Álvaro Santana Acuña

«El 23-F Suárez se sintió más Suárez que nunca»

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Portada del libro Adolfo Suárez, biografía política (Planeta, 2011)

Adolfo Suárez (Planeta, 2011)

Autor de la exitosa biografía política Adolfo Suárez (Planeta, 2011), Juan Francisco Fuentes reflexiona en esta entrevista sobre la crisis actual y su relación con la crisis de los setenta, también explica por qué hay que defender la transición española de continuos ataques inmisericordes y detalla cuáles son los documentos inéditos sobre Suárez que usó para escribir la biografía. No se olvida tampoco de evaluar las actuaciones del PCE y el PSOE durante la transición. Fuentes revela además que la verdadera historia del intento de golpe de estado del 23-F resulta menos atractiva que la más insulsa de las teorías conspirativas, y, a petición de TRUMAN, se arriesga a un ejercicio de historia contrafactual: «¿que habría pasado con la reforma constitucional si Suárez fuese hoy presidente del gobierno?»

Juan Francisco Fuentes, catedrático de Historia en la Universidad Complutense, es autor entre otros libros de Francisco Largo Caballero: el Lenin español y Luis Araquistáin y el socialismo español en el exilio. Asimismo, junto con Javier Fernández Sebastián, dirigió el Diccionario político y social del siglo XIX español y su homólogo dedicado al siglo XX. Ha publicado cerca de un centenar de artículos en revistas especializadas y el verano pasado dirigió el grupo de investigación avanzada, Atlantic Empires: From Empire to Nation. En la actualidad es profesor visitante en la Universidad de Harvard.

¿Por qué decidió escribir una biografía política de Adolfo Suárez y, sobre todo, por qué publicarla este año, cuando el debate sobre la «memoria histórica» no cesa, la crítica revisionista de la transición democrática gana más adeptos, España está inmersa en una crisis de consecuencias imprevisibles y el proyecto de la Unión Europea (simbolizado por el Euro) parece hacer aguas?

La idea me la sugirió Juan Linz hace tres años en una charla que tuvimos en su casa en Connecticut (EEUU). Hablamos del injusto revisionismo que está sufriendo la transición y de la necesidad de hacer pedagogía democrática sobre la historia de la transición. A mi vuelta a España se lo comenté a algunos amigos que me animaron a poner manos a la obra. Especialmente decisivo fue el apoyo de Gregorio Marañón, quien no sólo me animó a ello sino que puso a mi disposición su acceso a personalidades clave. Al escribirla vi claro que la publicación tenía que ser enero-febrero de 2011, por el 30 aniversario de la dimisión de Suárez y del 23-F.

Sí, es cierto que mi libro va un poco contracorriente del debate sobre la memoria histórica. En cuanto a la crisis, al hablar con personas que vivieron la transición en primera línea, nos hemos preguntado si el momento actual es más difícil que aquél e incluso comparable a la crisis de los años 30. Yo no lo creo, si bien hay un cierto paralelismo con la crisis de los setenta, que fue una crisis política, social y económica. La «larga pesadilla» se llamó en EEUU, los «años de plomo» en Italia y el «desencanto» en España.

Usted ha sido el primero en usar el archivo del abogado Jorge Trías Sagnier que contiene, nos dice, «el mejor fondo documental» sobre Suárez, pues lo produjo Eduardo Navarro Álvarez, el alter-ego del biografiado y una de las personas que mejor le conoció. Pero, ¿cuál es la principal novedad de su biografía más allá del uso de nuevas fuentes históricas?

En primer lugar, es la primera biografía escrita por un historiador. Las anteriores las escribieron periodistas, amigos o compañeros de partido. Tenía claro que si la escribía sería con papeles históricos de por medio y que la completaría con entrevistas y otras fuentes como la prensa. Mi biografía política combina el conocimiento de los procesos históricos en los que estuvo inmerso el personaje con un componente psicológico que es fundamental en este género. Si no te metes en el personaje, el libro no conseguirá ser una buena biografía. Por eso, es tan importante la relación personal entre Suárez y Eduardo Navarro porque en la mayoría de las cosas no se podían parecer menos. Ese contraste entre ambos ayuda a entender mejor a Suárez.

Al comienzo del libro se destila la imagen de un Suárez influenciado por la figura de Kennedy. Gracias a su experiencia como director de RTVE, conoció pronto la importancia mediática de la tele y la utilizó (como Kennedy) con un gran beneficio político. Pero convertido en presidente, Suárez se distanció de los medios, invadiendo la esfera de poder del Rey y radicalizando su intervencionismo presidencialista, lo cual desembocaría en graves conflictos dentro de su partido, la UCD. ¿Podría afirmarse que Suárez acabó comportándose como un «caudillo democrático»?

Se ha dicho muchas veces que la historia reciente de España no se ha desprendido de ciertos (malos) hábitos del pasado. El caudillismo es uno de ellos, aunque hay que recordar que el caudillismo del siglo XIX tuvo casi siempre un carácter liberal. A Felipe González se le acusó de eso (véase el libro La ambición del César o las memorias de Pablo Castellano). Sin embargo creo que es un tópico poco útil en términos históricos. No cabe duda de que Suárez tenía una concepción claramente presidencialista de la democracia, con una aversión apenas reprimida hacia los partidos políticos, el parlamentarismo y la clase política. Se lo podríamos atribuir a sus orígenes franquistas, pero considero que esos prejuicios han estado siempre muy presentes en una cultura política española de amplio espectro que va del anarquismo a la extrema derecha, pasando por las diversas modalidades de populismo y regeneracionismo.

En su libro el PSOE no sale bien parado como un partido dinamizador de la transición. Al contrario, atraerse al PSOE fue para Suárez una tarea descomunal. Acaso, ¿fue el PCE de Santiago Carrillo y no el PSOE de González el partido que realmente tiró del carro de la joven democracia española desde la izquierda?

En general tengo una buena opinión del papel del PSOE en la historia reciente de España, sobre todo durante sus primeros años de gobierno. También es cierto que en algún momento de la transición tensó demasiado la cuerda; aunque nunca llegó a traspasar ciertas líneas rojas que comportaban un peligro de desestabilización. La diferente actitud del PSOE y del PCE durante la transición radicó en que el PCE debía justificar a diario su legalización y así ofrecer un ejemplo claro de moderación y de responsabilidad. El PSOE, en cambio, no debía pagar ese «peaje» porque sabía que sin él no había ni transición ni democracia posible, por lo que se permitió el lujo de mostrarse intransigente en algunas circunstancias y de jugar a un cierto radicalismo izquierdista, más bien de cara a la galería.

Como le iban las situaciones límite, el 23-F Suárez se sintió más Suárez que nunca.

¿Cuál cree usted que fueron el día más feliz y el más amargo de la transición para Suárez? A bote pronto, puede pensarse en su nombramiento como presidente del gobierno por el Rey. Y, en lo negativo, acaso fue el intento fallido de golpe de estado del 23 de febrero de 1981. ¿Está de acuerdo?

Según lo que he leído y lo que me han contado personas muy cercanas a Suárez, el momento más feliz de su vida política fue la sesión inaugural de las primeras Cortes democráticas en julio de 1977. En lo negativo destacaría, desde luego, la semana negra de enero del mismo año, cuando Suárez (y con él mucha gente) pensó que la transición se iba al traste. Para Suárez, personalmente, el momento más amargo fue la moción de censura del PSOE en mayo de 1980. ¿El 23-F? Al principio, sin duda existían motivos para temer lo peor. Superada la primera media hora dramática y como no llegaba la «autoridad militar competente», Suárez debió de entender que la situación podía remediarse. Como le iban las situaciones límite, el 23-F Suárez se sintió más Suárez que nunca.

Una de las mejores partes del libro es su análisis del golpe. Con templanza y elegancia se permite incluso desmontar las más peregrinas teorías conspirativas. ¿Piensa que abordar el 23-F a través de un personaje tan clave como Suárez le permitió entender y desenredar con mayor facilidad la madeja de las conexiones golpistas?

Meterme en su piel y en su cabeza para entender y revivir el 23-F fue una experiencia apasionante. No resultó nada fácil, porque era preciso prescindir de lo que sabía para comprender la actitud del personaje ante unos hechos que se van desenvolviendo poco a poco. Suárez intenta frustrarlo como buenamente pudo, pero en aquel momento estaba casi completamente solo. Al investigar el golpe, entendí hasta qué punto cualquier teoría conspirativa, por delirante que sea, será casi siempre más convincente que la cruda realidad, con todas sus contradicciones, todos sus contrasentidos y sus cabos sueltos. Desde el punto de vista narrativo, la historia verdadera resulta un auténtico desastre. Por eso suelo decir que la historia es siempre un relato imperfecto; a diferencia de las teorías conspirativas, de las novelas policiacas o del periodismo de investigación, que tienen la rara e inútil virtud de que todo encaje perfectamente.

Precisamente, ¿en qué medida su aproximación casi micro-histórica al 23-F discrepa con «investigaciones» literarias como la de Javier Cercas en Anatomía de un instante?

Es una obra concebida con todas las ventajas de la novela y de la historia al mismo tiempo. Que Cercas aceptase el Premio Nacional de Narrativa confirma que su libro es eso y nada más que eso: una novela histórica. Me parece un excelente libro menor en una modalidad literaria de la que Cercas es un maestro consumado.

Usted dedica una sección (muy novedosa, por cierto) a estudiar la difusión de la palabra «consenso». A quienes siguen sus trabajos este interés suyo por las palabras no les pillará desprevenidos. En la biografía de Suárez, analiza cómo «consenso» pasó de ser un cultismo académico a una palabra en boca de todos, desde los políticos hasta las amas de casa. ¿Por qué, para un historiador, son tan importantes las palabras e investigar cómo se usan?

La historia se hace con palabras y se puede decir incluso que nace con ellas: con el lenguaje y sobre todo con la escritura. Está en la condición humana y en ese sentido la biografía de cualquier personaje es la historia de su lenguaje: de la forma en que evoluciona, de las palabras que le gustan y le disgustan y también de sus silencios. Por otro lado, biografía e historia conceptual están más cerca entre sí de lo que podría parecer. La biografía retrata la trayectoria de una persona a través de lo que dice y hace. La historia conceptual, tal como la entiendo, se compone de microbiografías de palabras que en ocasiones nacen, viven y mueren.

Hay que reivindicar la transición y protegerla para la legitimidad y la salud de nuestra democracia.

A la clase política española (hoy en su mayoría formada por nietos de combatientes en la Guerra Civil) se la ha acusado de volverse cada vez más amnésica hacia los logros de la transición. ¿Responde a este objetivo de luchar contra la «desmemoria histórica» su epílogo del libro: «Elogio de la transición»?

Sin duda. Hay que reivindicar la transición y protegerla de ataques no sólo injustos, sino peligrosos para la legitimidad y la salud de nuestra democracia. Además atacarla es absurdo desde el punto de vista de la izquierda, pues implica renegar de un proceso de transición política que en gran parte se nutrió de las enseñanzas, de las reflexiones y del esfuerzo de la izquierda derrotada en 1939. Pocos dudan de que el boom de la memoria histórica tuvo mucho que ver con el ciclo político que ahora termina. Mi pregunta es si además terminará con él. Pronto sabremos si el zapaterismo historiográfico sobrevive al zapaterismo político.

Se dice que los mejores biógrafos llegan a pensar como su biografiado. Si esto es cierto, ¿se atrevería a decirnos qué opinaría Suárez sobre el movimiento del 15-M? ¿Pensaría que ha llegado, en palabras de Josep Ramoneda, «el final de la democracia posfranquista»?

Como casi todo el mundo, Suárez se identificaría con el 15-M debido a varias de sus críticas hacia la democracia. Es imposible no compartir parte de los sentimientos tan abstractos y hasta contradictorios que inspira el movimiento. Ahora bien, Suárez conectaría sobre todo con el rechazo a los partidos y a la clase política, y con el espíritu populista del movimiento. En otros apartados, se ubicaría en las antípodas del 15-M. Sobre si hemos llegado al final de la «democracia posfranquista», tal concepto me parece una perversión lingüística destinada a deslegitimar a la transición y a la democracia.

Fotografía de Juan Francisco Fuentes

Juan Francisco Fuentes

Si «consenso» fue la palabra clave para construir la democracia, ¿cuál cree que es hoy la palabra que define el arte de la política en España?

Creo que los conceptos que representan el debate público en España son memoria histórica, red y regeneración. Llama la atención la vitalidad incombustible de esta última palabra, con más de dos siglos de vigencia y cuando hace un siglo parecía ya completamente desprestigiada, a fuerza de usarla tanto. Pero deseo matizar que no siempre las palabras más usadas en un momento dado son las más importantes. Hay conceptos clave para entender la realidad que apenas aparecen en el debate público, incluso que se expresan con dificultad a través de uno o varios términos. Es muy difícil saber, sin la necesaria perspectiva, cuál es el concepto determinante de un momento histórico dado y cómo y cuándo se lexicaliza en el lenguaje. Ahora bien, me atrevo a aventurar una hipótesis: si hay un concepto nuclear en lo que estamos viviendo no tiene que ver con las expresiones que triunfan en el lenguaje político-mediático, porque la agenda mediática suele ser una pista falsa para entender lo que nos pasa.

Entre numerosos historiadores se ha popularizado la historia contrafactual, o sea, investigar el «¿qué habría pasado sí…?». Desoyendo a la mayoría dentro y fuera del Congreso, los dos partidos mayoritarios, PP y PSOE, han acordado cambiar la Constitución para dejar fuera de ella el tope de déficit e incluir un principio genérico de estabilidad presupuestaria. ¿Es políticamente legítimo cambiar una Constitución sin el mismo «consenso» que fue necesario para redactarla? Si, como usted dijo, a Suárez le iban las situaciones límite, ¿qué habría hecho hoy si fuese presidente?

La solución adoptada es la menos mala de las posibles. Existe consenso entre el PSOE y el PP, pero falta el respaldo social. Ampliar el consenso a los nacionalistas o a Izquierda Unida hubiera implicado pagar un precio político aún mayor por una reforma desgraciadamente –me temo– necesaria. Hacerla sin un referéndum agrava la crisis de legitimidad de la democracia, ya grave de por sí. Pero los ciudadanos pueden convertir las elecciones del 20-N en un voto de protesta. Si el resultado electoral es el que me imagino, la reforma será respaldada tácitamente por la ciudadanía. Por cierto, ahora que tanto se compara la democracia actual con la Segunda República, conviene recordar que la Constitución de 1931 nunca se sometió a referéndum. Sobre la posición que hubiera adoptado Suárez hoy, lo más difícil es asumir la impopularidad de una reforma como ésta. ¿Más consenso? ¿A qué precio? Quizás Suárez hubiera seguido el consejo que una vez le dio a un amigo: «La vida siempre te ofrece dos caminos, el fácil y el difícil. Cuando dudes, elige siempre el difícil».

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