Luis Martín

«El gran reto de la comunicación científica es llegar a muchas más personas» –Pere Estupinyà

Disminuir tamaño de fuente Aumentar tamaño de fuente Texto Imprimir esta página
Pere Estupinyà

Pere Estupinyà (Tortosa, 1974)

Pere Estupinyà es un químico y bioquímico que abandonó su doctorado en genética para dedicarse a la difusión del conocimiento científico. Fue guionista y editor del programa «Redes» presentado por Eduard Punset en TVE y profesor de “Ciencia, Tecnología y Sociedad” en la Universidad Ramon Llull. Ha escrito sobre ciencia en El País, Público, El Mundo, La Vanguardia y la revista Muy Interesante. En 2007 pasó un año en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y la Universidad de Harvard con la prestigiosa beca Knight de periodismo científico. Actualmente reside en Washington, D.C. donde trabaja en los Institutos Nacionales de la Salud de EE.UU., analiza el periodismo científico en América Latina para el Knight Tracker en español del MIT, ejerce como consultor en la Organización de Estados Americanos y el Banco Interamericano de Desarrollo, imparte conferencias, cursos de comunicación científica y alimenta el blog en El País “Apuntes científicos desde el MIT” Pere actualmente se encuentra en España promocionando su libro, “El Ladrón de Cerebros”: su primer proyecto editorial para difundir la ciencia al gran público.


“El Ladrón de Cerebros” (Editorial Debate) no consta como tu primer asalto a la ciencia. Llevas años “robando” conocimientos y difundiéndolos en tus blogs y colaboraciones periodísticas. ¿Qué te inspiró a compartir las joyas más selectas de tu botín en un sólo cofre?

Bueno, de alguna manera todos hacemos lo mismo: cuando descubres algo que te sorprende, buscas inmediatamente a alguien cercano para explicarlo y compartirlo. A mí desde el principio me ocurrió con la ciencia. Leía artículos, veía tertulias televisivas, charlaba con compañeros de facultad e iba esparciendo lo que aprendía. Vi que tenía aptitudes para comunicar y planteé seriamente convertir la divulgación científica en mi actividad profesional. En el paso de afición a profesión a veces se pierde un poco el encanto, pero yo siempre lo he intentado mantener escogiendo por mí mismo los temas que me interesa abordar. Y aquí el libro encajaba perfectamente. Cuando gané la beca y tuve la oportunidad de estar un año en el MIT y Harvard aprendiendo sobre lo que más me interesara, inmediatamente pensé en escribir un libro para recoger todo lo que iba a aprender. Luego vi que un blog en El País era un mejor formato, pero la ilusión de reunir todo lo mejorcito en un libro siempre estuvo presente.

En tu libro relatas cómo en ocasiones has participado como “conejillo de indias” en experimentos científicos. ¿Cuál de ellos te ha resultado más revelador?

Sin duda, cuando me activaban por estimulación eléctrica transcraneal una zona específica de mi córtex cerebral mientras realizaba una tarea cognitiva, y en teoría, gracias a ello yo estaba aprendiendo más rápido. Eran los Institutos Nacionales de Salud de EE.UU. en Bethesda, al lado de Washington, D.C. Después del experimento, me llevaron a otra sala donde un paciente que había sufrido una embolia, y tenía parte de su cerebro paralizado, estaba haciendo recuperación motora con un casco de estimulación eléctrico parecido al mío para ver si mejoraba más rápido.

Otra vez, en Boston, me pidieron mentir adrede sobre unas fechas bajo un escáner de resonancia magnética funcional (fMRI). Una zona específica de mi cerebro se iluminaba cuando mentía. Pero en una de las repeticiones también me pidieron mover los dedos de la mano izquierda mientras mentía. Yo, evidentemente, no sabía para qué era todo eso. Al final me explicaron que estaban poniendo a prueba el fMRI como detector de mentiras. Su hipótesis era que un leve movimiento de los dedos ya afectaba a la señal e invalidaría el fMRI como detector. Así fue al final. Algunas empresas estaban ofreciendo ya estas pruebas, pero otros científicos las ponían en entredicho experimentalmente.

Cuando gané la beca del MIT y tuve la oportunidad de estar un año allí y en Harvard aprendiendo sobre lo que más me interesara, inmediatamente pensé en escribir un libro para recoger todo lo que iba a aprender.

¿Cuál es el cerebro que más tesoros te ha aportado?

Hay muchísimos, pero recuerdo estar hablando con el biólogo molecular de 96 años Paul Zamecnik, que todavía iba a diario a su laboratorio de Harvard, y de golpe darme cuenta que cuando en 1953 Watson y Crick descubrieron la estructura del ADN… ¡Zamecnik tenía 40 años y ya era un científico en plenitud!. El repaso que hicimos a cómo había cambiado la biología molecular en sólo una vida humana fue espectacular espectacular. De Zamecnik se dijo (falleció hace unos meses) que era el científico que más merecía el Nobel y no lo tenía, por haber sido codescubridor del ARN de transferencia. Le pregunté qué le mantenía en el laboratorio y me dijo que cuando a sus 65 años tocaba jubilarse, acababan de lograr insertar el gen de una bacteria en otra diferente. Y pensó: “¿Cómo voy a parar ahora? ¡Esto es excitante!”

"El Ladrón de Cerebros"

El Ladrón de Cerebros (Editorial Debate)

Carl Sagan fue para muchos el divulgador científico por excelencia que además ponía a relieve la necesidad de defender la ciencia sobre la “pseudociencia”. En “Contacto”, Sagan se adentraba en el mundo de la ficción para acariciar una de sus inquietudes científicas: la vida fuera del planeta Tierra. ¿Qué sueño te gustaría que la ciencia confirmara o revelara?

A título intelectual, el origen del Universo: cómo aparece la materia de la nada. Pero, a nivel práctico, el desarrollo de una fuente de energía limpia que pueda sustituir a los combustibles fósiles, vencer al cáncer y todo lo que tiene que ver con la lucha contra la pobreza extrema. Este siglo podría ser el primero de la historia sin hambre, enfermedades endémicas y pobreza extrema (la que mata, como dice Jeffrey Sachs). Con estabilidad política no es un reto imposible. Y la ciencia puede aportar mucho. Lo de la pseudociencia es importantísimo. Y lo veo cuando una amiga, experta en patentes farmacéuticas de una ONG de Washington, me dice que va a países africanos y en plena reunión ve cómo los gobernantes consultan a astrólogos para tomar ciertas decisiones.

¿Qué servicio están prestando las nuevas tecnologías de la información en la divulgación científica?

Radical. Ahora las preguntas son más importantes que las respuestas. Y además, los propios científicos pueden ser fuente de información directa. Esto no está todavía suficientemente explotado por el periodismo. También ahora que la gente tiene más libertad de escoger lo que lee, en lugar de pasarle de forma pasiva una noticia tras otra en un telediario, se ha demostrado que la ciencia interesa muchísimo más de lo que los editores pensaban. Muy a menudo las noticias científicas aparecen en los rankings de las 10 más leídas.

La respuesta más científica a ¿Dios existe? es “no lo sé”.

En una entrevista reciente, el ex secretario de Estado de Investigación, Carlos Martínez Alonso nos decía que una de las características de la ciencia “es que no existen verdades absolutas, cánones indiscutibles y eternos como existen en las religiones”. En tu labor de divulgación científica, ¿cómo abordas las inevitables fricciones entre ciencia, espiritualidad y religión?

Ya sé que suena poco original, pero yo las concibo como agua y aceite. Ciencia y dogmas religiosos comparten preguntas, pero la manera de responderlas es metodológicamente opuesta. Hay muchos científicos creyentes intentando combinarlas pero yo creo que en lo más íntimo es imposible. Se pueden alternar perfectamente, pero no fundir. La respuesta más científica a ¿Dios existe? Es “no lo sé”. Porque si dices “creo que no”, ya estás “creyendo” en algo sobre lo que no puedes experimentar. Yo no soy creyente porque no creo en nada que rompa las leyes de la física, pero no me siento en obligación de imponer ninguna postura determinada. Otra cosa es la espiritualidad, que es un concepto no exclusivo de la religión.

Contentar al público que busca ciencia no es el gran reto de la comunicación científica, sino llegar a muchas más personas.

¿Qué hace falta en nuestra sociedad para que un reportaje sobre la posibilidad de integrar chips en el cerebro humano sume mayor audiencia que uno de contenidos “rosa” o “del corazón”?

En televisión esto es imposible. La televisión se utiliza para entretener y los gritos o cotilleos siempre entretendrán a más gente. Yo aquí no batallaría. Haría igual buenos reportajes, para que tengan mucha audiencia, pero sin pretender superar a los contenidos “rosa”. Pero yo por lo que siempre abogo es que los contenidos científicos se cuelen en los informativos, programas culturales, revistas de economía… en lugar de crear espacios de culto para seguidores fieles. Contentar al público que busca ciencia no es el gran reto de la comunicación científica, sino llegar a muchas más personas. Y para ello tenemos que ir a buscarles, no esperar a que vengan a nosotros. Cuando decidí escribir un blog desde el MIT me compré un dominio propio. Y luego pensé: ¿y si en lugar de esperar a que la gente venga a mi voy donde la está la gente? Llamé por teléfono a El País, sin ningún contacto previo, y les ofrecí escribir un blog en su sección.

Para que la ciencia se integre en nuestras vidas, debe ir calando poco a poco en todas las áreas.

Tu background académico es la química y la bioquímica. ¿Qué adelantos científicos en estas disciplinas sigues con mayor interés?

De la química, nada. Y ya me gustaría, porque es una disciplina maravillosa y la percepción que tiene la sociedad de la química es totalmente injusta. Pero resulta dificilísimo encontrarle ángulos atractivos. Es un reto pendiente. Sobre la bioquímica, yo creo que la genética humana está en un momento vibrante y cada vez estará más presente en nuestras vidas, medicina y productos publicitarios. Su problema es que tampoco “sorprende”: los biólogos moleculares van anticipando sus planes. No es una ciencia revolucionaria sino acumulativa, y eso la hace más aséptica. Pero yo creo que es el campo donde en un futuro próximo la divulgación científica será más importante. Porque sacar partido de la información de nuestro genoma dependerá de lo bien que sepamos interpretarla. Y no sólo los científicos sino los médicos, pacientes y empresas. A Francis Collins (quien con Venter secuenció el genoma humano hace 10 años y ahora es director del NIH) le pregunté: si supieras todo lo que sabes, pero en lugar del director del NIH fueras un inversor de riesgo, ¿donde pondrías tu dinero? Y me dijo “en algo relacionado con la secuenciación de células cancerígenas y tratamientos personalizados”.

De tu paso por grandes y prestigiosos centros de estudios como MIT y Harvard, ¿qué ideas y modelos robarías para implantar en las universidades españolas?

El espíritu emprendedor que se inculca en los jóvenes y la vocación en transferencia de conocimiento. También la poca endogamia, la importancia de la meritocracia y muchas otras cosas; pero no olvidemos que MIT y Harvard son la excepción. Sería injusto compararlas con universidades medias españolas. Debemos hacerlo con lo mejorcito de este país y aquí quizás es más una cuestión de cantidad que de calidad.

¿Cuál es tu siguiente proyecto?

Hay otro libro en mente, pero antes me tocará trabajar un poco… qué remedio. Tengo un proyecto muy estimulante de fomento del periodismo científico en Latinoamérica como consultor del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Organización de Estados Americanos (OEA). Esto ocupará gran parte de mi tiempo en la primera mitad del 2011. Pero lo que de verdad me gustaría es trasladar el concepto “ladrón de cerebros” a otros medios con mayores recursos. Por allí fuera está lleno de gente con ideas interesantísimas a compartir. Pero en el caso de los científicos no suelen tener vocación de hacerlo. A mí me encantaría poder ocupar este hueco, y hacerlo con un equipo, financiación, socios y gran amplitud de miras. Yo creo que hay una gran oportunidad.

* * *

Comparte este artículo

0 comments