrededor de 26%. Países como Francia o Alemania recaudan, normalmente, alrededor de 20 puntos porcentuales más.
  • Los republicanos confunden aumentar tasas de impuesto con aumentar recaudación. Hay que hacer la última sin la primera. Urge reformar el código fiscal. Éste es obsoleto, complejo y absurdo. Al gobierno le cuesta miles de millones de dólares recaudar impuestos. La solución real está en quitar exenciones y deducciones, y bajar significativamente la tasa de impuestos. Pero esta medida afectaría, por ejemplo, a miles de organizaciones “religiosas” (que son todo menos eso) que donan a manos llenas al partido republicano. También afectaría a manejadores de “hedge funds” cuyo ingreso se califica como ganancia de capital y no como ingreso (pagando así menos de la mitad del impuesto), y a multimillonarios que aprovechan hasta la última deducción en el código fiscal para hacer planeación patrimonial agresiva, reduciendo fuertemente la tasa efectiva que pagan. Alguien como Warren Buffet paga poco más de la mitad de la tasa federal efectiva que un ejecutivo típico de ingreso medio (que gana quizá menos de la milésima parte de lo que el primero recibe en un año) debido a que el primero gasta una fortuna en equipos de planeación fiscal para utilizar hasta la ultima deducción que permite el código fiscal, además de que se puede dar el lujo de ser más agresivo y enfrentarse con el servicio de recaudación interna (IRS) en caso de litigio.

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